Revista Internacional
de Arte, Literatura y Tendencias Contemporáneas

Año 3, No 3 / La Habana, Cuba

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Sumario


Animal Planet: 3 relatos; Ahmel Echevarría Peré [relato] | El misterio del león; Alexei Dumpierre [relato] | Muestra inédita de "Pañuelos"; Ángel Delgado [plástica] [ensayo] | Grupo Proyecto Biopus: retrospectiva; Grupo Proyecto Biopus [new media] [net art] [plástica] | Lorenzo revisitado; César A. Terrero Escalante [ensayo] | Una anécdota sabrosa; César Valdevenito [relato] | Con Pina Bausch desaparece toda una época; Damaris Calderón [poesía][plástica] | DAVIS MUSEU, antropofagia estética: Entrevista a Davis Lisboa; Lizabel Mónica [entrevista [curaduría] [plástica] | Cubeta y País de Vaca; Efraín Rodríguez Santana [poesía] | Dossier: 10 poetas ecuatorianos del siglo XXI; Augusto Rodríguez [poesía] | Muñeca; Eliana Belén [poesía] El francotirador: microrrelatos Gerardo Fernández Fe [relato] | Yo, espléndida puerta: visiones de una poesía con intersticios; Jamila M. Ríos [ensayo] | Presentación al libro: Poesia eletrônica: negociações com os processos digitais; Jorge Luiz Antonio [poesía][new media][poesía visual] | Muestra inédita de la exposición reciente MONTES CLAROS (S)EM PALAVRAS; Fernando Aguiar [plástica][fotografía]| El Bautizo de Nostrus Cygnus Maximus: dos poemas; Ljudevir Hlavnikov [poesía] | Materia; Marcelo Morales [poesía] | La tercera mujer; Nanne Timer [poesía] | Libro de College Station ; Pablo de Cuba Soria [novela] | Abedulia y Francesca; Waldo Pérez Cino [novela] | Dossier: 10 jóvenes poetas de Santiago de Cuba; Oscar Cruz Pérez [poesía]| El peso donde navega el creyente: nueve relatos; Raúl Flores Iriarte [relato] | Balada para un suicida: cuatro poemas inéditos; René Dayre Abella [poesía] | Muestra multimedial de obras plásticas; Luis Trápaga [plástica] [video] | Perú: un recorrido a través del lente ; Juan Carlos Borja Castro [fotografía] | Malabares de fuego; Suyai Otaño [fotografía] | "Pretendo crear un medio dentro del medio": entrevista a Kevin Beovides, fundador de "El Diletante Digital"; Lizabel Mónica [entrevista] [net art] [new media] | Muestra fotográfica; Lia Villares [fotografía ] [curaduría] | Grupo Puerco Pudle [video] | Capa Subeconómica; Amaury Pacheco [video] [poesía visual] [intervenciones] [plástica] [curaduría] [performances] | El patio de mi casa o The flesh failures; Alejandro Arango Milián [teatro] | Poesía visual: dos ensayos; Jorge Santiago Perednik [poesía visual] [ensayo] | When we are asked in the end of time; Neda Darzi [plástica] | Live transmission; Morgan O´Hara [plástica] [performances] | Video inédito del Festival Poesía Sin Fin 2009; OMNI Zona Franca [video] | @περας: hacia una topología del arte; Lizabel Mónica [ensayo] [net art] [new media] D

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El peso donde navega el creyente: nueve relatos / Raúl Flores Iriarte


foto de autor

Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977)

 
   Narrador. Ha publicado los libros de relatos El lado oscuro de la luna (Editorial extramuros, 2000), El hombre que vendió el mundo (Pinos Nuevos, 2001), Bronceado de luna (Premio Luis Rogelio Nogueras, 2003) y Rayo de luz (Premio Calendario, 2004), Días de lluvia (Premio Félix Pita Rodríguez 2004). En 2007 lanzó su primera novela, Balada de Jeannette (Ediciones Loynaz, 2007). Dirige en La Habana la revista digital de literatura "33 y 1/3" (2005- ).

 


El peso donde navega el creyente

-nueve relatos inéditos del autor-

El peso donde navega el creyente



Aparecieron en la plaza como cajas de fósforos. La gente las tomó por eso: cajas de fósforos y, tal vez, desde la distancia, los helicópteros, desde los ojos de Dios, parecían simples cajas que se depositaban en la plaza, entre las palomas, entre los trajes de bodas dispuestos a la manera de regalos a lo largo de las calles que circundaban el parque.

Las cajas se abrieron por los cuatro costados y salieron las mujeres.

Desde la distancia, desde los ojos de Dios o desde helicópteros se veía como eso: mujeres. Ni siquiera estaban muertas. Yo era el de la cámara, y ella se acercó por entre la multitud. Por entre las palomas. El sol jugando en sus ojos como la arena de playa.

Vine porque tú estabas aquí, dijo con acento de extranjera, Vine yo, vinieron ellas, y señaló todas esas chicas que se habían tendido a descansar sobre el pavimento frío de la mañana.

Yo no tenía ramo de flores para darle. Alguien se encargaba de eso, y ese alguien aún no había llegado. Fuimos a caminar por entre los saltimbanquis.

Señalé los vestidos de novia. Todo listo, dije. La cámara siempre la llevaba conmigo.

He estado escribiendo, murmuró ella, Una cosa por aquí, otra cosa por allá. Tengo un libro de cuentos, un par de novelas recién comenzadas y tres poemas realmente buenos.
Se nos había perdido el camino. No tardaríamos en hallarlo una vez más, pero por el momento dábamos vueltas y más vueltas en torno a la plaza como en laberintos secretos, sin poder encontrar el sendero de los trajes de novias. No sabría decir si esto era bueno o era malo. Pareceríamos hormigas ante los ojos de Dios, ante los helicópteros.

Ella había estado viviendo un par de años en un pueblo de campo, y le rozaban las caderas con el cinturón. No le hacía llagas, ya no importaba.

En la plaza las modelos habían tomado sus posiciones, quince o veinte minutos después. Enfundadas en trajes de novias, ramos de flores a los costados inertes. No pierdas el contacto, dijo ella, tomó uno de los trajes y adoptó la posición.
La flor más bella se titulaba Blonde on blonde, pero ya se había vendido todo para cuando tratamos de almorzar allá. Después vinieron a llevárselas en ataúdes, pero yo ya había hecho lo mío. Me había ido. Ella no sé.



Otros muertos




La gente sólo sabía escribir de muertos. Muerte, muerte por todas partes. Los cuentos de hadas transmutados en modernos cuentos de horror. Las hadas en sí mismas habían dejado de ser tenues figurines de fantasía para transformarse, por obra y gracia de imaginaciones ajenas, en oscuras vampiresas sedientas de sangre. Todas las narraciones del momento terminaban con un reguero de vísceras por las paredes de las habitaciones. Pocas habitaciones y muchas vísceras.

La poesía, en cambio, era lírica e introspectiva. Más lírica y más introspectiva que nunca. Nadie llegaba a explicarse por qué el reguero de sangre que afectaba al campo de narrativa se quedaba en el umbral del campo poético nacional. Los y las poetas iban por ahí con sus camisas a cuadros y sus blusas a cuadros y se detenían a la orilla de playas vacías, adónde sólo llegaban partes de cadáveres enredadas entre crestas de algas. Se detenían a admirar las silenciosas puestas de sol. A decir Hay sol bueno y mar de espuma. Escribían hermosas odas repletas de alejandrinos y tercetas altisonantes sobre el lento rumor de las olas sobre la costa al atardecer. Sólo que no usaban la palabra atardecer, sino la palabra crepúsculo.

No obstante, nada de esto se publicaba. Aquella narrativa llena de sangre y balas y partes de cadáveres, y aquella poesía pletórica de bellos símbolos, hermosas metáforas y palabras altisonantes, se quedaba en las páginas inéditas de aquellos noveles autores. Lo único que se publicaba eran otras voces, otros ámbitos. Antiguos autores, validados por años transcurridos entre antiguas vidas y viejas muertes. Premios Nacionales, nominados al Nobel. Y así y así. A lo Vonnegut.

Pasadas glorias que para nada reflejaban los tiempos que transcurrían, cierta mirada al ayer donde todo era mejor, más bonito y más barato. Literatura lavada como si de dinero en bancos de mafia se tratara. Una recuperación de tiempos idos, para un presente cada vez más inseguro. Y eso era lo que lograba colarse en las páginas de los diarios, en los folios de los pocos libros editados y editables, en espacios culturales de radio y televisión, en un momento en el cual no existía radio, no existía televisión.

Para ser publicado había que escribir prosa lavada, como fotografía desvaída por el paso de los años. Falsificar estilos. Recrear lo ya recreado. Narrar lo inenarrable. O el caso contrario, escribir poesías fogosas, acorde con mentalidades ajenas. Versos que incitaran a la lucha, a un glorioso amanecer. Estrofas vibrantes. Palabras candentes como bofetada en el rostro.

Pero los escritores aceptaban su ineditez con estoicidad. Otro día será, decían y continuaban inundando sus escritos de litros de cálida sangre y/o melosas metáforas. Las páginas de los diarios proliferaban entonces con esa rara condición que poseen los muertos de llegar a todas partes, y por doquier aparecían después esas mismas páginas despedazadas, masacradas, como si de otros cadáveres se tratara. Cuerpos desecados de sangre, de todo rastro de posible emoción. Papel recortado, rasgado, torturado, lleno de agujeros como hueco de bala.

Estas mismas hojas de los diarios llegaban después, envueltas entre crestas de algas y vísceras blancuzcas, a las orillas de las playas como otros tantos muertos más, otros distintos ámbitos. Y los poetas se reunían y escribían Hay sol bueno y mar de espuma… con las mejores de sus poéticas intenciones. Y escribían frases bonitas sobre el atardecer, sólo que nunca usaban la palabra atardecer.



Corríamos




Corríamos. Ella frente a mí, como torbellino de luces. Pero no era torbellino de luces, sino simple cuerpo teñido de mujer desnuda. Yo también. La desnudez nos cubría a ambos como el mejor de los vestidos. Hacía frío. A pesar de correr a todo lo que me daban las piernas, yo sentía las ráfagas de aire frío como cuchillas de afeitar carcomiéndome los huesos. Junto a nosotros corrían otros, también desnudos. Pero los demás no me importaban, yo sólo tenía ojos para ella. Nunca la había visto desnuda. Hallaba adorable la visión de su cuerpo desnudo corriendo delante de mí. El suave balancear de sus caderas, el ritmo mecánico de las piernas hacia arriba, hacia abajo. El pelo al viento, como una semidiosa sacada de las páginas de una Playboy. Hallaba adorable todo eso. Lo hallaba irresistible.

Igual tenía ojos para el oficial. El cañón de su ametralladora se perfilaba como amenaza incierta en el filo de la madrugada. Por los altavoces transmitían una versión distorsionada de alguna canción de Metallica, con los agudos demasiado bajos, o los bajos demasiado agudos. Corríamos para salvar nuestras vidas, el último de nosotros sería un cadáver para los hornos, y el último era en verdad ya cadáver, pero igual nadie quería ser el penúltimo, o antepenúltimo, nadie quería ir a los hornos ni siquiera como turismo, así que corríamos, como si nos fuera la vida en ello, y nos iba la vida en ello.

Ella había sido corredora de olimpíadas en alguna vida anterior y era difícil mantener su paso, pero yo me esforzaba, porque no quería perderla de vista. Hacía todo lo posible para no perderla de vista. Pero vino el hueco en el camino; la carretera no era carretera, sino campo de hierbas grises como golpe de madrugada y no se veía casi nada. El hueco en el camino, el pie que se tuerce, la mano que se extiende en gesto de alcanzar algo inalcanzable que no se llega a divisar, el cuerpo que cae y el pensamiento con la lentitud de una bala trazadora. Ya está, me dije, Este es el fin. Los ojos se cerraron.

Cuando los volví a abrir, estábamos ella y yo en medio del campo. Ella estaba vistiéndose. ¿Qué pasó?, pregunté. Nada, contestó ella, La carrera terminó. Eso es lo que pasó. ¿Quién fue el último?, pregunté. Ella se encogió de hombros. Uno ahí, contestó. Pensé en invitarla a un café, pero el pie dolía demasiado. El aliento me salía en ráfagas. Como si fumara. Aquí para la próxima semana, dijo ella entonces. Aquí para la próxima semana, dije yo, y comencé a vestirme.



Dadaísta



Despierta dadaísta el presidente esa mañana. Pide que le traigan un mapa de la nación y lo recorta en pequeños fragmentos. Los barajea sobre la mesa de cristal, como se haría con un juego de dominó. Reordena al azar los fragmentos de isla cartografiada, y así redacta una nueva Constitución.
Queda reorganizado el territorio nacional. Por obra y gracia de la lógica dadaísta, Sandino, municipio occidental de la provincia de Pinar del Río, queda adscrito a la jurisdicción de Baracoa, municipio de Guantánamo. Sirva como ejemplo.
Baracoa queda adscrita en Colón, provincia de Matanzas. Bauta, de la Habana, pasa a Placetas, en Villa Clara. Ciudad de la Habana, gracias a la lógica absurda de la postmodernidad, quedará a partir de ese momento en Isla de Pinos. La capital de todos los cubanos rodeada de mar por sus cuatro costados.
Comienza todo un proceso de reorganización y emigración controlada. Porque los naturales de Sandino tienen que residir en Baracoa. Y los de Artemisa en Jiguaní. Se traslada a la población a todo lo largo y ancho de la isla en camiones grandes y anchos, hacia nuevos lugares de pertenencia.
El presidente aparece esporádicamente por la televisión nacional, para hacer comentarios sobre lo bien que marcha todo el asunto de las reubicaciones. A veces sale en cámara con un par de tijeras en la mano, como supremo símbolo de poder.
Han dispuesto equipos de televisión en el interior de los camiones de carga, para que la población se entretenga en algo mientras recorren kilómetros a todo lo largo y ancho del país. Sirva como ejemplo.



El orden del discurso



A. y B. escriben casi la misma historia. La historia de A. se diferencia solo en pequeños detalles de la historia de B. El título, por ejemplo, y algunas palabras del final. Pero, aparte de eso, es fácil percatarse que las dos historias son asombrosamente iguales. Idénticas entre sí.
Se habla de plagio. A. y B., cada uno por su lado, demuestran que sendas historias son totalmente de sus autorías. Revelan sus fuentes de inspiración, así como las técnicas y recursos utilizados para llevar los hilos narrativos a buen término. Es de notar que, supuestamente, ambos habían llegado a lo mismo partiendo de fuentes disímiles entre sí. A. había escrito su historia partiendo de una idea de Stephen King y una canción de Tom Waits, y B., por su parte, se había inspirado en un informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. No obstante, logran convencer. Se toma el caso como una de esas rarísimas casualidades que solo se dan una vez en la vida, y varias veces en las novelas de Paul Auster.
Podría decirse que A. y B. quedarían satisfechos, pero no es así. Casualidad o no, a partir de ese momento A. y B. empiezan a coincidir constantemente en lecturas y conferencias. Estos eventos se convierten, gracias a rencores acumulados, en carreras olímpicas para determinar cual de los dos leerá primero la historia en cuestión. A veces gana A., a veces B. El público también gusta de apostar.
A. y B. dejan de escribir narrativa y comienzan a hacer crítica y reseña, pero ya nadie les hace caso. La atención está ahora centrada en C., que ha escrito una historia totalmente irreproducible y original, basada en la canción de Tom Waits, la idea de Stephen King, y el informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. A. y B. escriben sendas reseñas críticas y ensayísticas sobre esta historia irreproducible y original, pero se halla que sus trabajos críticos y ensayísticos se parecen extraordinariamente entre sí. Solo hay diferencias en el título, y en algunas palabras de la introducción. Se vuelve a hablar de plagio, aunque no por mucho tiempo. Ya la gente está cansada del asunto.



Palabras



“Disfunción” era la palabra prohibida en aquel conversatorio. Un orador tras otro tomando la palabra y pronunciaban largos discursos llenos de frases enjundiosas y palabras rebuscadas. Pero ninguno llegaba a pronunciar la palabra prohibida.
Ella y yo tratábamos de pasarla bien. Habíamos juntado las rodillas y extendido sobre ellas una de las agendas que repartían a la entrada. Jugábamos a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. A nuestros pies se extendían charcos de petróleo, hondas lagunas negras donde, si te descuidabas, podías hundirte hasta los codos. Suponíamos que los auxiliares de limpieza no habían estado cumpliendo con su trabajo. También suponíamos que alguno de ellos sería prontamente despedido, pero quizás no.
Quise decírselo. “Disfunción” siendo palabra prohibida. Entonces descubrí que yo tampoco podía pronunciarla. Pero podía escribirla. Así que la apunté en la agenda, como parte de nuestro juego. Jugando con términos prohibidos, prohibitorios. Ella palideció, y asintió.
Dije Discúlpame un momento, y fui hasta el baño, sorteando charcos de petróleo y barquitos de gaceta. Frente al espejo ensayé la palabra. Al principio no salía. Después sí. Podía decir Disfunción como si dijera Vaso, o Sexo, o Porcelana.
Salí afuera. Planeaba decir la palabra prohibida cuando menos se lo esperaran. Planeaba sorprenderlos. Anonadarlos. Dejarlos muertos.
Volví junto a ella para exponerle mi plan, y encontré entonces que había escrito toda una serie de palabras prohibidas en la agenda. Como cinco o seis. Tal vez doce. O trece.
Podrían haberla condenado al paredón de fusilamiento tan solo por escribirlas. Por el simple hecho de pensarlas.
Aún tenía el bolígrafo en la mano. Aún podía seguir escribiendo otras palabras, con mayor o menor grado de peligrosidad. Había dejado de ser juego y pasado a ser situación peligrosa. Podrían mandarnos a algún campo de concentración si nos descubrían. Podrían fusilarnos. O ahogarnos en petróleo.
Cualquier cosa.
Se lo dije y ella estuvo de acuerdo. Nos olvidamos del asunto y continuamos jugando a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. Tratando de ajustarnos a palabras fáciles. Cama, o Beso, o Neón. Todo un nuevo diccionario y, si descubríamos por azar alguna palabra problemática, la estrujábamos en una pequeña pelota de papel y la lanzábamos de cabeza al petróleo negro.
Nos fuimos cuando todo terminó, sorteando el suelo lleno de charcos de petróleo, barquitos de gaceta y pelotitas, muchas pelotitas estrujadas de papel, que suponíamos alguien tendría que recoger para el próximo conversatorio, pero quizás no.
Quizás no.



En formas misteriosas



Esto de la información se mueve en formas misteriosas. Hace un tiempo corrió el rumor sobre la existencia de un hombre libre en el país. Partiendo del concepto de libertad entendida como anulación de trabas burocráticas: un ser para el que no existe número de identidad, dirección domiciliaria, tarjeta de racionamiento, y cosas afines. No entendida libertad como: “poder de obrar o de no obrar, o de escoger / Estado opuesto a la servidumbre o al cautiverio” (Pequeño Larousse Ilustrado, Edición Revolucionaria, Instituto del Libro, sin año definido de edición).
Como esto ha podido llegar a ser, no se tiene idea. Hacía poco, una de las estudiantes de la Universidad había hecho su tesis sobre el asunto. Partía sobre la premisa: existe un hombre libre en el país. Pero, por ir contra los reglamentos de la Constitución, la tesis fue censurada, prohibida y olvidada. No puede, no podía, existir sobre el territorio nacional ese hombre. La misma Constitución se encargaba de darle a todos número identificatorio, domicilio, alimento, transporte, bebida, y sana diversión. El poder de obrar o no obrar, de escoger quedaba al libre albedrío de la población, defínase libre en otros términos al definido por aquella tesis ajena al discurso político del mainstream.
La Sierra del Rosario y de los Órganos había quedado dividida por la nueva Constitución en dos mitades. Este hombre había quedado exactamente entre las dos mitades, equidistante a ambas. Ciertamente, la antigua Constitución hubiera señalado el error, pero los registros habían desaparecido por juzgarse absurda e innecesaria su conservación en los Archivos de la Biblioteca Nacional. No se podía explicar que la omisión (casi inconcebible) de un solo hombre bastara para tachar su existencia material.
Fue despachada una expedición hacia las montañas, con el objetivo de demostrar o refutar la tesis. Iba surtida con cuños, papeles de registro, tarjetas de racionamiento, y otros adminículos burocráticos para, en caso de necesidad, estar capacitados de regresar al hombre al seno útil de la sociedad. Esta expedición nunca regresó.
Se envió entonces una segunda expedición para rescatar a los miembros de la primera expedición o, en caso de no ser viable un rescate, al menos dar razón de su paradero. Dilucidar si habían sido devorados por caníbales, si se habían despeñado en masa por algún barranco, si habían perdido momentáneamente la razón. Iban también pertrechados con cuños, papeles de registro, y demás adminículos de oficina. Por si acaso. Era posible que, de encontrar caníbales, fuera necesario registrarlos y censarlos para los anales de la Nación.
Esta segunda expedición tampoco regresó, por lo que el asunto fue olvidado. La alumna se graduó sin penas ni glorias con otra tesis, no tan problemática, más acorde con los intereses de la nación. En eso quedó todo el asunto.
Por el momento.
Ahora se especula sobre una tercera expedición. Todo se guarda en el mayor de los secretos. No obstante, la noticia se ha regado y son muchos los voluntarios para ir a las montañas con cuños, papeles de registro, y otros adminículos de oficina.
Los medios públicos se han encargado de desmentir o, simplemente, obviar. Como ya se ha dicho antes, esto de la información se mueve en formas misteriosas.



Balas



A todos nos ha golpeado alguna vez bala de salva. Muchos no parecen acusarlo, pero así es. Apostados escuadrones enteros en cima de edificios poco altos, casa de vivienda, comercio y vaquería, armados con fusiles de repetición y mirilla telescópica. Disparan al tuntún, a ver que pasa. Por suerte, bala de salva.
No en balde anda el pueblo a paso rápido, cabeza gacha. No vaya a ser que disparen por error sobre uno, a ojo de buen cubero, o por diversión.
Las viejas van con revólver y pistola automática a la bodega. Le disparan al bodeguero en la cabeza si son mal atendidas. Solo pólvora seca, pero a tres pies de distancia pica como bofetada. A nadie le gusta ser abofeteado, creo yo.
Las cobradoras de multas ya no multan. Te disparan. Por una falta grave, pueden llevarte hasta el pelotón de fusilamiento instaurado para tales fines.
Tanta explosión de pólvora puede cegar. Esta es una secuela a ser tomada en cuenta. Se han disparado astronómicamente las ventas de espejuelos oscuros. Las chicas van por ahí como estrellas de cine. A nadie le gusta quedarse ciego, creo yo.
(Vigilar y castigar de Foucault constituye un discreto best-seller en los marcos de esta ciudad. No obstante, a pocos aquí les gusta leer. No parecen acusarlo, pero así es.)
Si te llevan al pelotón de fusilamiento puedes pasarlo mal. Todo el proceso es filmado y después televisado. Para edificación de futuros infractores, para cosmovisión de los no-ajusticiados. Puedes quedar ciego frente a cámara de televisión, frente a todo el país. A la gente parece gustarle el asunto. Las chicas de espejuelos oscuros, como estrellita de cine. Los fusiles pum pum pum y flores de fuego salen del extremo de los cañones. Los fusilamientos se hacen en la noche, por eso se ven de esa manera. De día no se vería flor de fuego.
(Las viejas les disparan a los bodegueros a cualquier hora; pólvora seca bofetada en el rostro.)
A los presos comunes les disparan con balas trazadoras. Brilla más y da lustre, dice la Academia. Estos fusilamientos también son televisados y no es flor de fuego saliendo de los cañones de las armas, sino pequeño sendero de luz.
No se ve caer a los presos. Los amarrarán a postes, creo yo.
Espejuelos oscuros y Foucault en el bolsillo para lo que pueda suceder. Paso rápido, cabeza gacha. Las balas de salva están llegando a su fin, corre el rumor por ahí. No se sabe que vendrá después. Nadie quiere ser golpeado por bala trazadora, creo yo.



Katakana



No queríamos al japonés, no lo deseábamos entre nosotros. Lo manteníamos trabajando en aquel sector adonde nadie más iba. Un rincón húmedo, frío, solitario, pero nunca silencioso. Allí lo oíamos murmurar en su idioma como ente invisible, una voz incorpórea que tartamudeaba lenguas ancestrales. Decíamos: Allí está el japonés hablando otra vez en chino. Pero no era chino; probablemente fuera kenji o katakana; una de esos dialectos de por allá.

La luz entraba por una pequeña ventana semioxidada. Polvorienta, hacía casi imposible el distinguir el mundo exterior, pero no era difícil de imaginar. La luz adquiría las mismas cualidades semioxidadas de los barrotes de la ventana.

Un día desapareció el japonés. Se lo llevaron y nunca más lo volvimos a ver. Pero, por alguna extraña cualidad del eco en aquellas regiones, continuamos escuchando su voz durante los días y noches de trabajo. Como un fantasma muerto de humedad, muerto de frío. Muerto de soledad.

Comenzamos nosotros a hablar en chino, katakana, o kanji, uno de esos dialectos.

Una extensión más de aquella soledad.

Comenzamos a sentirnos entes invisibles, voces incorpóreas.D

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Libro de College Station / Pablo de Cuba Soria


foto de autor

Pablo de Cuba Soria (Santiago de Cuba, 1980)

 
   Ha publicado dos cuadernos de poesía: De Zaratustra y otros equívocos (Ediciones Extramuros, La Habana, 2003), y El libro del Tío Ez (Ediciones Itinerantes Paradiso, Miami, 2005). Poemas y ensayos suyos han aparecido en varias revistas y publicaciones como Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid), Crítica (México), Intermezzo (Perú), Unión (Cuba), entre otras. Radica en College Station, Texas.

 

Libro de College Station

-fragmentos de la novela inédita del autor-


Si el libro quiere.

Gordo de al lado, en posición buda, mira ensimismado el gris de la tarde. Hilillos de baba abren surcos en su barbilla. Una llovizna pertinaz le da espesor a colchones de hojas secas (tréboles).

A través de las ramas de árboles sin hojas de College Station, justo entre las horquetas, asechan pensamientos. Horizontal en el suelo, bocarriba.

foto

Cómo iniciar un relato (maquinación de situaciones triviales) que acontece en una ciudad que desconoces y en la que, en uno de sus edificios art decó, avanza (cadencia de pelotón de infantería) un hombre entrado en canas por interminables pasillos casi a oscuras. Cómo, en efecto, darle rienda suelta a tal historia cuyo espacio son tales pasillos ya tantas veces desandados por agónicos anteriores.

Cómo entramar la urdimbre de un relato que acontece en una ciudad en la que, más allá de cualquier estructuración binaria, sus habitantes sudan todo el año y el punto de congelación no renuncia a tensar las articulaciones.

Así, en un asedio de lo común, el hombre de traje gris. Que atraviesa un pasillo con ventanales a ambos lados, empapelados. Así el hombre de traje gris entrado en canas medita acerca de la estructura (disposición) uniforme de los ventanales. Pero no se detiene. Medita y no se detiene. Tal pareciera que una avalancha de lúcidos pensamientos atesta su cabeza. Por ejemplo, aquel que podría estar mirándolo desde el edificio del frente, también art decó, creería que en efecto una avalancha de lúcidos pensamientos atesta la cabeza de su semejante; simplemente porque todo meditabundo representa el simulacro. Pero no se detiene y medita. Y lo que piensa son sandeces.

(Rondar tales edificios nos acercaría, por antonomasia insular, al loco Zequeira. Allí donde la pretensión neoclásica de sombrero sobre cabeza, te vuelve invisible ante los demás, isleños o viceversa. Por ello sus versos logran insertarse, aunque brevemente, en este imaginario de lo frío. Además, palmeras salvajes aquí, tampoco, resultan compatibles con la ventisca.)

El hombre de traje gris dobla hacia la izquierda (giro de pelotón de infantería), donde otro pasillo con ventanales a ambos lados, empapelados, se extiende en la semipenumbra de un bombillo incandescente. Así medita acerca de la función estructural (binaria o no) del bombillo incandescente. Es decir, sandeces.

¿Por qué no lleva corbata?, se pregunta aquel que podría estar mirándolo desde el edificio del frente, también arte decó, tantas veces desandado por agónicos anteriores.

Tales muchachos en el campus tensan la cuerda entre dos árboles, un radio de equilibrio. Como ritual, elevan los brazos 90° con el torso, la mirada fija en el tronco del frente. Uno, dos pasos adelante. Mayoría fracasan en los primeros intentos. Los menos, aquellos que alcanzan un centro, desertan ante semejante peso de estabilidad. Aleteo de pájaros hubo, cuellos torcidos.

El perro beagle de gordos de al lado, Brecht, hace círculos de tiza persiguiéndose la cola.

Traduje libro cuando, en verdad, palabra exacta sería fermentos. La realidad, al menos en College Station, como suma/un todo fermentado con vigas inconexas. O el revés de un plano reinventado. Alcanzar obesidad de las formas. Llega el verano oloroso de zorrillos, chirriar filoso de patinadores.

Justo cuando Madame Roland pidió le al ejecutante pluma de ave cualquiera y pedazo de papel, mocho de lápiz y superficie alguna, el filo de la guillotina penetró la piel ampollada de la nuca. Jamás sabremos la especie a la que correspondían tales pensamientos últimos. Sólo quedó la imagen de un chorro de orine que, según testimonió años después el ejecutante, iba goteando de a poco en ciertas zonas de sus vestiduras, hasta formar charco alrededor del sombrero. El cura, aseguró un presente, se sofocó por erección.

Una orgía gramatical: llenar de signos los páramos de College Station. Uno de gordos de al lado con la cabeza pegada a frecuencia antigua: locutor anuncia la toma de College Station por los bárbaros.

foto

College Station se llena de fantasmas como cada verano, según cuentan antiguos habitantes de estos páramos. Desandan sedientos bajo lo constante repetido: un sol a rajatablas.

Espirales de tréboles secos formados por un viento leve: lo estático que sostiene a College Station. El fallido intento de otro mínimo de mundo posible.

Días hace que gordo de al lado no se baja de su cama. Teme que al levantarse Brecht lo muerda.

Si el pliegue.

Entre Annex y aparcadero de bicicletas robadas: ojos de búho en palo alto. Ardillas en sintaxis de lengua muerta, al menos descifrable en montones de libros traídos en bueyes. Cinematógrafo en la luz de lámparas de aceite. Maniobrar continuo.

En retretes al fondo de las casas, medianoche en College Station, un refinamiento de lo frío.

En cementerio de College Station, justo al frente de estación de policías, las tumbas, todas, en las tarjas, llevan inscritas el mismo nombre y apellido. Fechas de nacimiento y defunción, a veces, para no levantar sospechas, varían.D
 
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Abedulia y Francesca / Waldo Pérez Cino


foto de autor

Waldo Pérez Cino (La Habana, Cuba, 1972)

 
   Narrador y ensayista. La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Madrid. Es también fotógrafo, otra manera de indagar en la ficción.
Francesca y Abedulia son dos fragmentos de la novela inédita El puente sobre el río cuál.
 

Abedulia y Francesca

-dos fragmentos de la novela inédita  
El puente sobre el río cuál-



Abedulia



Entre enero del ochenta y uno y finales del ochenta y tres Castresana había vivido en Bucarest, casi tres años fuera en una época en la que casi nadie que viviera en La Habana viajaba, mucho menos lo haría alguien a su edad. Tampoco es que ahora sí pero por aquellos años aún menos, y la excepción, aun cuando se tratara más bien de otra cosa, venían a hacerla los estudiantes cubanos en el campo socialista, que era como se llamaba entonces a Europa del Este o al bloque soviético, y que no se desplazaban sino que vivían en un sitio más o menos regular, esto es, más o menos sujetos a reglas gremiales y nacionales mientras concluían sus ingenierías o se las ingeniaban para prolongarlas, o lo menos para ir ganando algo de plata entretanto. Castresana en cambio sí que lo había hecho, viajar, y había recorrido él solito, con veintiún años recién cumplidos, todos los museos dignos de recorrerse en el área soviética de los Cárpatos, y había viajado una vez en tren desde Transilvania hasta Moscú, donde había viajado por primera vez en metro y comido por primera vez mermelada casera de frutas del bosque y había paseado por primera vez por uno, esto es, por un bosque, en este caso de abedules, de los que se enamoró casi enseguida como se enamoró sin ninguna dificultad del invierno y de los trenes y de Europa, y de los bancos de hierro frío a la vera de los caminos cubiertos de otoño donde se sentaba a escribir a veces en su cuaderno de notas, casi siempre en español y algunas pocas veces en rumano, y de las alegres muchachas rusas de mejillas sonrosadas como la niña sonriente de la etiqueta de los pomos de compota rusa que se vendían por entonces en La Habana, a veces no tan alegres, a veces no tan sonrosadas las mejillas reales, las mejillas o los cachetes como hubiera dicho él de las muchachas con las que descubrió que el bosque podía ser también afrodisíaco y un punto perverso o triste y descubrió también, como de paso, el placer dulce, vulgar, el placer dulzón de la piel tan blanca enrojecida donde se la chupa o deja su huella una mano, los cinco dedos extendidos y abiertos. En Moscú decidió –le escribió a su padre– quedarse un tiempo, quizá unos meses: pasar una temporada, fue la frase que usó. Una de esas muchachas de cachetes rojos, de nombre Liudmila –en su cuaderno se había convertido desde el primer día en Liudmila la de apetecibles pechos, el joven Castresana era homérico–, fue la primera persona que alabó en serio sus fotos, que hasta entonces Castresana venía tomando más por hábito de sosegado turismo o de amante un punto voyeur o juguetón (las modelos eran, cómo no, Liudmila y sus dos amigas, algo que hacía un tin sospechoso el elogio, pero de eso Castresana no se percató) que por vocación o algún propósito final en sí mismo. Liudmila estudiaba pintura y era alta y sonriente y tenía amigos –legión, le parecían a él– que vendían sus cuadros en la calle Arbat y que les dejaban a veces una habitación prestada, sin duda más confortable y caliente que el bosque de abedules, aunque a decir verdad Castresana solía tener celos de casi todos ellos y además detestaba que hablaran en ruso delante de él, un trámite al parecer inevitable antes o después del préstamo. Con las amigas de Liudmila, en cambio, lo de los celos no pasaba, a pesar de que hablaran el mismo ruso que ellos y a pesar de que secretearan en su presencia tanto o más que ellos. Irina, una de las chicas (de las primeras del bosque, no de Arbat: Irina era flacucha y resultaba tal vez demasiado aniñada o demasiado sin glamour para los amigos de Liudmila), les dejó una vez su apartamento, que quedaba en un edificio de las afueras que a Castresana vino a recordarle sin remedio los palomares de Alamar. Pero lo hizo una sola vez y a él le pareció que a regañadientes, o incluso que lo había hecho con el único propósito de complacer a su amiga, que había dicho Irina que sí cuando más bien hubiera querido decir que no o cuando hubiera preferido, mejor, que no se lo hubieran pedido nunca, un sí el suyo algo humillado porque le habría gustado, tal vez, ser ella quien estuviera en el lugar de Liudmila. Los chicos, en cambio, parecían ser mucho más generosos, probablemente porque querrían estar ellos en su lugar –en el suyo, esto es, en la cama con Liudmila la de apetecibles pechos, porque las diferencias con el alma eslava serían muchas pero Castresana no creía que pasaran por ahí: Liudmila estaba francamente buena, de una manera universal y para él inequívoca. Aquel malestar suyo Castresana lo disimulaba como podía, y por lo general lo sobrellevaba mucho mejor antes de la habitación prestada que luego, más digeribles los celos antes del sexo que después. También, pretendía Castresana, habría que considerar que además de los celos estaba, claro, el problema del idioma: él no conseguía hablar ni media palabra de ruso y lo irritaba no poder seguir la conversación, y por más que hubiera prometido traducirle, que Sí, no te preocupes, yo te traduzco y si no lo hago tú pregúntame, Liudmila lo dejaba siempre, pasado el segundo trago, tirado en la inopia lingüística, espectador en babia, o aun peor –sí, podía ser peor: siempre se puede peor– cuando después de cinco minutos de lo que a él le parecían sonrisitas y explícito puteo con alguno de sus amigos de Arbat se los resumía, sintética que podía ser cuando quería la niña, en frase que por escrito no hubiera llegado nunca a las dos líneas. Cuando se quedaban solos Castresana decía que era el idioma y ya y que no había nada más y que no, que no eran celos, claro que de celos nada, por qué iban a ser celos si tú y yo, etcétera, aunque no fuera menos cierto (pero Liudmila nunca se lo echó en cara) que de ser las chicas las que cuchicheaban o se reían o las que se decían secreticos al oído en ruso pues entonces no le molestaba para nada ni lo ponía nervioso, más bien le daba entonces lo mismo y hasta podía incluso disfrutarlo y parecerle sexy. Así que Castresana decidió par de veces enmendarse y ser amable y hacerse el sueco, pero no debía hacerlo muy bien cuando Liudmila dejó de verlo porque él resultaba, le había dicho, demasiado posesivo para ella, ¿lo entendía? A Castresana, por supuesto, aquella resolución lo cogió de sorpresa. Y como Liudmila siempre preguntaba lo mismo tres veces, ahora, como no podía ser menos, lo hizo también, una dos y tres: ¿Lo entendía de veras? ¿Podía entenderlo él, podrían ser amigos? ¿Se entendía, entonces? Castresana lo entendió, qué remedio, de veras y de verdad, o le dijo que lo entendía una sola vez pero lo bastante grave para que no hiciera falta confirmación o insistencia en segundas, y le dijo también que no quería perderla pero no hubo modo, porque la de Liudmila era ya decisión tomada, irrevocable, no por gusto hemos dicho resolución, y para sus adentros se dijo él, en cambio, que lo que sucede conviene: se dijo que una novia es efímera y tiene mil exigencias, pero una ex novia –consuelo éste el mejor o el primero que encontró, sabiduría de su barrio– es para siempre y no da nunca la lata ni pregunta tres veces (ni da la tabarra tampoco con si la han entendido y escuchado y comprendido: Liudmila, que era un encanto y estaba inequívocamente buena, necesitaba oírlo media docena de veces antes de callarse la boca, algo que a Castresana, cuando no lo sacaba de quicio, la verdad que lo aburría a las dos manos). A los pocos días ella se convirtió en la chica o la prometida o la casi viuda en ciernes oficial de un chico flaco y espigado de pelo largo y de tan rubio casi blanco, que a Castresana le caía bastante mal –no más que el resto de sus amigos ni tampoco menos, igual de mal que los demás– y que alguna vez también les había prestado su habitación en el internado de la escuela de arte, de modo que ahora podía imaginársela sin mucha dificultad en brazos del otro, lo que terminó por hacer de él, durante una o dos semanas, visitante asiduo y afligido, desconsolado diríase, del bosque de abedules. Fue entonces, en los días de aquella mala racha, que Castresana tomó las primeras fotos donde no había personas sonrientes o una situación o un lugar bonito, donde no había otro objeto que el objeto mismo del fotograma vacío y la luz y el encuadre y él tras la cámara, sino que eran –por primera vez– aquellas fotos lo que fuesen por sí mismas, no un ayudamemoria ni un souvenir sino ellas mismas su objeto y su fin. Las primeras así, y por eso las primeras que vino a sentir suyas. Quizá, tal vez, quién sabe –lo que seguro quiere decir que sí– lo haya movido también la idea de poder mostrárselas a ella, un fin espúreo pero que podría confundirse fácil con la inspiración. O por qué no, puede que fuera ella misma la inspiración. Su ausencia. En última instancia, un acicate: las ganas de que Liudmila, la ansiedad y las ganas de que su chica hasta entonces, Liudmila la de las tetas adorables, su Liudmila ahora que sí estaba posesivo de verdad, las admirara y ponderase, las ganas y la expectativa de que ella dijera algo y, sobre todo, de que en dicéndolo asumiera de una buena vez su papel de ex novia disponible, su rol de chica complacida y complaciente, cumplidora, las tres C. Admirativa, cómplice a sabiendas. A ver cuándo. No quería sino eso, o quería sobre todo eso Castresana, porque a decir verdad habrá que decir que solo, que en perpetua y pura y dura soledad, lo que se dice solo del todo, Castresana no estaba. Las amigas de Liudmila –que siempre habían estado ahí: de hecho, la cámara que venía usando era la de Irina, la rubia delgadita que les había prestado su cama y que a Castresana le había parecido siempre de lo más proclive a devaneos, y que era hija de un oficial de la marina destinado en una base de submarinos del Mar del Norte– lo adoptaron o algo por el estilo como a un huérfano de amores (en el fondo, y no era muy difícil imaginarlo, envidiaban a su amiga y le envidiaban por eso los amantes a su amiga, que tenía la misma edad que ellas dos pero aparentaba cinco años más y tenía un éxito rotundo con los chicos) y le contaron que en unos meses el chico actual de Liudmila debía empezar el servicio militar; no tenía por qué preocuparse tanto él, que ya todo se andaría. Y parecía que era cierto lo que le habían contado: cada una en su estilo de primeras confidencias, se lo habían dicho las dos. Era cierto: con toda probabilidad lo destinarían a Afganistán, le juró la propia Liudmila, la mismísima Liudmila tetas de gloria en persona, contrita toda ella, una tarde que se la cruzó por aparente casualidad (mentira: Castresana llevaba toda el día calle arriba calle abajo, buscando encontrársela) en una esquina de la calle Arbat. Liudmila se lo había dicho hablando despacio y con la boina de lana blanca ladeada, su cara de perfil al viento mientras hablaba, ausente como una heroína melancólica, le pareció a Castresana entonces, de Tólstoi o de Turguéniev, aun cuando por entonces no había leído a ninguno de los dos. Después de eso quedaron en verse alguna vez, Un día de éstos, sí, dijo ella (¿Cuándo? Pronto). Pero siempre que, eso sí, siempre y cuando que el futuro combatiente afgano no se enterase, aclaró ella, y siempre que no pensara Castresana, siempre que no fuera a pensar él, por favor, que querría decir algo aquello, el hecho mismo, verse y tomar algo y quizá pasarlo bien pero nada más, ¿quedaba claro? ¿En serio quedaba claro? Una dos y tres: ¿Sin que hubiera ninguna cosa callada o no dicha o solapada en la sombra, claro clarísimo?

Como el agua, de transparente traslúcido, meridiano, él encantado, ¿qué iba a decir?, pero igual pasaron otras dos semanas antes de que ella tuviera el tiempo o la oportunidad o las ganas, o solventara si las tenía sus dudas. Castresana, entretanto, callejeaba como un poseso por la ciudad, escribía cartas interminables a La Habana y a Bucarest que a última hora no se decidía a enviar y se acostaba alternativamente con las dos amigas de Liudmila, que de paso le hablaban de ella y suponía él que también viceversa, alguna cosa le dirían a ella sobre sus proezas amatorias de amante despechado. Con Irina, la rubia –en el cuaderno Irina la de caderas estrechas–, hablaba casi siempre en francés. Con la otra, con Vera, no hablaba casi: se encontraban en el bosque donde las había conocido a las tres y caminaban un rato en silencio y luego se ponían a toquetearse en algún sitio discreto. Como Vera no tomaba anticonceptivos Castresana no podía correrse dentro y por lo general solían sólo tocarse, él primero a ella durante mucho rato, las manos por debajo de la ropa, y luego de una pausa en la que fumaban un cigarrillo compartido y melancólico Castresana terminaba casi siempre corriéndose en su boca con las piernas temblándole. Vera (la de los labios de sangre, en el cuaderno) tenía los ojos azules y la piel de un blanco Moscú casi traslúcido, de porcelana, tanto que a Castresana le parecía imposible en conjunción con el pelo y las cejas, por contraste de un negro sedoso que hacía posible, sin picuencias y casi en mera literalidad, la metáfora del negro ala de cuervo –de rubí los labios ya sería demasiado, había pensado Castresana, así que se habían quedado de sangre en su cuaderno, ya con de sangre había bastante–. Una vez que llovía Vera le dijo que lo podía llevar a otro sitio y lo primero que pensó Castresana cuando desandaban en silencio el camino del bosque fue que aquel otro sitio que había dicho sería su casa, pero tomaron el trolebús hasta la parada del edificio de Irina. Y en efecto: Irina la de caderas estrechas no estaba, pero Vera tenía las llaves y parecía conocer bien el apartamento. Le preparó un té como si estuviera en su casa, que tomaron los dos de pie en la cocina y muy rápido y demasiado caliente, al principio algo cortados o serían los nervios jugándole una mala pasada, pensó Castresana y trató de relajar la cosa, y casi enseguida ella lo llevó a la habitación que él ya conocía de aquella vez con Liudmila. A Castresana le hubiera gustado haber podido hablar ruso esa vez, siquiera para aligerar ese preámbulo tenso, pero ya luego en el cuarto la cosa había ido de lo más bien. Le gustó verla desnudarse y sobre todo le gustó poder verla completamente desnuda, algo que en el bosque era imposible o que él lo menos nunca había conseguido del todo. Hoy podían hacerlo al completo porque Vera estrenaba T de cobre, o lo menos Castresana se lo hizo todo el tiempo, entonces y luego, convencido de eso, del estreno intrauterino. La primera vez de aquel día fue algo desastre (los nervios, se vino demasiado rápido) pero la segunda mejor, sí, la segunda había sido mucho mejor y había durado tanto como la cara de un cassette en la grabadora de Irina, o lo que es lo mismo, tanto como la lluvia resbalando sobre la ventana durante el tiempo de seis canciones (largas) de Naná Moskourí, y Vera además había gemido y había gritado al venirse, no había entendido él qué fuera lo que había gritado pero sonaba de lo más bien ella en gritándolo, de lo más sabroso todo. Luego se habían quedado dormidos y cuando Castresana abrió los ojos Irina estaba sentada –caderas estrechas, los codos en las rodillas, el mentón apoyado en las manos–, encima de la ropa de los dos, amontonada, entreverada en la silla a los pies de la cama: Irina mirándolos fijo, allí de pronto, con los ojos abiertos como platos pero sin reproche aparente (casi que lo tuvo que pensar para darse cuenta de que estaba pasando). Castresana le hizo un gesto que quería decir algo como Esto es lo que hay, disculpa, y ella le hizo una seña (mucho más elemental, la de Castresana había sido complicada, había sido casi jeroglífico o aspaviento) para que no despertara a Vera y Castresana se levantó sin hacer ruido y la siguió disciplinado y culpable a la cocina, Dime, anda.

Irina cerró entonces la puerta con cuidado y habló en un susurro, aunque a todas luces parecía el cuchicheo innecesario: que no se hubiera imaginado nunca que era con él con quien iba a venir Vera hoy, la verdad, pero que no le molestaba. No, que no. Que la sorprendía, sí, pero que estaba bien. Que no se preocupara. No, de verdad que no. Ella era fuerte, afirmó. El mundo era de los fuertes, y ella era fuerte. La vida es corta, dijo. Castresana no sabía si creerle, o creer qué. De pronto lo besó en la boca, apasionada Irina tan de improviso como había aparecido, y le preguntó a bocajarro si quería, si podía él templarse a Vera mientras ella miraba. Anda, dale, tiemplátela delante mío, fue lo que dijo. Lo soltó de un tirón y como en una travesura o una zambullida, o en un arrebato de pasión tan marcado que parecía una travesura, de modo que Castresana al principio no pudo discernir si Irina iba en serio o si no, o si era una broma o una suerte de puesta a prueba o una orden o un ruego o quizá, pensó también, una demostración de su entereza, la vida es corta y el mundo, como es bien sabido, de los fuertes. Un regalo para él, puedes hacer lo que quieras y puedes hacerlo delante mío, porque mira yo qué fuerte que soy. Así que dale, aprovecha. Y no, claro que Vera no se iba a dar cuenta. Ahora dormía. Si la despertaba templándosela, insistió Irina, no iba a darse cuenta de que estaba ella en la puerta mirándolos. Y además, si se daba cuenta qué. Va y mejor. Y para colmo había premio, prometió: después me toca a mí y te vamos o te voy, depende, a hacer algo muy rico, ¿o es que no puedes? Dime, sin lío. ¿O es que el nene está ya muy cansado, pobrecito? Hay chicos, sabes, dijo Irina, la mayoría de los chicos rusos, que no pueden más de dos veces; como lo oyes, sí. Castresana pensó enseguida en el amante actual de Liudmila tetas ricas y no pudo evitar tomar nota mental del dato. Se dijo que se la iba a singar hasta que dijera aguanta, dos y tres y cuatro y cinco veces. Las veces que hiciera falta. Y sí, claro que él podía. Pero sólo si ella se desnudaba también, dijo, también yo quiero mirarte. Cuando lo dijo, y por un segundo mientras lo estaba diciendo, Castresana pensó que necesitaba ganar tiempo y tal vez lo haya dicho por eso, no sabía bien para qué pero ganar tiempo, pero aquello se le olvidó enseguida. Aquello, lo que no llegó siquiera a pensar, era como la sombra de una amenaza. O un atisbo de miedo. Pero no era peor o más que eso no, no pasaba nada: todo estaba en orden y concierto y venía en bandeja, decía dentro suyo otra voz: Dale, aprovecha. Un atisbo, un tembleque apresurado no más; algo así habrá sido, y sea lo que fuere, breve. Además que Irina, ahora, obedecía o más bien jugaba a obedecer o se hacía la obediente haciendo pucheros, le gustaba –él sabía muy bien que le gustaba, y que ella sabía que a él– montarse ese santo de los miedos, de la muchachita indefensa: bajó los ojos y se llevó el índice a los labios, como indicando silencio, y luego se dio la vuelta y se apoyó en la nevera y se bajó los pantalones y las bragas a una, despacio, primero sin moverse –casi como una niña que espera una tanda de azotes, se le ocurrió a Castresana– para luego de a pocos irse contoneando hacia abajo, como si de pronto la niña hubiera decidido protagonizar de lo más despacito un strip tease lento y sin música. Castresana no se aguantó y se le acercó por la espalda y le arrancó el jersey, o más bien ella dejó que él creyera que le estaba arrancando el jersey, pero cuando se pegó a ella Irina se puso enseguida de rodillas y dijo que no, No. Parece que ahora tocaba un poquito de resistencia, a veces hay que decir que no: A mí no, fue lo que dijo Irina, primero te la tiemplas a ella. Si es que puedes, claro. Si te atreves conmigo mirándolos, claro, ¿te atreves?

Y no más decirlo Irina se rió y se incorporó un poco, todavía de rodillas, y lo tocó con las dos manos y le puso los labios cerquita suyo, le sintió el aliento, Ay, mira, parece que aquí está pasando algo, a ver, a ver… Castresana la cogió entonces por el pelo y le dijo, en español o más bien en cubano, que se la quería, que se la iba, a singar por la boca hasta que dijera basta. Lo repitió: que se la iba a singar por la boca hasta que no pudiera más, y cuando no pudiera más iba a seguir. Pero Irina siguió sonriendo con sorna o riéndose y le preguntó si iba en serio, si de verdad –¿de verdad?– así que Castresana le tiró del pelo hasta que la oyó quejarse, un gemido. A Irina le volvió el santo de la niñita dócil y se la chupó un poco así, dócil y suavecita, rico pero sólo un poco –un aperitivo–, porque volvió muy pronto a sus trece y consiguió escabullirse en un santiamén de la cocina, un gesto y ya había rodado sobre el suelo y enseguida estaba fuera y sin hacer ruido, gateando ahora por el pasillo, y se puso de pie a un lado de la puerta de la habitación y señaló adentro, a Vera desnuda en la cama (Castresana la veía a ella pero no a Vera, que seguiría donde estaba, tenía que imaginarla de momento), dormida o no, él cómo iba a saberlo.

Vera, por supuesto, no estaba dormida o no lo estaba tanto o si lo estaba tenía, caso éste de estudio, un sueño de lo más profundo y solícito a un tiempo: en cuanto Castresana se metió en la cama y la destapó un poco se las arregló para darse la vuelta y se acomodó bocabajo con una pierna en ángulo de noventa grados, a la vez invitación y paisaje. A Castresana le pareció entonces que tenía los labios del coño hinchados, no sólo disponibles o apetitosos o gruesos sino también hinchados, o a lo mejor era que no había tenido tiempo todavía de conocerla desnuda como ahora, el bosque tenía otras reglas. Y le gustaba y lo inquietaba, había fantaseado montones de veces con una situación como ésta, como cualquiera, y en cambio ahora se daba cuenta de que no dejaba de asustarlo, y aunque no fuera ésa la palabra exacta fue la palabra con la que lo pensó. Tampoco sabía bien si olvidarse de Irina o si tenerla presente, así que decidió ir de a pocos y jugar un poquito primero con los dedos, arpegio de saliva. Los labios hinchados tenían una textura que lo mismo podía ser de piel tensa que de piel recién afeitada que de piel de zonas habitualmente más tersas, los muslos o los pechos, y un punto sedosa. Vera subió un poco la pierna y Castresana le metió el dedo índice y el dedo del medio y se sorprendió de lo mojada que estaba. Tener a Irina presente iba mejor, y cuando la miró hubo un cruce de ojos que se perdió enseguida en deseo (lo que hizo Irina fue más bien un gesto, algo como Dale, qué esperas), o que a Castresana le supo a eso, como si se tratase de un juego medio loco de reflejos o de espejos y también de una conminación. Vera gimió bajito, un ronroneo. Castresana jugaba con los dedos despacio pero firme y con ritmo, y en una de ésas se mojó el pulgar y se lo metió con algo de cañona en el culo. Vera gimió y empinó un poco las caderas, como si se acomodara: acomodándose, exacto. Irina miraba y él la miraba mirar y Vera no miraba pero tenía que saber sobre ella las dos miradas, o las dos manos –Castresana jugando a los deditos, a hacer tijeritas, tenía que saber o imaginarse a Irina tocándose despacio en la silla y entretanto la tercera, la mirada suya, jugando a no saber qué bajo la almohada, la boca una moneda grande de saliva. Estaría gozando lo que no veía, fue lo que pensó entonces Castresana o era como lo recordaba luego, aunque entonces realmente no lo haya pensado sino sólo, si acaso, intuido.

Liudmila lo llamó a los dos días, el domingo. Se vieron en una cafetería del centro y Castresana le mostró las fotos que había tomado en el bosque y ella le habló del miedo que le daba que le pasara algo a Sérguei, que era como se llamaba el chico aquél del pelo largo que llamarían a filas tan pronto, ay, en mes y medio ya, seis semanas, y le dijo también que las fotos eran excelentes y le confesó que lo echaba a él de menos, a veces. De cuando en cuando, precisó, no siempre; tampoco quería que se hiciera ilusiones. Pero sí a menudo, afirmó: yo creo que demasiado. No sé si hago bien en decírtelo –esto último Liudmila se lo había espetado muy seria y con el tenedor en la mano, como si de pronto, le pareció a Castresana, todo alrededor de ellos dos se hubiera detenido; a él le gustaba saberlo, claro, No sabes cómo te echo de menos yo a ti, y cuando lo dijo sonrió de paso, para romper el sortilegio aquél de las cosas inmóviles: la quería a ella moviéndose con él o más bien sobre él en algún otro sitio, no aquí tenedor en ristre. Después hablaron un rato de los cuadros de Liudmila y ella habló de nuevo de Sérguei y de lo que se decía de Afganistán, todos esos rumores de Moscú, y de si alguna vez, quién sabe cuándo o qué edad tendrían ellos dos ya para entonces, se encontrarían en alguna otra parte, tal vez en La Habana, por qué no. Le encantaría que se encontraran dentro de por ejemplo diez o quince años; sería hermoso, dijo: algo triste, puede ser, pero seguro bonito. En cualquier caso pues sería interesante, transigió Castresana el de los adjetivos precisos; la verdad que no sabía hacia dónde conducía la conversación y todo ese halo de tristeza o de lánguida última vez ya empezaba a ponerlo nervioso. Durante la mayor parte del tiempo que estuvieron a la mesa Castresana siguió así, un poco a ciegas y un poco tenso también, sin saber si iba a pasar algo o si no o cuándo pasaría qué, pero en cuanto terminaron de comer Liudmila se sacó una llave de la cartera, Sorpresa, y advirtió que sólo tenían tiempo hasta las diez y que quedara bien claro que aquello no significaba nada. Un encuentro de dos buenos amigos, más nada. Ella no quería hacerle daño a nadie, al revés, se imponía, le hacía falta –¿necesitaba?– que nadie saliera herido: ni ella misma ni él, mucho menos Sérguei. Ella se sentía con la obligación moral, dijo, de cuidar a Sérguei, ¿lo entendía? Claro que no iba a significar nada, prometió Castresana. Buenos amigos recuerdan viejos tiempos y ya. Ciudadano distraído caminando de espaldas se le acabó la azotea. Y sobre todo que tú eres una mujer increíble, le dijo. Lo único que significa todo esto es eso, que es mucho, añadió, y esto último la hizo sonreír a ella de una manera que a él le encantaba. Esa vez, y para asombro de Castresana también las cuatro o cinco o como mucho seis veces más que se vieron luego de aquélla, singaron como nunca lo habían hecho ellos dos hasta entonces y como nunca lo había hecho él con ninguna mujer antes, ni siquiera habían ido así de bien las cosas –anotó luego en el cuaderno– con Vera e Irina; si ella había tenido o no algo así ya antes con alguien, si alguna vez ella, él no podría saberlo, no había modo, de modo que no tendría tampoco ningún sentido preguntárselo a ella ni preguntárselo él mismo, pero Castresana de todas maneras (no podía evitarlo) se lo preguntó a solas muchas noches, en ocasiones con el olor de ella fresco todavía en su mano o entre la ropa, en ocasiones con Vera en el bosque y él con las piernas temblándole (Irina había desaparecido luego de aquel viernes con Vera, como si se la hubiera tragado la tierra o la hubieran raptado en el submarino nuclear de su papá y ahora desandara las gélidas profundidades del Mar del Norte). Luego, en la primavera del ochenta y dos, Castresana viajó de nuevo en tren, aunque los ferrocarriles rusos le gustaron algo menos que la vez anterior, todo hay que decirlo, esta vez hasta Kiev, y fue en Kiev precisamente donde compró su primera cámara después de mucho devanarse los sesos por cuál, que resultó una Kiev 88 con dos magazines de 6 x 6 –el modelo estándar traía uno de 6 x 4,5, pero él había conseguido tener claro que los quería los dos de 6 x 6 y así se los pidió a la chica de la tienda, y lo había hecho con una seguridad y un aplomo tales, como si en verdad hubiera tenido del todo claro lo que quería hacer, las fotos que quería tomar y cómo, que no pudieron menos que sorprenderlo a él mismo. Cuando ya llevaba par de meses usándola descubrió como suele pasar que tal vez no hubiera sido exactamente ésa, ésta, así y tal cual, la cámara que tenía, la que se hubiera comprado de saber lo que ahora sabía, o de tener tan claro como ahora lo que quería hacer con ella, pero de todos modos de vuelta en Moscú buscó a Liudmila y a las amigas de mejillas sonrosadas de Liudmila y no sólo les tomó las que iban a ser, durante algún tiempo, sus fotos insignia, como quien dice su carta de presentación, sino que también volvió a acostarse por separado con las tres y descubrió que nada es como antes (aunque repetirlo sea siempre una tentación imposible de salvar, que no tiene ningún sentido evitar o que no compensa, es demasiado trabajoso evitarla) y que las segundas veces de lo mismo son parodia o sucedáneo o trasunto sin intensidad trágica alguna, o lo menos en franca merma o sólo plenitud retrospectiva. El primero de mayo, por último, el joven Castresana tomó por tercera vez un tren y regresó a Bucarest. Sérguei para entonces ya estaba en Afganistán o entrenándose para ir a Afganistán (en cualquier caso inasequible y remoto), y a Vera haber cumplido los dieciocho había terminado por convencerla de que era toda una mujer y no una niña, de modo que ahora también se pintaba los labios y usaba vestidos imposibles y frecuentaba, ella no iba a ser menos, a los amigos de Liudmila, con los que seguro podría hablar en ruso todo lo que le diera la gana sin que desesperara nadie por la traducción que no llegaba. Irina por esos días acababa de irse de vacaciones al Mar Negro con su padre, y a Castresana el suyo le había escrito un telegrama preocupante desde Bucarest, donde decía que en una semana viajaba a La Habana y que al parecer había problemas, ya le contaría. La noche anterior Vera se había ofrecido a acompañarlo a la estación pero había preferido decirle que no: a ella no le gustaban las despedidas, dijo (Yo soy fuerte, se acordó Castresana de aquello, y la vida es breve, de tan breve es sucinta). Cuando tomó el tren Castresana estaba pensando que estaba bien que fuera de ese modo, que ya iba siendo, hacía rato, hora de irse de allí. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que algo a sus espaldas había cambiado o se había roto sin avisar, que algo se había quebrado de improviso como se resquebraja una capa de hielo: puede que eso hubiera ocurrido dentro suyo, quizá afuera o en torno suyo, y no podría decir tampoco si más cerca o más lejos o cuándo, pero sea lo que fuere aquello, y de eso sí estaba seguro, lo involucraba a él sin remedio. El viaje se le hizo larguísimo, interminable, y para colmo no se había traído nada que leer, un viaje tan largo que parecía una caída en cámara lenta, como si se desbarrancara –fue lo que pensó– hacia algún sitio ignoto y oscuro por donde no querría pasar nadie.





Francesca y Francesca, la muerte y el mar



Cuando Simone y Jean Paul estuvieron en La Habana se dejaron fotografiar frente al mar muchas veces. Castresana nunca pudo ubicar muy bien esas fotos, y tenía la duda de si incluirlas, o no, en su estudio sobre la fotografía soviética en Cuba. Ni las cámaras ni los lentes serían entonces todavía estos suyos de ahora, ni tampoco aquellos habrán sido de los que allí se ocupa, serían o demasiado viejos o demasiado recientes. O quizá va y sí, que alguno habría ya, alguna cámara que haya sido un regalo oficial o que se haya traído alguien un poco por souvenir, lo improbable más bien sería que estuviesen para entonces ya en la calle, su vida útil. De casualidad si acaso, que no cuenta. Pero, fotos aparte, lo importante es que todo eso ocurrió en una época que no alcanzamos a entender, la de la vehemencia en los rostros que tampoco entendió Don Ramón. Los motivos de esa incompresión (o nebulosa de no saber lo que hacerse) son, por supuesto, distintos, unos u otros según para quién; nada los une, o muy poco —tanto que como si nada—. Para tratar de alcanzar lo que se le escapaba, Don Ramón asistió a un par de conferencias de Jean Paul. Nosotros para entonces no habíamos nacido, aunque —y pensándolo bien—, ¿cuándo nació Castresana?

Simone tuvo que hablarle del mar a Jean Paul, pues algo habrá dicho con su voz tan calmosa, una o varias frases —o un hilvane de frases— probablemente profundas. Es difícil afirmarlo (es difícil afirmar cualquier cosa), pero seguro esa imagen del mar o de ellos dos frente al mar la marcó de algún modo: bien visto, es muy fácil que algo nos marque. Basta con que el día ande un poquito sensible. Basta con que entusiasme a tiempo o con que duela a destiempo. ¿Más conjeturas? Pues probablemente esa imagen (la del mar, la suya en alguna foto de aquellas) tenga poco o nada que ver con lo cierto, sea lo que fuere, y menos aún con nuestra imagen del mar, la tan repetida de por todas partes el agua. Además, Simone —como cualquiera— debe haber fragmentado lo suficiente esa memoria, se le habrá aun sin querer dispersado lo bastante como para poder ofrecer distintos recuentos y metáforas de lo que ella vió, o de cómo se vió entonces a sí: parcelas distintas del mismo mar y la misma vivencia, una superficie roturada y desmembrable a cuyas fracciones puede recurrirse con independencia total. Piezas o porciones —como cuñas de torta, raciones cada vez más paupérrimas de un flan compartido entre muchos— para cada invitado a su teatro del mundo, o del recuerdo: una para Jean Paul (invitado de excepción, porque también él estuvo allí), y otro para Olga, un otro mar para Louise o como fuera que se llamase su amante de entonces, uno —con esmero pulido— para el público anónimo de sus memorias literarias o de sus afanes políticos, vale decir, sus lectores; el flan o la torta, como el espacio aporético de los eleatas, resultan divisibles hasta un infinito de locura o de fábula.

El mar de Simone debió ser entonces una imagen centrífuga, un tiovivo un poco loco desparramando fragmentos. Como es natural, el centro (y el punto de vista) era ella. Lo podía ya intuir la última vez que lo vió, desde el aire, cuando regresaba a París: primero la frontera del agua delimitando la isla, un contorno que no por verdoso y vago sería menos nítido, y por un rato luego las pequeñas islitas, los cayos cada vez algo más lejos, el archipiélago hecho de desunidos fragmentos que sólo al nombrarse cobraba unidad. Al contarlo podría empalmar la isla y el agua, podía poblar su recuerdo de sí misma y entonces su mar (el que ella vió o creyó que había visto) ganaba su centro, se corporeizaba como un objeto de plata. Para ella el objeto era el mar, no la isla. La tierra era una distracción, un accidente sobre esa superficie bruñida, casi una errata. La isla cabía sólo como interrupción calada en sus aguas, un hueco al revés: un contorno con nombre en una zona sin agua, un calado o una muesca en la plata.

En aquellas sesiones de foto Jean Paul asió la pipa con fuerza un par de veces, como siempre que de algo dudaba. ¿De dónde conocía al fotógrafo aquél con el bolso de piel marrón? De no ser tan improbable hubiera jurado que lo recordaba de los años de la Resistencia, o tal vez de luego, de allá por los cincuenta. La cara le sonaba, le hablaba demasiado. ¿O sus gestos, quizá? Los gestos envejecen menos que el rostro y el pelo y los ojos, El pelo encanece y los ojos se apagan y se achican, pero esto lo pensó y lo olvidó enseguida. La memoria le rondaba esos lares, pero no le develaba su fantasma, y además Simone lo distraía: le conversaba del mar, o divagaba (otro de sus temas preferidos) sobre el entusiasmo de la gente, cuánto tipo entusiasta hay por acá. Él pensaba que sí, que mucha gente, también demasiada como para poder fijarse, para que cupiera concentrarse lo imprescindible en alguien; si ya confundía los rostros, si los veía familiares donde era o debía ser imposible. ¿No lo miraba fijamente, ese fotógrafo?

Para los de las cámaras, aun cuando buscaban recortar sobre el fondo la silueta de Simone y de Jean Paul, ese fondo de mar seguía siendo una ausencia —como cuando retratamos a alguien recostado en la baranda de un balcón, apoyado en la barrera que lo separa del vacío: todavía cabe entonces la intención del paisaje, de vista panorámica de tierra en lontananza. Porque para ellos la isla no era la caladura en la plata, sino más bien, viceversa: existe lo que sale del mar, a salvo de las aguas, del abismo. Lo otro pertenece más a la distancia que a la realidad, una suma de kilómetros y de ausencia de puentes y máxime de continua extensión. Ese mar es el de la maldita circunstancia, habría dicho el Gran Virgilio, y quizá lo dijo aquella vez en el portalito de Juan Bruno Zayas y nadie tomó, lástima, nota de su aserto, Ese mar, hélo ahí, aquí lo tienen, es el que no nos prolonga, es desmedro hecho agua; para nosotros, habrá pontificado, el objeto es la isla, que circunvala la nada.

Un promontorio en la nada; y anda por ahí la atracción de la playa y las costas: la atracción del abismo, y sobre todo, la de la reconciliación, la arena que se pierde en el mar y se queda a un tiempo varada en la tierra. Como si fueran aliados, o parte de lo mismo lo menos, y nada hubiese más natural que su paisaje común. Más, está claro, los otros encantos, a eso habrá que sumarle las atracciones de siempre del eterno verano y del folleto turístico, todas esas bondades que pueden venderse tan bien cuando se vende un billete de viaje o una casa en la playa.

Y de vuelta, las costas: ¿qué nos obsede o asedia, qué cosa nos tienta desde su magnitud circular? A Kitty y a Fiorella, seguro, las dos tentaciones, la frívola del veraneo y de la fiesta y luego la otra, más pesado su anclaje, de la tentación del abismo. La primera, la de la luz y el sol sobre el cuerpo: posible así escaparse de las calles de sombra, más de churre y cochambre que de fresco, y de la abotargada impaciencia del encierro en la ciudad; posible sólo allí poner las tetas al fresco y al sol, que le encantaba a Fiorella, y qué diferente Varadero, con su población de despreocupados turistas, a las playas del Este, repletas de paisanos que la miran a una con idiota insistencia, con una insistencia seguro digna de mejor causa e imperturbable, impertérrita, clavada a su objeto como la de moscas revoloteando sobre cualquier diferencia, magros moscones ahítos de chisme, de trapicheo y policía. Policía la de todos, o casi, no sólo la del oriental con uniforme y walkie talkie, sino también, más de ellos que suya, la de las caras como de plebe del Bosco, rodeando —en mediodías o tardes descompuestas— la miel como enjambre purulento. Sordideces. Un zumbido de tábanos, tan incómodo y sobre todo, ay, qué problema, sobre todo tan triste.

¿Era injusta, Fiorella, al esquivar así a sus paisanos? Ella misma se lo había preguntado varias veces. Tal vez, puede ser, habrá concedido sincera o condescendiente —meditabunda alguna noche, triste y depresiva y por eso lúcida ella misma alguna noche— que era más que probable que sí, que injustísima; la mar de injusta. Pero se habrá dicho casi de inmediato, o quizá directamente de inmediato, porque eso solía tenerlo bien claro, que son así las cosas cuando son del alma, no habría nada que hacerle o que pudiera ella hacer al respecto. Lo haría no sin dolor, como cuando de la memoria borramos alguna miseria del pasado, un instante o un tiempo o un hecho que ya no queremos llevar con nosotros, y dejamos que se diluya en lo que nunca existió, o mejor que no hubiera. Pues el pasado a veces es sólo un fantasma, tan casual o tan frívolo u obcecado, tanto como cualquiera en el presente sin tiempo, decursar —como ahora el de Fiorella— en sensación de fresco y claridades, de dejarse ver sin más que ahí estar, tumbada en la arena, admirada o creyendóselo cuando sale del agua y unos ojos la siguen, tan limpios, tan sano este dulce far niente de estar sola consigo.

Prefería, sí, estar aquí y no en La Habana ni en Cárdenas ni en Matanzas la horrible, y no ver ni enterarse del carnaval de las balsas tiradas a una mar de tiburones, el banquete servido. Antes de venir habían visto una despedida de ésas, una rumba en un camión que llevaba a los felices pasajeros de un bote de goma y de tablas y hacía trepidar el puente de hierro sobre el Almendares como si en vez de un camión se tratara de una caravana de blindados que ocupara una ciudad ya rendida, menos táctica que desfile del triunfo. En adioses de loco, los vecinos o los amigos de los balseros y sobre todo los balseros mismos se pasaban botellas de ron, canecas algunos —más prácticas, mientras más ligero el equipaje mejor— de aguardientes sin etiqueta para festejar la partida (nadie hablaba de la muerte) o alentar la travesía, se nombraban todos entre ellos a gritos como en un pase de lista. Nombres cualesquiera que podrían haber sido los suyos, el de Marina o el de Daniel o el suyo mismo (el suyo menos, en La Habana era raro), los nombres tan de cualquiera y tan propios, tan de cada cual. ¿Fulano? ¡presente! Y Esperancejo también, presente. Zutano, pues bueno, Zutano no vino pero él quería. Lo representa aquí su socio, que la hace por él: que conste. En su nombre: entre los nombres, justamente, también había apodos, y los apodos a Fiorella le parecieron mucho más personales, menos intercambiables con otro nombre que podría haber sido por caso el suyo. Más pertinentes, menos que ver con ella ¿o era sólo verosímiles, apropiados, más a tono y en situación? Bueno, eso: lo que fuere. Daniel y Marina —ella no, ella los había acompañado y miró e incluso sonrió y todo, pero más no— les aceptaron un trago, hasta se enrollaron en aquel extraño contubernio de abrazos y tan buenos deseos: mucha suerte, hombre, suerte, la suerte entera del mundo, buena suerte y a remar. ¿Habrían podido telefonear todos a todos los que pedían una llamada a su arribo —habrá seguro quien la haya implorado aunque no haya estado ahí, en la cama de un camión no hay sitio para ruegos—, la certeza de al fin y al cabo saberlos vivos en Guantánamo, o si de veras funcionaba la suerte, toda la suerte del mundo, Miami? Un ruego, Me llamas, que contenía otro ruego que mejor ni mentar, Que pueda llamarme, las velas puestas por aquellos días serían muchas. Telefonear, y Fiorella no sabe por qué lo imaginó así, desde casa de un primo que contaría en silencio, sin decir nada todavía, los minutos de la llamada. Quién sabe, tal vez sí o tal vez no. Acaso para quien la imploró no la haya habido, y sí para quien no la esperaba y se enteró por ella de que, de ahora en adelante, fulano o mengano lo llamaría desde allá. Que como Strindberg decía todo es posible y verosímil, o la vida es una barca, Calderón de la mierda aquí quien lo atestigua y certifica. Fiorella prefería —sí, seguro— seguirse en los ojos de aquellos para los que el mar era un objeto de plata, y la isla, la playa, un calado o sus bordes en el encaje de orfebre del Atlántico, deseada o mirada seguirse en tan sanos los ojos que veían a la isla como la ausencia del agua, surco o sexo o matriz en el cuerpo de la mar, y no viceversa: la isla como el cuerpo alejado de otros, al celibato condenado, rumiando la soledad del deseoso, Job maldito por lo de por todas partes el agua, todo aquello de Piñera. Todo eso tan triste. Esas miradas las rehuía, en Santa María o en Guanabo, le hurtaba el cuerpo a aquellas miradas que le atisbaban a ella cualquier cosa que oliese a diferente, persiguiéndola en su deseo insatisfecho y miserable, tan presto, le parecía, no dejaba de temerlo ni un momento, a mancillar lo distinto para traerlo a sus cuevas o sus covachas de naúfrago. No, qué va: Varadero era otra cosa, remanso artificial para creerse (o no, sólo sentirse) a salvo de la rutina y la retina de ese Robinson unánime, si no de infelicidades, sí de sucia lujuria resentido.

Y con mucho prefería la extraña mirada o aun de tanto diferente inaccesible, fuera ya del alcance para entablar una charla, lejos y mucho de la noche nacional, a todos sus posibles contubernios o intimidades o a los temas de siempre, al hilo los mismos como idéntica en su rencor la policíaca o turbia o resentida o popular mirada en su cuerpo. Pero no, por supuesto, en Varadero: no aquí.

Y se había escapado, más o menos por eso, del ensayo del grupo; hoy no quería, ni por asomo —por ahora: en el presente que no tiene ni mensura ni fin— volverse a La Habana, montarse los personajes de la obra y el otro tan suyo, aun más sutil, el de actriz, ni tampoco querría no quererlo, sacarse de la manga la renuncia o la objeción, no querría ni pensarlo. Lo haría no sin dolor, como cuando de la memoria borramos alguna miseria del pasado, pero quería hoy no enterarse: ni del instante o el hecho que no deseamos llevar con nosotros, ni de cómo lo dejaba ella diluirse en lo que nunca existió, o mejor no. Otra cosa la ocupaba, ¿otra cerveza? Sí, quizá fuera eso.

Fiorella caminó hasta el kiosko con toldito de rayas, la pidió —el aluminio perlado de gotitas le mojaba la mano: qué fría, qué rico—, abrió la lata. A esta hora de nuevo la arena se vaciaba, la estampida del almuerzo. ¿Comer algo? Contó el dinero: No, dejarlo a la cerveza. El día, está visto, era especial.



*


En el cielo una nube le hacía guiños de cómplice: los auténticos paraísos son el edén deshabitado, lo menos, de cualquier pasado, o de memoria. Se tendió bocabajo (así, como estaba ahora, podía mirarse los pechos sin que nadie la viera y eso le gustaba, mirárselos y retozar un poco con la arena que a esta hora casi quema en los pezones) y reparó de pronto en el minúsculo infinito de la playa. ¿Cuántos granos de arena harían un puñado? Podría jugar a contarlos, segura de antemano del fracaso. El punto exacto o del límite, el que hacía de la cantidad una condición, era inatrapable, y lo sabía. Que hay siempre un punto nebuloso, alguna zona interdicta, la siempre elusiva, nunca la visible: zona ciega.

Pero ahora, al levantarse, luz era todo, imagen del cielo.

Un viento que le tiraba la arena contra el cuerpo se arremolinaba, volvía, recorría como un fantasma la costa. Podía casi sopesarlo, medirlo en sus envites, más que embate desafío, una extraña mezcla (¿o la mareaba de nuevo la cerveza?) de reto y de ironía. El sábulo se le pegaba a la piel como empanizándola, un apanado sobre todo sensible cuando intentó sacudírselo; entonces le raspaba mínimamente la piel, una como estregadura de piedritas minúsculas —seca, casi árida, yerma la piel en la sensación de la arena—. Buscó el agua, y ahí se daban a coincidir las dos: la tentación del abismo y la otra, tentación del frescor, una sola y la misma por primera vez en el día, la urgencia de echarse a la mar para fregar, diluir en sus aguas el escozor del sobremedido ventarrón y la urgencia, sola la premura, huérfana de apellidos, de arrojarse en brazos de aquello que fuera y la llamaba.

Se incorporó, estiró la espalda como quien se crece un poquito y camina más grande. Sintió como una bendición el agua, primero las plantas, el pie, las pantorrillas. Una caricia inundándola como una ola de fresco, yerbabuena y salitre y cremita en las piernas. Y entonces, sin saber por qué, se volvió y saludó: un movimiento rápido y espontáneo de la mano que —aun mientras duraba— la inundó de un placer de libertad, pues nada en él era fingido, nada espúreo, nada —y podía gozarlo ya en el gesto— sobraba a su estado natural. Era eso: su estado natural sin nada que estuviera de más. La pureza de una espontaneidad limpia de cualquier otra cosa. La fascinaba, mientras se adentraba en la mar, ese regalo imprevisto; temió por un segundo volverse, indagar si tuvo testigo alguno su gesto o interlocutor su saludo, si algún puente tendía entre su alma y el resto, ahora, sobrante concurrencia.

Se zambulló y anduvo bajo el agua, en mar sin fondo. Una arena blanca y lisa y sin huellas, sin algas, sin mácula. Se alejaba, una conveniente distancia para sus evoluciones acuáticas, y sobre todo, las otras: jugaba con el agua espejo contra espejo, y abrir los ojos junto al fondo le placía, se miraba a sí misma en son de transparencias, se seguía. Se sacó el bikini y se lo amarró a la muñeca, repitió el nudo por si acaso, se miró; de todos la ocultaba el agua, salvo de ella. Se disfrutaba mirándose, eso siempre le había encantando y ahora más, así mucho más, y le pareció que en la refracción o la distorsión del agua había algo que le acercaba el cuerpo a lo impoluto de la arena del fondo o de la superficie que desde abajo, sumergida, era como una reposada bandeja de plata o de azogue, un espejo tan calmo que la reflejaba en otra parte, en un sitio distinto donde se sentía muy a gusto. Como en casa, se dijo, y nadó un poco todavía, más lejos, se gustaba braceando en esa mar de mercurio, llena —ella sola, y tan contenta— de su gesto de antes, tan natural de plenitudes, tan ¿preciso? Tan como en casa, en casa de verdad.

La vió entonces, a la muchacha de ayer, nadando cerca suyo. Se zambulló y también ella, la buscó, trató de perseguirla. ¿Dónde estaba? La otra chica desaparecía por momentos, un juego como ése de Estoy, Ya no estoy, los niños se matan de risa con él. Ahora la vio: nadaban bajo el agua y sus refracciones tan lentas le daban aun más gracia al gesto de la otra. Fiorella se acercó pero no podía alcanzarla, y recién —cosa de un instante— lo notó: ese brazo estirado en mohín como de adiós, tan laxo, tan mínimo su amago y al tiempo tan cabal, tan justo su cumplido, ¿no había sido el mismo suyo de antes, aquel sin interlocutor ni objeto ni nada que estorbase, tan ligero en libertades? No podía ya más y subió a la superficie, respiró a pulmón henchido, volvió a sumergirse. La chica estaba junto a ella, casi se rozaban, y le pareció que asentía: sí, era el mismo el ademán, no repetido sino único, sobrellevado de a dos. No, no es que fuera: lo estaba siendo, siéndolo entonces, era algo que transcurría en presente como nunca nada le había pasado tanto en presente, y había sobre todo en ese presente una verdad que no podía precisar pero que la llenaba completa. Nadaron juntas; la perdía por momentos, Estoy y No estoy, una fracción de su imagen que ya no reconocía, o se confundía con las aguas, y que luego, en un punto impreciso pero que era el sitio exacto o del límite, el que hacía de un giro su presencia, la recuperaba de nuevo consigo. Simultánea, con ella. De todas formas, la sabía inatrapable, conocía de siempre el punto nebuloso, la zona interdicta o zona ciega, y que era ahora, iba siéndolo, se fue haciendo, estaba hecho cuando la rozó ya casi al margen del ahogo, un territorio sin vuelta pero tampoco con miedos, y esta vez al tomar —al tragarse— el aire todo era luz e imagen celeste: ya, fija.



*


El mar de Kitty Rose, qué distinto al de Fiorella, se alimentaba de fracasos, o de la sensación del fracaso: era mar para lavarse, lavarla, a ella de sus rutinas de chasco y de reveses, mar para caerse, sumergida, a donde diese pulmón, hasta allí donde aguantase, y para retornar, desde luego, su infierno litúrgico al de sus días sucesivos. Sensación —eso, sensación, sí, mas no sólo— de partida malganada, y ella, de tramposa: se iba Kitty hasta la costa (de noche, tanto más cercana de ella y de la calle más cierta la sentía, tanto más de otro mundo), y se echaba o remontaba, se dejaba llevar por su vaivén, por el de las olas primero de batiente, y luego enseguida ya sólo de vaivén o bamboleo, tumbos de una cuna que alguien mece o de un péndulo lejano, imaginario. Y salía del agua como nueva, como vuelta a nacer pero con todo ya sabido.

Imaginado, imaginario: Kitty lo sentía su cura de miserias, limpieza mejor que cualquier otra, el sitio, su lugar, de luego resucito, borrón y cuenta nueva imprescindible. Algo, habrá que creerle, muy cierto.

No podía —por más que se decía siempre que no más, Esta vez y ya, ésta sí que la última— sino volver a esas abluciones rituales de las que siempre, sí, venía la última a renegar de las otras, de las del resto del año o las anteriores de los muchos comienzos, ésta la única que vale, la primera: cada una era una muerte y un río, el suyo de ahora resucito, de soy ya otra distinta de quien entró a nadar en tales aguas de expurgo y absterción, y héme aquí, miradme: igual y distinta, siempreviva. Como si fuera ella, siempre, pero cada vez, cada una de esas veces, ella misma de nuevo, resurrecta: fue de hecho así mismo y tal cual, verbatim, las palabras idénticas, como mejor consiguió explicárselo nunca a alguien, fue así como lo dijo la propia Kitty una noche que había bebido demasiado y conversaba con un hombre con el que por fin no se acostó, pero de todas maneras su explicación le gustaba y sí que la recordaba muy bien; en cambio del final de aquella noche nada o casi nada, otra más a contar entre las noches borrosas del Ithaca. Se tendía Kitty entonces, esas veces de ablución y de nuevo, bien despacio sobre la arena mojada, morosita, sin prisas: bocabajo, con los ojos cerrados, ya desnuda, a esperar con algo de miedo —un temblor que la excitaba, un temblor como un susurro— a su ángel, que solía demorar: se tendía con el mismo miedo en la carne que cuando le vendaban los ojos atada a una cama que no conocía, el temblor de cuando entreveía en la penumbra algo demasiado turbio en la mirada de quien le daba por ejemplo la vuelta, sobre la cadera la presión de los pulgares y en todo el cuerpo la sorpresa de un tirón o algo así, el miedo de la almohada en la cara y ahora qué hará, qué es lo que le apetece y va a hacer conmigo. En ocasiones parecía no arribar, no llegar nunca su ángel; había noches donde se tomaba su tiempo, se andaba sin premuras o se anunciaba en mil instantes sin llegar todavía, le apetecería la demora, le vendría en ganas a él que es quien manda volverla loca de a pocos, y Kitty volvía al mar y nadaba, se dejaba flotar, se sumergía, se dejaba besar los muslos por todas esas criaturas fugaces de las mareas nocturnas; sometía así (podía explicárselo ella o lo menos entenderlo, pero aquella noche eso a aquel tipo no se lo había dicho, le habrá gustado demasiado él y habrá pensado ella que podría asustarlo, y total para qué, hay que ver, luego nada) al cuerpo, al animal, los doblegaba o los manumitía en ese despropósito recomenzado y constante, casi rítmico. Otras noches, en cambio, pero eran ésas las menos, llegaba como un ventarrón: sin prevención ni aviso, un advenimiento repentino, de golpe. Y a veces, en unas y en otras, tenía Kitty alguna visión extraña, alguien —su fantasma o su doble— nadaba junto a ella, la seguía, la llevaba (¿o ella a la otra?) a una muerte de luz, incandescencias, al fulgor súbito del insecto que se sume en la llama de una vela: más pronto consumida mientras más aprisa arde, luz de la vela que es la tuya, faro del final, fanal de mariposas.D

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El francontirador / Gerardo Fernández Fe


foto de autor

Gerardo Fernández Fe (La Habana, 1971)

 
   Ha publicado los libros Las Palabras Pedestres (Premio David de poesía 1995), La Falacia (Mención de Honor Italo Calvino de novela 1997), ambos en Ediciones Unión, en La Habana, así como el libro de ensayo Cuerpo a diario (Tse-tsé, Buenos Aires, 2007), ademas de artículos, traducciones y ensayos en revistas de Cuba, México, España, Argentina y Francia.
      

   Mención de Honor en el Concurso Juan Rulfo de Ensayo  2002 auspiciado por Radio Francia Internacional con el texto Un escritor de novelas llamado Roland Barthes.
   
   Vive en La Habana, Cuba. 


El francontirador

-tres relatos inéditos-




LOS TÍTULOS


Apenas hubo procedido la policía política a la detención de Mirto Gutiérrez aquella mañana de abril en su apartamento de Santos Suárez, el teniente que dirigía la operación cayó en la cuenta del error: al equivocar el objetivo, habían dado con un esmerado laboratorio clandestino de fabricación y embotellamiento de ron para exportar. Poco podía entonces el teniente esconder su estupor. Pero como ya resultaba imposible dar vuelta atrás, conminó a Mirto -que fumaba- a sentarse lejos de la puerta y con el arco superciliar derecho indicó a sus subalternos que cargaran con cajas de botellas vacías, paquetes de etiquetas cromadas, chapas, sellos de calidad, pomos de extractos y colorantes, además de un enorme bidón plástico azul con el más puro alcohol.

Lo que nunca entendió el teniente -ya entonces Mirto había sido conducido a uno de los autos de civil encargados del operativo- fue aquella libreta de escolar en la que en lugar de cálculos, fórmulas químicas, teléfonos o marcas de un licor por inventar, podían leerse títulos para algún libro de relatos que Mirto Gutiérrez, entre ron y ron, pretendía escribir: Los pasteles, Historia de la moneda, La mujer del lumberjack, Estructura del humo, El scarabeus y yo, Los batracios, Muerte de un extraño apellido, entre otros.


Primavera de 2003



EL FRANCOTIRADOR


Lajos tiene conciencia de que su historia puede ser contada, de que sobra el material para una buena novela. Su vida se ha vuelto rutinaria, aunque llena de pequeños altibajos. Su día común discurre entre la calma, más bien la pesantez de la calma, y tres o cuatro picos de excitación; como telón de fondo, el sonido de la calle escuchada desde un séptimo piso, el paso acelerado de una ambulancia, el polvillo blanco que se desprende del techo cada vez que desde su fusil sale un disparo certero.

Se dice en dos palabras, aunque -insiste- bien valga una novela: Lajos se levanta de su colchón en el suelo, se acerca con cuidado a la ventana, estudia el asfalto, toma el fusil, dispara y regresa a su colchón, donde continúa su lectura de La montaña mágica. Unas veces cae un señor de un bigote que indigna, una joven hermosa que va a la farmacia a comprar un frasco de Listerine para el mal sabor de sus encías, un niño que ha salido en busca de pan.

Lo curioso -anota Lajos- es percibir los diferentes chorros de sangre según el lugar del cuerpo en donde irrumpe la bala y según el ángulo del disparo, o notar cómo un cuerpo cae, primero que nada sorprendido, cómo a uno se le afloja una pierna mientras la otra persiste en mantener cierto aire marcial, cómo los ojos se dislocan cuando en un cuarto de segundo el plomo destaza la parte más alta de la cabeza, donde el cabello es aún oscuro; incluso el modo en que un disparo eficaz separa un hombro de su correspondiente brazo, y luego el movimiento mecánico de éste, sobre la acera, como el de la cola cercenada de un lagarto.

Un par de horas más tarde, según la curva de atención para una lectura tan espesa, Lajos retoma el arma, cumple con un disparo, se enjuaga la cara, vuelve a abrir el libro del viejo Thomas.



SOBRE LA LUZ


Es curioso que nadie haya remarcado que con la crisis económica y tras el cierre de la fábrica Yara de baterías eléctricas, la principal afectación haya estado en el comportamiento de las linternas en los cines de la ciudad.

Visto desde arriba, no hubiera sido difícil constatar la merma en la producción de halos, el movimiento nervioso de la mano fatigada a través de una luz tartamudeante o la pobreza con que fueron respondidos los reclamos de la sociedad civil.

--Con el tiempo se me fue apagando la linterna. Reclamé a la administración, pero me hablaron de guerra y otras historias que nunca he entendido.

Lucila, 53 años, acomodadora en retiro tras el cierre del cine Mambí.

--Es increíble lo que uno ha tenido que inventar para dar luz a la población. Claro que nuestra vista ya no es la misma. ¿Sabe usted cuánta cosa rara hemos visto bajo tanta oscuridad, así, como no queriendo, pero al fin la hemos visto?

Carmen, 40 años, carpetera expulsada del hotel New York, hoy acomodadora en el cine Florida.

De ahí que Crescencio, de 45 años, aficionado a los crucigramas y único ejemplar masculino en el mundo de las sombras, la humedad y la pantalla gigante, insista en que sea incluida en nuestra encuesta la historia del hombre que, atrapado uno de sus pies entre el escalón y la hilera de butacas, exclamaba ¡Luz, más luz!, como un alemán que agoniza.
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Animal Planet: 3 relatos / Ahmel Echevarría Peré


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Ahmel Echevarría Peré (La Habana, Cuba, 1974)

 
   Narrador, Ingeniero Mecánico. Entre otros premios obtuvo el Premio David 2004 en el género  cuento con el libro Inventario (Editorial UNION, 2007), el Premio Pinos Nuevos 2005 con la noveleta Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006), Beca Fronesis de creación novelística 2007, mención en el Premio UNEAC de novela Cirilo Villaverde 2008 por la obra Días de entrenamiento y Beca de creación Razón de ser 2008 por el libro de cuentos Las espirales del tiempo. Sus cuentos aparecen publicados también en las antologías Historia soñadas y otros minicuentos (Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2003), Los que cuentan —Una antología— (Editorial Cajachina, 2007), La ínsula fabulante —El cuento cubano en la Revolución— (1959-2008) (Editorial Letras Cubanas, 2008) y La fiamma in bocca —Giovanni narratori cubani— (Editorial Voland, 2009). Miembro del staff del e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post y del proyecto Rizoma(s).      

   Actualmente trabaja como editor del sitio web Centro Onelio.
 

Animal Planet: 3 relatos inéditos



Animal Planet



—Llámame Ismael —dije.
Ella sonrió, se encogió de hombros y preguntó por el mando del televisor. Al levantarme pisé uno de los tres condones. Estallido sordo y denso sobre la alfombra —baratísima imitación de alfombra persa a los pies de la cama de un baratísimo motel.
Recordé dónde había puesto el mando a distancia: en una butaca. Para ser más exacto, el mando estaba bajo un montón de ropas: las suyas, las mías. Recogí el mando. Entonces caminé hasta ella y le dije: Toma. ¿Yo?: de pie, junto al extremo opuesto de la cama. ¿Ella?: acostada, su cuerpo desnudo y blanquísimo. Solo se arqueó para estirarse. Como una gata.
—Llámame Gunila.
Sonreí. Me gustaba su acento. Nunca había conversado con una mujer lituana, rusa o checa. Gunila parecía rusa. Debía preguntarle si había nacido en Moscú. Tal vez era de algún pueblito de campo o de una de las nuevas repúblicas luego del gran big bang de la vieja URSS. Pero solo ella, Dios y quizá también El Mexicano podrían ayudarme con mi duda. Le miré el rostro. Gunila debía ser moscovita e hija de un par de obreros.
—¿Qué haces? —Dijo.
—Aquí tienes.
Puse entre sus senos el mando del televisor.
Encendió la TV. La escuché ronronear, era una enorme y delgada gata. Luego de un zapping eligió uno de esos programas de Animal Planet: Naturaleza extrema.
—¿Verás eso? —Dije.
—¿Qué tiene de malo? Querido Ismael, puedo estar veinticuatro horas seguidas viendo programas como este.
Me sorprendió su interés por los animales. Intenté confesarle a Gunila que en toda mi vida nunca vi ninguno de esos documentales del National Geographic o del Animal Planet —al menos no de principio a fin—, pero esta enorme gata me pidió que la dejara ver la televisión.
Le pedí disculpas y de la butaca tomé el diario. Sin embargo no pude evitar prestarle algo de atención al documental para averiguar de qué trataba. En la pantalla se veían imágenes aéreas de una isla: La Española, creo. La cámara caía en una suave picada para luego planear como un albatros sobre el arrecife; minutos después, la cámara avanzó tierra adentro. Según la voz en off, el sinsonte de aquella isla sin agua dulce era otra sorprendente adaptación al medio o a un medio ambiente diferente a aquel en donde viven los sinsontes.

Los concursos de belleza son una verdadera escuela de la vida. No te resultará nada fácil si eres una persona débil y te cuesta adaptarte a situaciones difíciles o nuevas. Yo intenté creer en mí, mantener el buen humor y sonreír. El último día del concurso muchos se preguntaban sorprendidos de dónde sacaba una chica rusa tanto optimismo… sobre la cama dejé el diario—. Estaba leyendo una noticia de EFE, Sección Espectáculos; mientras, esta altísima mujer, una de las chicas de El Mexicano, miraba el documental del Animal Planet.
En la noticia se hablaba de una tal Kseniya Sukhinova, la Miss Mundo 2008. Le pregunté a Gunila si ella estaba al tanto de estos concursos. Sin mirarme dijo que no.
—Esta tal Sukhinova dice que fue una gran responsabilidad representar a Rusia en la final de Miss Mundo y que toda Rusia esperaba la victoria.
—Querido Ismael, ¿puedes hacerme el favor de dejarme ver el programa, por favor? Perdóname que sea así contigo… Por cierto, ¿podrías alcanzarme algo de beber?
Sin mirarme pidió whisky con agua. ¿Ella?: ensimismada con aquellos sinsontes de pico largo. Era, sin dudas, una mujer muy dulce. Serviría para mí un par de líneas de whisky y hielo.

—Llámame Víctor —dije.
Regresé con su vaso de whisky y agua. Le dije: Toma. ¿Yo?: de pie, junto al extremo opuesto de la cama. Extendí mi brazo para alcanzarle el trago. ¿Ella?: desnuda, piel blanquísima. Siguió acostada, solo se arqueó para estirarse. Como una gata.
Caminé hasta uno de los costados de la cama y puse el vaso entre los senos de esta dulce mujer.
—Llámame Gunila.
Bebió un pequeño sorbo antes de que me diera tiempo a proponer un brindis. Ronroneó. Me dio las gracias y me empujó con la pierna, suavemente, para convencerme de que quería ver el documental.
—Querido Víctor, deberías ver esto.
Me volví hacia el televisor: un sinsonte de aquella isla sin agua dulce daba el ejemplo de lo que debían hacer, los pájaros de su especie, para alimentarse en un medio tan singular. Su largo pico, como una combinación de martillo y cincel, golpeaba una semilla. Era una operación sencilla. Llegar a la nuez luego de quebrar la dura corteza.

Cuando recibí la corona de Miss Rusia 2007 mi primera reacción fue llorar. Realmente es un shock y afloran emociones muy fuertes. En un segundo se decide todo y sobre ti recae una gran responsabilidad, no hay vuelta atrás, eres como una niña pequeña que de repente tienes miedo y sientes tu debilidad —puse el diario sobre la cama y me di un trago, largo.
Le pregunté a Gunila si ella tenía alguna idea de cómo eran estos concursos. Tosió. Y sin mirarme extendió el brazo para acercarme el vaso.
—¿Sabías que la corona pesa?, escucha lo que dice este primor —dije—: “Pesa, pero me he dado cuenta de que es muy cómoda. Incluso no me la quería quitar. Ahora estoy echada, la corona resplandece sobre la mesita y yo la miro. Es un momento por el que vale la pena vivir. Pero esto solo es el principio, ahora tengo por delante un montón de trabajos interesantes”.
—Mi osezno Víctor, ¿puedes hacerme el favor de callarte, por favor? Discúlpame, es que quisiera ver cómo acaba ese rollo del sinsonte. ¿Podrías alcanzarme algo de beber?
Sin mirarme pidió más whisky con agua. ¿Ella?: ensimismada con aquellos sinsontes de pico largo. Para mí serviría otra ronda de Johnnie Walker y hielo.

—Llámame John —dije.
Whisky y agua en el vaso de Gunila, a la roca preparé mi trago.
Le dije: Toma. ¿Yo?: de pie, junto al extremo opuesto de la cama. Extendí mi brazo. ¿Ella?: acostada. Pezones grandes y largas extremidades. Solo se arqueó para estirarse. Como una gata. Me incliné y puse entonces el vaso entre sus piernas.
—Llámame Gunila. Gracias, eres un amor.
Esta vez tampoco alcancé a proponerle un brindis, porque se dio un trago largo tan pronto le di el vaso. Y señaló a la pantalla.
—John, querido, debes ver esto, deja el diario.
Y me volví hacia el televisor: un ejemplar del sinsonte de aquella isla sin agua dulce daba el ejemplo de lo que debían hacer, los pájaros de su especie, para calmar la sed.
Volaban hasta las colonias de iguanas; luego de un pequeño rodeo se posaban cerca de los reptiles. Les tomaba muy poco tiempo ganar confianza; con pequeños saltos se paraban junto a la iguanas y comenzaban a picotear en la piel para quitarle los parásitos. No daba crédito a lo que decía la voz en off; para los pájaros, cada parásito era una cápsula de sangre: arrancarlos del pellejo de las iguanas y así saciar la sed. ¿Las iguanas?: muy quietas, calentándose bajo el sol. Era una operación muy sencilla. Pero las dosis de sangre eran muy pequeñas para toda una colonia de sinsontes. Una colonia de muchas aves en una isla sin agua dulce.

La chica siberiana cursaba el último año en la cátedra en Sistemas Cibernéticos. Era una alumna ejemplar según dijo a EFE una tal Verónica Efremova, la jefa adjunta de estudios de la Universidad Estatal del Petróleo y el Gas de Tyumen.
Tomé un pequeño sorbo de mi vaso para aclarar la voz: “Se trata de una especialidad muy difícil y no es frecuente ver chicas allí. Además, Sukhinova saca sólo notables y sobresalientes” —leí en voz alta fragmentos de la noticia sabiendo de antemano que lo hacía solo para mí.
Gunila maldijo en voz baja. Era cierto que ella moría por aquellos programas de animales. Sonreí. ¿Aquella mujer era una buena elección? De la mercancía que tiene El Mexicano con los ojos cerrados puedes comprarle el Johnnie Walker. Sabía lo de sus chicas; de casualidad había conocido a esta gata altísima que, como el whisky, parecía una muy buena elección.
Me volví hacia el televisor: aparecieron unos pájaros blancos y pensé en el albatros, y pensé en preguntarle a Gunila si en realidad eran albatros. Pero la voz en off mencionó el nombre de aquella especie de pájaro. Y no lo eran. Entonces le leí a Gunila lo que decía la jefa adjunta de estudios de la Universidad Estatal acerca de la Miss siberiana: “No tiene asignaturas pendientes, de lo contrario no la habrían dejado ir a ningún sitio. En este aspecto somos muy estrictos. Si le quedara alguna asignatura pendiente la habríamos echado.”
—Los rusos parecen ser muy duros de pelar —dije—. ¿Acaso es cierto que lo son? Escucha esto: “Después del triunfo de Kseniya Sukhinova en Miss Rusia 2007, la universidad la apoyó y diseñó para ella un horario personalizado…” —tomé el vaso y terminé mi trago—. Su carrera de Miss y los estudios… ¿es cierto que en Rusia el Estado hace esto por ti, así, sin más?
—John de mi alma, ¿puedes hacerme el maldito favor de callarte, por favor? Discúlpame, quiero ver el jodido final del programa. Ya te dije cuánto me gustan —con su pierna señalaba a la pantalla.
¿Ella?: ensimismada con aquellos sinsontes de pico largo.
Sin mirarme pidió otra ronda de whisky con agua. Serviría para mí otro whisky a la roca.

—Llámame Vladimir —dije.
Dos líneas de Johnnie Walker y cubos de hielo en mi trago, más whisky con agua en el vaso de Gunila. ¿Yo?: de pie, junto al extremo opuesto de la cama.
Extendí mi brazo para alcanzarle su bebida. ¿Ella?: un cuerpo de piel muy blanca, pubis ralo y castaño. Siguió acostada. Solo se arqueó para estirarse. Como una gata.
Sobre su ombligo puse entonces el vaso.
—Llámame Gunila… Vladimir, eres un buen chico.
Bebió un par de sorbos. La vi relamerse, limpiar la comisura de sus labios con el índice. Y señaló a la pantalla con el mismo dedo.
—Vlady, deja el jodido diario, debes ver esto.
Y me volví hacia el televisor: varios sinsontes de aquella isla sin agua dulce daban el ejemplo de lo que debían hacer, los pájaros de su especie, para conseguir algo más que aquellas pequeñas dosis de sangre que bebían tras picotear los parásitos en el pellejo de las iguanas. Para calmar la sed, los sinsontes volaban hasta las colonias de aquellos grandes pájaros blancos. Buscaban un polluelo o un adulto débil. Y con su largo pico de cascar semillas picoteaban en el cogote del polluelo o en el de un adulto débil. No daba crédito a lo que veía: perforar la piel, cortar una vena. El fluir de la sangre. Una operación muy sencilla. Picotazos, una herida profunda. Sorbos tibios, abundantes y dulces para calmar la sed de un sinsonte o la de toda una colonia.

—“La nueva Miss Mundo nació el 26 de agosto de 1987” —leí en voz alta y Gunila apagó el televisor—. Dice aquí: “Nació en Nizhnevartovsk, en la Circunscripción Autónoma de Jantí-Mansiysk” —y miré a Gunila—. ¿Se pronuncia así? ¿Sabes dónde carajo está eso?
También le pregunté si el programa se había acabado.
—Querido Vladimir, ¿cómo crees que podría saber dónde diablos está ese lugar? ¿Puedes hacerme el maldito favor de callarte, por favor? Búscate un mapa… discúlpame, es que casi no me dejaste ver el jodido final del programa, ya sabes cuánto me gustan…
Me encogí de hombros y cerré el periódico.
—¿Cómo se te ocurre que yo podía saberlo? —Dijo.
—Es que tu cuerpo y tu cara…, es que tu nombre…, es que tu acento… ¿Acaso no eres rusa?
Solo se arqueó, para estirarse. Como una gata. Luego sonrió.

—Llámame Ismael —dije—. ¿No quieres más whisky?
—Querido, llámame Gunila, ese nombre me gusta. Mi osezno tuerto, deja a la maldita siberiana, olvídate de ella —su pronunciación fue muy limpia y sin acento.
Gunila sonrió cuando enarqué las cejas luego de escucharla.
—Ven —dio unas palmadas sobre el colchón—, el tiempo corre y el cuerpo se enfría. El tiempo es dinero, recuérdalo… Bueno, es tu dinero, tú sabrás —sonrió.D



Raiza caracter Raiza



Miraba el último noticiario de la noche cuando sentí el sonido metálico y breve del picaporte. Bajé el volumen del televisor, me volví hacia la puerta, se necesitaba una llave para abrirla —tenía una y no la había extraviado, el llavero estaba en mi habitación—. De las tres copias que le hice a la llave mi kodama era el único que tenía una —las otras estaban guardadas en una gaveta—, pero él no me había dicho que vendría.
Bajé todavía más el volumen de la TV y escuché murmullos: en el pasillo había más de una persona. Uno de los que estaba afuera movió despacio la puerta. Quedó entreabierta.
Volví a escuchar el murmullo. Reían —como quien no puede evitar la risa e intenta aplacarla—. Entonces la puerta se abrió del todo:
—¡Sorpresa, bellezo…! Carajo, qué cara de mierda tienes —dijo mi kodama apenas entró en mi apartamento junto con las dos Raizas.
Si le lancé un cojín fue, aunque no lo pareciera, un gesto de franca alegría —tal vez un ríspido gesto de alegría—, y no un reproche a su comentario tal como lo creyeron Raiza Ámbar y Raiza Topacio. Tras hacer diana en su rostro mi kodama cayó al piso, la mitad de su cuerpo bajo el cojín.
Raiza Topacio miró al kodama, luego hacia mí. La chica ámbar, atónita, se paró detrás de Raiza Topacio.
Solo se escuchaba la risa de mi kodama.
—Estoy más que bien, no se preocupen —dijo a las dos mujeres y puso el cojín en el piso.
Se acostó, su cabeza descansaba sobre el cojín. Sonreía.
—Tienes tremenda puntería —dijo.
Y lanzó el cojín hacia un rincón de la sala.
Raiza Ámbar intentó sonreír. La chica topacio me miraba. En silencio.
—¿No es bello que alguien se asuste o se preocupe por algo que te suceda? Míralas. Nunca una carita asustada me sentó tan bien.
—Me alegra que vinieran —dije.
—¿De veras?
Mi kodama sonreía. Tenía una mano en la cintura, con la otra tamborileaba sobre el muslo. Yo conocía aquella pose. Sabía que estaba esperando mi respuesta y decidí quedarme callado. Así era él. Preguntas a manera de dardos y sus ojitos brillando como teas. En su rostro tampoco podía faltar una sonrisa socarrona. Así era él.
—¿Es verdad que te alegra nuestra visita o me estás mintiendo? —Se volvió hacia las dos Raizas—: ¿Ustedes qué creen?
Pero Raiza Topacio, todavía parada junto a la puerta, se cruzó de brazos. El rostro duro y el entrecejo fruncido. No respondió. Ámbar solo se atrevió a mirarme por sobre el hombro de la otra chica.
—Qué dulce eres. Hipnotizas a cualquiera, míralas. Eres todo amor —dijo mi kodama.
Caminó hasta mí, de un salto subió al butacón, me dio un beso en la frente. Las dos Raizas nos miraron. Ámbar sonrió y saludó con un breve gesto. Raiza Topacio recogió el cojín y dijo: Hay amores que matan.
Mi kodama bajó del butacón, volvió junto a las dos Raizas. Las tomó por la cintura, les dijo algo al oído y decidieron pararse a mi lado. Ámbar y mi kodama sonreían. Saludé a las dos mujeres: una Raiza por mejilla. Eran dos mulatas de piel clara —una chica ámbar de cabello corto y lacio, de largos rizos de un pardo topacio la otra muchacha—. Dos mujeres que ya andaban por el metro y cincuenta de estatura. Pero solo un beso sentí en una de mis mejillas. Fueron los labios de Ámbar.
—¿Aburrido? —Dijo mi kodama y me dio un suave puntapié.
—Estaba viendo las noticias.
Se sentó en el suelo frente a mí. Con la cabeza hizo un gesto de negación y les dijo a las dos Raizas: Este muchacho me está mintiendo o se tortura, ¿o creen que me miente y se flagela al mismo tiempo?, tenemos que hacer algo por él.
—Voy al baño —dijo Raiza Topacio.
—Qué dulce y atenta eres, cojones.
Ámbar pidió disculpas, le tomó la mano a Raiza Topacio y nos dejaron a solas.
—¿Cómo va todo? Tu cara de mierda es un maldito poema —mi kodama volvió a subirse en el butacón y se sentó junto a mí. Me tomó por la barbilla—. Al parecer no te has recuperado de lo de Grethel. ¿O sí?
Aparté su mano.
—Carajo, veo que ya sabes que al menor descuido puedes quedarte fuera de juego.
Asentí.
—Me encontré con la tal Patricia, me dijo algo sobre una carta y fotos —mientras hablaba mi kodama se quitó los zapatos—. Por suerte hablamos poco, esa chiquita tenía demasiada energía negativa. Ella también tenía una carita que era un poema, me recordó a Benedetti. Dios la ampare. Una carta y fotos... Increíble, ¿recibiste noticias de Grethel?
—No seas hijo de puta.
—¿Por qué eres tan dulce, bellezo? Ok, lo siento, de veras siento su muerte, te acompaño en tus sentimientos. Pero sabes que me duele verte así. Tienes que recuperarte, ¿lo sabes?
Me encogí de hombros.
Apagué la TV.
Mi kodama fue al cuarto y trajo el estuche de discos. Me lo lanzó, Pon algo, Benedetti, ya pasó un mes desde que murió Grethel y tienes que hacer algo. ¿Lo intentaste con alguien?
Con un leve gesto le hice saber que sí.
—Pero te veo solito, en alma y en pena. Carajo, será fuerte lo que te espera, muy fuerte. ¿Aguantarás el golpe? Creo que tengo que hacer algo por ti.
Tomé el estuche de discos y se lo di.
Mientras mi kodama intentaba elegir un álbum me preguntó cómo iba mi serie de temperas y el Cuaderno de Altahabana.
De las temperas tenía lista la reproducción de una de las viñetas de Elpidio Valdés y por la mitad el pliego de cartulina en donde quería dibujar dos mujeres desnudas junto a la silla que Lam pintó en uno de sus óleos. Solo había podido copiar la silla para utilizarla en mi futuro cuadro, porque los bocetos con las dos mujeres desnudas —iba ya por el sexto intento— no me convencían. Le dije a mi kodama que pasado quince días mi Cuaderno de Altahabana estaba varado en la misma página.
—¿Pero no tienes ni un maldito recuerdo para consignarlo en tu cuaderno? ¿No te ha pasado nada?
—Pura miasma.
Mi kodama dejó de buscar en el estuche de discos. Me tomó por la barbilla y mirándome a los ojos dijo: Estás de ingreso, me contestaste con una maldita frase literaria, no puedes hacer literatura en tu cuaderno, arráncate las vísceras y deja afuera cualquier pose, ¡júrame que las dejarás fuera de tu cuaderno!, por cierto, me gustaría recordarte algo —carraspeó, entonces engoló la voz—: solo existe una gran aventura y es hacia adentro, hacia uno mismo y para esa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan.
Sonrió.
Volvió a carraspear:
—Es cierto que suena demasiado literario también pero es la dosis que necesitas, aunque creo que Henry Miller era un tipo demasiado literario a ratos.
Salvo la carta y las fotos que Grethel me envió con Patricia —una carta y ocho fotos—, nada merecía ser registrado en el Cuaderno de Altahabana. Todo parecía simplemente transcurrir. Un simple flujo, sin turbulencias —la muerte de Grethel fue la última gran sacudida—. Un simple flujo sin turbulencias incluso para el viejo Jefe de Estado —su convalecencia transcurría alejada de los medios de prensa: ninguna imagen nueva, ninguna noticia de interés, nada de cuanto dijeran en el noticiario o los periódicos era nuevo.
Me sentía solo.
Sin ánimos.
Sin ánimos para dar, siquiera, un par de pinceladas en la cartulina que había dejado a la mitad.
—¿Viste un indio alguna vez? —Dije.
—¿De qué carajo hablas?
Entonces se abrió la puerta del baño.
Ámbar y Raiza Topacio salían. Sonriendo. Húmeda la piel de ambos rostros. El cabello pardo topacio recogido en una cebolla mostraba la nuca de Raiza.
De la mano caminaron a la sala y se pararon frente a nosotros.
—¿Qué hay de tu plan? —Dijo Raiza Topacio.
Mi kodama suspiró:
—Todo me parece bueno —tiró sobre mis piernas el estuche de los discos y saltó al suelo—. Escoge tú.
Se sentó. Dio unas palmadas en el piso y le hizo un guiño a las dos Raizas. Se sentaron una al lado de la otra, pero mi kodama tomó de la muñeca a Raiza Ámbar y le dijo: No seas cruel, déjame estar acurrucadito entre las dos.
La chica ámbar aceptó e hizo un espacio entre ellas.
—Ahmel me preguntó si alguna vez vi un indio. ¿Ustedes sí? De todas maneras no sé qué me quiso decir.
Ámbar asintió. Señaló a la TV.
—¿En un western?
—En el noticiero —dijo Ámbar.
—En ese noticiero hay un espacio reservado para los seres más sufridores del planeta. ¿O acaso no se han dado cuenta? Indios, focas, judíos, haitianos y africanos, ositos pandas… Ay, Dios… haz algo de una maldita vez —dijo mientras miraba hacia el techo— acaba ya con el sufrimiento, con el dolor. Niña, tú también está de ingreso, a ustedes dos los cortaron con la misma tijera. ¿De qué carajo están hablando?
Le dije a mi kodama que un indio aymará había viajado a La Habana para visitar al viejo Presidente, sin embargo en el noticiario no transmitieron ninguna imagen del encuentro.
—¿Y qué sentido tenía encañonar a tu presidente y al indio con una cámara de TV?
En voz baja Ámbar respondió que el indio aymará era el presidente de Bolivia.
—Cuánto ruido esconde el silencio… Carajo, debes hablar de la maldita miasma en tu cuaderno. Hazlo, pégate el bolígrafo a la sien y escribe, pero recuerda que debes hacerlo con las vísceras.
—Me gustaría ver tus pinturas —dijo Raiza Ámbar.
—¿Ahora? —Pregunté.
—¿Te parece mal?
Me encogí de hombros.
—No te hagas de rogar. Anda, ve, pero pon algo de música primero.
Antes de irnos a mi habitación escogí un disco. Jazz for the quiet times. Sin preguntar si aquel álbum de jazz era una buena elección para una noche de viernes encendí el reproductor y puse el disco.

—No hay mucho que mostrar —dije mientras buscaba mis pinturas y bocetos.
—No importa, me gustaría oírte.
Ámbar se sentó en mi cama y puso sobre sus piernas uno de los dos cojines que Grethel hizo para adornar la cabecera de la cama.
Ordené todo.
Y me senté junto a ella.
Comencé a explicarle lo que quería intentar con mis temperas y bocetos.
Raiza me miraba y asentía. Quizá ella no lo percibía, pero sus pies se movían bajo el suave compás del disco. A ratos los dedos de sus pies tocaban mis piernas. Una bella mujer. Más que estar sentada a mi lado la imaginaba como una de las piezas del álbum de jazz. Rodeándome. Haciendo un cerco que no dejaba ninguna brecha por donde yo pudiera escapar. Una bella mujer como una partitura casi siempre suave, clara, dulce, porque a ratos los golpes del drums, el set de metales, los instrumentos de viento o el piano irrumpían en aquel remanso de sosiego y rajaban toda su quietud para luego volver a serenarse. Era imposible no quedar atrapado entre los tracks de Jazz for the quiet times. Y con Raiza Ámbar pasaba lo mismo. Simplemente al estar junto a la chica ámbar sentías la necesidad de zambullirte en ella. A riesgo. Quien se enamorara de esta mujer de puro ámbar podía caer dentro de ella, como un insecto, y quedar eternizado con una última mueca de desesperación en el rostro.
—Te has quedado callado —dijo.
—¿Te gusta el jazz?
—No mucho... pero me gusta ese disco.
Sentimos unos fuertes golpes en la puerta de la habitación. Estaba abierta.
—¿Interrumpimos? —Dijo mi kodama.
Traía una botella de vino. Sonreía. Raiza Topacio entró al cuarto con un par de vasos. En silencio. El rostro duro. Puso los dos vasos sobre la cama, nos miraba. A Ámbar y a mí.
Recogí los bocetos y las temperas. Todos cabíamos en la cama. Ámbar le tendió una mano a Raiza Topacio y las dos se sentaron juntas con la espalda contra la pared —¿Ámbar?: con el cojín sobre las piernas. ¿La chica topacio?: con las manos de Raiza Ámbar entre las suyas.
Mi kodama me pidió que cogiera la botella y subió sin ayuda. Miré el escenario. En aquella noche de viernes seríamos dos mujeres, el kodama y yo sobre una misma cama, con una botella de vino blanco y dos vasos. Los cuatro estaríamos al amparo del alcohol y las suaves volutas del Jazz for the quiet times.
—¿No tendrás guardada por ahí alguna varilla de incienso? —Dijo mi kodama y sonrió.
Si el incienso era parte de algún plan no solo yo lo desconocía, porque las dos Raizas miraron a mi kodama.
Con un gesto le hice saber que sí. De mi gaveta saqué un estuche y encendí dos varillas. Con los dos vasos fuimos bebiendo el vino, las volutas de incienso y los acordes del disco. Los cuatro.
—Te escuchamos desde el baño —dijo Raiza mientras liberaba sus largos rizos de topacio y se acostó boca abajo con los pies apoyados en el espaldar de la cama.
—Todo —dijo Ámbar, jugaba con los rizos de la chica topacio.
No sabía de qué hablaban. Tampoco me interesaba saber. Al parecer esto sí era parte de un plan y preferí que intentaran sorprenderme. Le di un sorbo a uno de los vasos y miré a mi kodama. Se dio un trago. Largo.
—Le dije a Raiza que debíamos salir y hacer algo para que te callaras —dijo Raiza Topacio.
Me volví hacia Ámbar. Esquivó mi mirada, entonces descubrió sus piernas y puso el cojín sobre la cama. Tomé uno de los vasos. Estaba vacío, lo llené y le brindé a Ámbar. Sonrió. Con una voz apenas audible me dio las gracias. La vi llevar el vaso a su boca, apenas humedeció sus labios. Simulaba beber y a la par acariciaba a la chica topacio: su mano se deslizaba desde la nuca hacia el cuenco al final de la espalda.
—Creo que una noche de viernes sí es un buen momento para hablar de los miedos, la soledad y el silencio —dijo.
Me devolvió el vaso.
—¿Han pensado en la muerte? —Dije.
En la habitación solo se escuchaban los acordes del disco. Suaves. Se movían por las paredes, el suelo, sobre la cama y el techo. Grandes volutas de un gas que, mezclado con el aroma del incienso y el vino, comenzaba a envolvernos. Y no lo advertíamos. Un suave y dulce gas letal. Lo tragábamos en pequeñas dosis. Ámbar tosió: Le temo a la soledad —dijo.
Raiza Topacio, ocultando su rostro bajo los rizos dijo: A mí me aterra el silencio.
Las dos Raizas me miraron.
Esperaban mi respuesta.
—Es tu gran momento —dijo mi kodama y me acercó un vaso—. No lo eches a perder. ¿Quieres una fanfarria?
Tras un pequeño sorbo les dije que le temía más a la memoria que a la muerte: A veces la memoria me juega malas pasadas, hay días en que me descuido y termino empantanado en un recuerdo, mi problema es la memoria, mi gran problema es que no puedo olvidar.
Mi kodama estornudó y dijo: Ése maldito solo de piano me ha dado coriza, ¿quieres encender el ventilador y cambiar la música?
Terminó el vaso y volvió a llenarlo.
—Bellezo, ¿puedes sostenerlo por mí?
Saltó de la cama y regresó con uno de los libros que yo utilizaba para mis bocetos. El Atlas de anatomía normal humana. Lo puso sobre la cama.
—Niños, este es un buen libro de filosofía para una noche de viernes.
Se dio un trago largo. Lo miramos. Tenía los ojitos encendidos y no alcanzaba a ocultar su sonrisa socarrona.
—¿Estás borracho? —dijo Ámbar.
Mi kodama subió a la cama y con un pie empujó a la chica topacio. Quería un espacio e insistió. De mala gana Raiza Topacio se hizo a un lado y mi kodama pudo sentarse entre las dos Raizas. Con su índice dio unos golpecitos en el libro. Debíamos mirar la sobrecubierta y además hojearlo.
—Meninas, bellezo, nada mejor para ustedes que este libro en una noche de viernes que promete ser larga y hermosa —dijo y se paró—. Miren a este hombrecito, ¿no ven que está dibujado con la cabeza medio gacha, una mano junto al muslo y la otra en la cintura? Hay algo más y quien me lo diga se llevará el premio gordo. Les doy un minuto.
Sonrió.
—¿Qué les pasa? ¿Están ciegos, cojones?
Pidió disculpas.
Siguió dando golpecitos en la tapa del libro
—¿No lo ven?, ¿acaso no entienden? —sus ojitos encendidos se encajaron en los míos—. Cojones, toda la filosofía está encerrada aquí.
Raiza Topacio recogió su cabello sobre la nuca. Ámbar se acomodó junto a mí.
—¿No lo ven? —Dijo—. Ese hombre se ha quitado el pellejo para dar con la respuesta y para que nosotros la supiéramos. Los músculos, las venas, los tendones, los huesos... Esa es la única mierda que importa. Queridos, la gran aventura es esa, the rest is silence, cojones.
Y cayó sobre la cama.
De nalgas.
Riéndose.
Su cabeza golpeó la pared.
—Ese vino es pura dinamita. Me dijiste que las varillas eran de incienso, pero creo que están hechas con C-4. Y lo peor de todo es ese disco, quítalo de una vez.
Tomó el libro. Dejó al descubierto la imagen interior de la sobrecubierta. Con sus manitas nos haló por las muñecas e intentó abrazarnos.
—Es difícil hacerlo, es difícil y duele demasiado rasgarse el pellejo para entender por qué algo no va bien y por qué tememos. Y por si fuera poco asusta verse por dentro. ¿Alguno de ustedes se atrevió?
Mi kodama quería que miráramos otra imagen impresa en la sobrecubierta —y nos mostró la solapa del libro—. El mismo hombrecito volvía a aparecer. En esta ilustración el cuerpo, también desprovisto de la piel, mostraba solo el sistema cardiovascular, pero conservaba las facciones. Mi kodama buscó la otra imagen interior —la de la contratapa—, en donde el mismo hombrecito mostraba, además de los rasgos del rostro, el sistema digestivo.
—Señores, elijan uno de estos dos caballos y hagan sus apuestas. Un hombrecito con un gran corazón y otro simplemente luce un buen estómago. Piensen con calma, todavía tienen tiempo, la casa de apuestas no cierra sino mañana a las 10:00 a.m., creo que a esa hora volveré en mí. Por favor, tengan cuidado, ese vinito blanco es pura dinamita.
Saltó de la cama.
Trastabillando se fue a la otra habitación.
Mi kodama tarareaba la Oda a la alegría.

Llamaron a la puerta de la habitación. Era un toque suave. Respondí. Entonces escuché el chirrido de las bisagras de la puerta y luego el sonido metálico de las persianas al abrirse —mi kodama subió a la cama para abrirlas—. El sol del mediodía rajó la penumbra del cuarto, con la luz también irrumpieron en la habitación los ruidos de mi barrio.
—Veo que hicieron las apuestas y pusieron todo el dinero al mejor caballo —dijo—. No te preocupes, los dejaré dormir.
A tientas busqué las sábanas para tapar el cuerpo de Ámbar, el mío y el de Raiza Topacio. Sentí la manita de mi kodama tomar la mía para guiarla hasta uno de los extremos de la sábana.
—Bellezo, este ha sido más que un bello amanecer. No te preocupes, no le diré nada a nadie. Ni a ustedes. Soy una tumba.
Sonrió.
Se acercó al pliego de cartulina que yo había montado en el caballete —el tablero de plywood que me servía de caballete estaba apoyado contra el espaldar de una silla.
—Es solo un boceto —dije.
—Parece bueno.
Hacerlo nos llevó buena parte de la madrugada. Fue una jornada intensa. Muy intensa. Raiza Ámbar y Raiza Topacio no solo sirvieron de modelos. La chica Topacio —que también me pidió ver mis cuadros— dijo que le gustaría hacer algo con mis pinceles y las temperas y convidó a Ámbar a que la ayudara. Se interesó por aquel boceto en el que yo quería apropiarme del modelo de la silla que Lam dibujó al óleo y dijo que la idea le llamaba la atención, pero le resultaba ingenua, kitsch y demodé: ¿Para qué pintar a dos mujeres desnudas que se quieren besar?, ¿y para qué la silla con un florero encima en el medio de las dos mujeres?, ¿y además le pondrás un antifaz a cada una?
Sonreí.
Raiza Ámbar, sonrojada, asintió.
Discutimos.
Con par de discos y media botella de vino logré convencerlas. La chica topacio se recogió el cabello y dijo: Si no tienes inconveniente dibujaremos este cuadro contigo. La miré. Se acercó a Ámbar y le dijo algo al oído. Con un leve gesto Raiza Ámbar asintió. Se había vuelto a sonrojar.
Yo debía encargarme de los pinceles, la tempera y elegir cuál sería la pose ideal. Así lo dispuso Raiza Topacio. El resto correría por ellas. Serían mis modelos. Antes de que se desnudaran la chica topacio me pidió cartulina y tijeras. Diseñarían el antifaz.
Con los bracitos tras la espalda mi kodama miraba el pliego de cartulina montado en el caballete. En el boceto, dos muchachas de cuerpo muy delgado y extremidades largas, desnudas y en puntillas de pie, inclinaban el torso por sobre una silla que les impedía estar cada una contra el cuerpo de la otra. Eran dos cuerpos que ocultaban su desnudez tras un antifaz. Las dos mujeres apostaban por el encuentro arriesgando perder el equilibrio y a riesgo de que el florero cayera al suelo —una mano aferrada al hombro, la otra al espaldar de la silla—. Buscaban acercar los rostros. Intentaban besarse. Le dije a mi kodama: Tal vez en el fondo del cuadro dibuje un grupo de esos seres rarísimos que hizo Lam, una jungla de seres de cara a las dos mujeres.
Vi a mi kodama pararse en puntillas, inclinar poco o poco el torso hacia delante y pegar sus labios a la cartulina. Pero fue solo por un instante: el tiempo que demoré en entornar la ventana, cerrar mis ojos, y quedarme dormido bajo el abrazo de Ámbar y sintiendo sobre mi brazo los rizos y el vientre tibio de la chica topacio.D


A media noche



Ahí van —ahí no es otro lugar que la acera junto al muro del litoral—, la mujer va en el medio: Claudio, Malena y Joaquín. A ratos conversan, no importa el tema, no quieren caminar en silencio.
Claudio mira el reloj, luego al cielo y sonríe. Es una buena señal la sonrisa de Claudio: justo la medianoche, la luna es apenas un trazo de falso neón, una medianoche fresca y cerrada. Es el mes y la hora ideal, fue una decisión atinada que hubieran escogido el mes de marzo. Si así lo piensa Claudio es porque todo, al parecer, ha ido marchando tal como lo ha planeado. Vuelve a mirar al cielo. Sonríe. El litoral es una apacible franja de agua, roca y pavimento, muy pocos amantes han decidido terminar el día frente al mar.
Habían acordado vestir ropas ligeras, sin embargo sudan. Entre los tres se han repartido la carga. Joaquín lleva el saco de las herramientas y los remos, a Claudio le ha tocado la mochila con las latas de conserva y la lona, también las varas de bambú. Malena carga los pomos de agua y algo de comida: galletas, panes, embutido y queso.
Han hecho el camino a lo largo del muro —Joaquín no debe perder de vista la acera de enfrente, Claudio se ocupa de vigilar la costa, Malena debe estar al tanto de cuanto pasa en la avenida— y llevan poco más de media hora caminando en busca del lugar al que deben llegar. Malena ya no pregunta cuánto falta, ella canta en voz baja, alterna la mirada entre el horizonte, Joaquín y los edificios. Claudio la observa —una miradita que al parecer es nada si no nos detenemos a observarlo—, y decide trepar al muro.
—Falta poco —dice Claudio. Sonríe y silba el estribillo de la misma canción.
El negro Joaquín se inquieta con los golpes de viento. El aire pega la ropa al cuerpo de la mujer y revela la verdadera silueta. A ratos ve cómo los pezones hincan la blusa. Él cuida que nadie lo sorprenda, pero a veces no puede resistir y se vuelve hacia Malena y dice, tan solo para tener una justificación y mirarla: ¿Se fijaron?, está relampagueando, ¿lloverá?, quizá dentro de unas horas se pique el mar, no hay nada más feo que un mal tiempo en plena madrugada.
Joaquín habla y habla, le recuerda a Claudio y a Malena que con el cielo encapotado es imposible guiarse por las estrellas: ¿Se podrá hacer algo sin la Osa mayor y la Estrella Polar? Y también pregunta si no olvidaron el botiquín: ¿Malena, trajiste el botiquín?, cuando empiece el oleaje vomitaré hasta las tripas, terminaré largando la hiel, ¿trajeron algún remedio para el estómago?
Claudio se ha dado cuenta de las intenciones de Joaquín, por eso intenta esconder la risa. Los observa. Camina más despacio, todo por andar con cierto retraso. Malena, que ha desistido de cuidar que los golpes de viento no levanten su saya, asiente. Y sonríe. Es una leve sonrisa, tan leve como la tela de la saya y la blusa. Es imposible que Joaquín no clave sus ojos en el cuerpo de esta mujer. Cómo esquivarla. Nadie puede esquivarla. Nadie.
Aunque desde el muro busca una marca en el arrecife, Claudio no deja de observar cuanto sucede a su lado. Sabe que Malena, aunque va silbando, no pierde de vista el cuerpo de Joaquín. La ha visto. La mirada de Malena recorre la piel de este hombre tal como si amasara los músculos, se desliza cuerpo abajo junto a las gotas de sudor, esas gotas que van humedeciendo la camisa de Joaquín en las axilas, la espalda. Y Claudio tararea el estribillo. Se adelanta. Y los mira de reojo. Tienen una figura casi perfecta este negro y Malena, cada uno lleva a cuesta una carga bastante pesada, sin embargo se despreocupan de la caminata, del cansancio. Tal vez lo más importante para ellos sea el juego, espiar al otro sin que el observado lo advierta, comparar la verdadera forma del cuerpo con aquel contorno que han ido trazando en la memoria con el paso de los días. A Claudio le divierte fisgonear. Respira profundo, mira la camisa de Joaquín y se detiene en las axilas, los brazos, la espalda, y en las piernas, sus ojos siguen la ruta de las gotas de sudor, la contracción de los músculos, y dice en voz baja: Malena. Traga el aire de mar y repite: Malena. Se acomoda el bulto que le empieza a latir en la entrepierna, entonces le pregunta a Malena si le pesa la mochila. Mientras habla, los observa. Preguntar es la justificación perfecta para mirarlos. Un hombre y una mujer sudados. Es imposible que Malena no mire a Joaquín. Cómo esquivarlo. Nadie puede esquivar a este hombre. Nadie.
Claudio se detiene y pide que los demás lo hagan. Se inclina sobre el vacío, ahí en el arrecife debe estar la marca: dos piedras de río grises a poca distancia una de la otra. Las farolas de la avenida, tampoco la luna, alcanzan para iluminar la línea horizontal que deben marcar las dos chinas pelonas respecto a la costa. ¿Cómo es que Claudio está convencido de que han llegado al lugar exacto? Ha mirado su reloj, luego al cielo. Sonríe. Esa es una buena señal. Es cierto que relampaguea, es cierto que unas nubes de tormenta se agolpan, pero la corriente de aire las va alejando. No habrá mal tiempo, tendrán a la vista la Osa Mayor y la Estrella Polar, no es necesario preocuparse por el oleaje, el mareo, las náuseas, la medicina para el estómago. Todo, al parecer, marcha según lo planeado. Así lo piensa Claudio tras confirmar que el pequeño círculo y la cruz, dibujado con un trocito de carbón en el muro, es la marca que había dejado un par de días atrás.
—Joaquín, vamos para abajo —dice mientras limpia sus dedos en el pantalón.
El trabajo de Malena es arriba. Necesitan que alguien avise si llega algún curioso. Ella se sienta en el muro de espaldas a la ciudad.
—Déjame ir delante —dice Claudio.
Joaquín acepta. Comienzan a bajar.

Desde que decidieron bajar al arrecife apenas han hablado. Solo están pendientes de no caer. Claudio le comenta a Joaquín que han salido con el pie derecho, ningún problema hasta ahora, tampoco ningún curioso —es por este detalle que Claudio se vuelve hacia Malena, necesitan estar al tanto de cualquier aviso que ella haga.
La luz de las farolas desdibuja la silueta de la mujer. Allí está, sobre el largo muro del litoral. Hace su trabajo y no le interesan los golpes de aire que intentan levantarle la saya. Para Claudio, Malena no parece fingir, así es ella, tal como se lo ha pedido. Hay algo de rutina en los gestos. ¿Y Joaquín? Camina encorvado, agarrándose de los salientes en el arrecife, se vuelve hacia el muro cada vez que Claudio deja de hacerlo, pero termina esquivando el cuerpo de Malena cuando la débil luz de la farola del Morro barre el litoral.
—No pensé que bajar fuera tan difícil —dice Joaquín en el instante en que Claudio se asegura con Malena que arriba no hay ningún curioso.
—¿Quieres cambiar de bulto?
Con un leve gesto asiente. Ahora Joaquín lleva la carga más liviana, pero sigue encorvado.

Llegar hasta la marca les resultó tan fatigoso como bajar la pendiente. El suelo no es llano, hay demasiados salientes y agujeros, las piedras del arrecife tienen bordes afilados y la noche es cerrada.
—Coge —dice Claudio. Le alcanza uno de los picos y con el pie señala la china pelona—. Cuando te avise rompe donde mismo está la piedra. Tengo que picar en otro lado.
Se aleja. Cuenta diez pasos mientras busca la otra china pelona. No se puede cavar en cualquier sitio, no valdría el esfuerzo. Lo sabe. Calma, mucha calma, aunque la luz de falso neón de la luna no alcance para alumbrar la costa sabe que encontrará la otra marca. Debe caminar en línea recta o intentar hacerlo. Es la segunda piedra de río lo que debe encontrar. Una piedra gris, lisa y mediana, obligará a Claudio a agacharse cuando complete los once pasos. Y da el primero al tiempo que cuenta. Y da el segundo. Tres, cuatro… Ha seguido contando y ya suman once. ¿Por qué ha dado un paso de más si recuerda que con solo diez trancos cubría la distancia entre los dos puntos donde debían picar? Como no hay otra china pelona y esta piedra que ha encontrado es también grisácea y le cabe en el puño, Claudio le da una patada. Justo donde estaba la piedra da el primer picazo.
Con la mirada busca a Malena. No está sentada, da paseos cortos en el muro. Antes de cavar tiene que preguntarle si la avenida sigue tranquila.
—Cuando quieran —grita Malena.
Claudio hace la seña acordada, pero Joaquín no reacciona. Repite el gesto y el negro tampoco responde. Claudio grita: Joaquín..., Joaquín... Entonces el negro le pregunta cuándo puede empezar, que está listo y Claudio, además de repetir la señal, le dice: Cuando quieras.
La roca comienza a quebrarse bajo los golpes. Es un ruido agudo, metálico. El arrecife es una piedra muy dura. ¿Se escuchará muy alto? Claudio llama a la mujer, le pregunta —y para ello utiliza otro movimiento de manos—. Ella a su vez repite el mismo gesto, esta señal advierte que nadie viene.

Luego de cavar durante media hora Claudio decide tomar esta vez un descanso más largo. Joaquín es una máquina que ahora no mira a Malena. A Joaquín, la imagen del rostro de esa mujer, los pezones marcando la tela, las curvas del cuerpo bajo la ropa y el eco de una orden le bastan para cavar. Claudio sigue los golpes que da Joaquín en el arrecife. Es imposible mantener su ritmo. Es un buen tipo, puro músculo, un hombre manso.
Allá en el muro la mujer se entretiene con los golpes de mar, los enormes brazos de Joaquín y el pico que se encaja en el arrecife. Joaquín suda. Ella apenas lo pierde de vista. Claudio sabe que el juego no terminó llegado el momento de bajar a la costa, ahora es tan intenso y furtivo como cuando caminaban a lo largo del litoral. Claudio se divierte fisgoneando. Toma una bocanada de aire, se estira y luego se acomoda el bulto en la entrepierna. Le late, presiona la tela del pantalón. Aunque Malena esté sobre el muro y Joaquín en el arrecife parecen estar a nada de distancia. Claudio se imagina que Joaquín abre con el pico el sexo de Malena. En cada movimiento lo entierra más. Es una máquina. Pero máquina no es la palabra correcta. La boca de Claudio no alcanza a nombrar lo que cizallan sus ojos y el cerebro. Músculos, grajo, sudor, pinga. Es eso: un animal perfecto. Y dice en voz baja el nombre de Malena mientras mira a Joaquín. Claudio se lleva las manos a la nuca, aspira hondo. Una mezcla de grajo, salitre y perfume dulzón entra en sus pulmones. Joaquín, el mar, Malena: todo ha quedado adentro —demorará en exhalar cuanto ha tragado—. ¿Qué otro detalle debería tener en cuenta para llegar a esa palabra que resumiría lo que sus ojos están cizallando? Tal vez deba mirar más allá del cuerpo de Joaquín, digamos que a Malena. Ella apenas se mueve, cruza las piernas, se inclina y aprieta todavía más las piernas. Claudio intenta develar la silueta a contraluz sobre el muro. Donde va la cara debería trazar las facciones de la mujer, en el busto estarían las dos puntas grandes y oscuras marcando la tela, más abajo una prenda breve, negra: un animal perfecto. Y se aprieta el bulto en la entrepierna mientras balbucea algo. ¿Susurra el nombre de Malena? Es imposible escucharlo, lo impiden los golpes del pico y el sonido del mar que también rompe contra el arrecife. En los pulmones casi no hay oxígeno, entonces exhala.
—Disimulen, disimulen —dice Malena y además hace una nueva señal: es el gesto que indica que deben dejar todo—. Disimulen, vienen dos carabineros.
Joaquín esconde las herramientas. Claudio prepara las varas de bambú y simula que está pescando.

—¿Pican? —grita el carabinero más joven. El cuarentón solo mira al arrecife y los senos de Malena.
—No —Claudio se meza los cabellos—, la noche pinta fea.
—Mejor nos vamos, todavía nos quedan dos horas para terminar la guardia —dice el carabinero más joven a su pareja.

Malena, que miraba en dirección a los carabineros, se vuelve hacia el arrecife:
—Empiecen cuando quieran.
Apuran el ritmo.
—¿Hasta cuándo hay que cavar? —Dice Joaquín.
—Sigue, yo te aviso —mira el agujero que está cavando, hunde el cabo del pico y decide tomar otro descanso.
—¿Vas a pararte ahora?
—Sí, pero solo un par de minutos.
Claudio busca el pomo de agua. Le arden las manos, el sudor y el salitre queman la piel descarnada por el cabo. Se da un trago largo, empapa su rostro y el cuello. Mientras, Joaquín se ha vuelto hacia el muro, sus ojos y los de la mujer han quedado varados cada uno en el cuerpo del otro.
—¿Quieres agua? —Pregunta Claudio.
—Quiero terminar.
Joaquín da un picazo. Desde el fondo del agujero sale un sonido ronco.
—¡Malena, baja! —Grita Claudio.
Desde el muro, Malena dice: Tienen que apurarse, parece que los carabineros sintieron algo, vienen para acá.
—¿Estás segura? Joaquín, prepárate para dar otro golpe. Hazlo cuando te avise.
Los dos hombres se acomodan frente a los agujeros, cada cual toma el pico y lo alza, pero antes de que Claudio de el aviso Malena grita. Y se vuelven. Alguien ha aparecido, tomó por sorpresa a Malena. Es un hombre, lleva el pelo revuelto y un bulto dentro de una bolsa. La bolsa es de nylon. El hombre, antes de bajar al arrecife, dice: Hola. Desciende con destreza. Al pasar junto a Joaquín y Claudio dice: Hola, buenas noches, sigan sin pena, caven caven caven caven caven rompan rompan rompan rompan rompan piquen piquen piquen piquen piquen duro duro duro duro duro, queridos, que voy a lo mío, disculpen, ¿me regalan un poquito de agua?, sé que el salitre me dará mucha sed, no traje, no tuve tiempo, no pude, no me dejaron, no tenía de dónde sacarla, sé que tendré mucha sed.
El hombre toma el pomo, tiene el cuidado de alejar la bolsa, es un gesto exagerado, y bebe lo que queda en el envase. Traga poco más de medio litro y dice Gracias, sé que tendré mucha sed, no tenía de dónde sacarla, no me dejaron, no traje, no pude, no tuve tiempo, queridos, pero sigan en lo suyo, caven caven caven caven caven rompan rompan rompan rompan rompan piquen piquen piquen piquen piquen duro duro duro duro duro, que yo haré lo mío. Antes de irse acaricia la punta del pico que Claudio tiene en sus manos y sonríe.
Claudio y Malena se miran y luego se vuelven hacia Joaquín. El negro pregunta qué deben hacer. Pero Claudio se encoge de hombros y se vuelve hacia el hombre. Aquel hombre ahora camina despacio, encorvado. Algo busca. Algo ha encontrado, porque alza un brazo tal como si agradeciera a Dios el hallazgo y deja la bolsa en el arrecife. Entonces se hinca de rodillas.
Claudio ha decidido caminar hacia el hombre. No estaba en sus planes pero debe hacerlo. Lo sabe. Y sabe que debe mantener la distancia. Camina despacio. Tropieza, y se queda sin habla: el hombre está mordiendo las rocas. Es un ciclo frenético: roe el arrecife, se yergue, escupe, se inclina y muerde. Sus mordiscos siguen la misma línea que marcaban las chinas pelonas. Al parecer no es el azar lo que hace que el hombre-roedor y el par Claudio-Joaquín estén en una misma línea. Así lo piensa Claudio. Hay un plan, un cálculo y un imprevisto. El hombre-roedor se detiene. Ha escupido, traga una gran bocanada de aire, sonríe. Hace un gesto con la mano —su dedo índice señala hacia el arrecife—, asiente, guiña un ojo, vuelve a sonreír y luego dice: Caven caven caven caven caven rompan rompan rompan rompan rompan piquen piquen piquen piquen piquen duro duro duro duro duro, yo seguiré en lo mío.
Claudio sonríe. Esa sonrisa es una buena señal. Es una buena señal toda vez que Claudio le devuelve el guiño y con trancos apurados regresa a su sitio frente al agujero que cavaba. Levanta el pico, le pide a Joaquín que haga lo mismo y que espere la orden. Deben hacerlo al unísono, para ello la palabra ahora será la señal. Se miran, Claudio grita: Ahora. La voz de aviso apenas gravita en los oídos. El estallido seco y metálico sobre la piedra lo ha cercenado. Un único ruido, largo y ronco, se escucha más alto que el rompiente del mar.
Una grieta se abre entre los agujeros y continúa zigzagueando hasta llegar a la línea de mordiscos que trazaba el hombre-roedor. El agua comienza a fluir acompañada de chorros de aire y esquirlas de arrecife. Un enorme pedazo de roca empieza a separase de la costa.
—¡Suelten los picos! —grita el carabinero más joven, de un salto sube al muro e intenta desenfundar el arma— ¡Y tú, levántate...!
—¡Dame la pistola! —el cuarentón encañona a su pareja.

Los dos hombres no dejan de mirarse. Para el carabinero más joven no hay otra realidad que el cañón de la pistola en las manos del otro carabinero, el rostro contraído, las arrugas, unos ojos duros, marrones, fríos. El cuarentón grita: Dame tu pistola y vete. El joven carabinero no tuvo tiempo de llevar su mano a la cartuchera. La mirilla del calibre cuarenta y cinco lo tiene colimado. Una bala en el directo, el leve ruido del seguro al desactivarse y el dedo en el gatillo bastarían para calmarlo, el cuarentón lo sabe, es por eso que, teniendo ya como es su costumbre la bala lista para salir en estampida, retira el seguro y pone el índice en el gatillo. El carabinero más joven no exagera ningún movimiento, abre con mucho cuidado la cartuchera, toma su arma. Entonces la entrega.
Aunque su pareja ha subido al muro del litoral, el carabinero más joven sabe que todavía está en la mirilla. No intenta hacer nada. Lo ve asomarse al arrecife. Mientras, en la costa los chorros de aire, agua y fragmentos de roca siguen escapando desde la grieta.
—¿Por qué no cruzas? —Dice el cuarentón y señala hacia la avenida.— Mejor te vas.
Y su pareja de guardia obedece.

—Díganme en qué los ayudo —el carabinero cuarentón se acerca al grupo mientras enfunda su pistola y guarda la otra entre el cinto y la cintura.
Malena mira a Joaquín y los dos a Claudio.
En el instante en que los hombres intentan dar una respuesta, la roca termina de desprenderse y va al fondo. Un movimiento brusco sacude el suelo. Todos pierden el equilibrio, solo el carabinero y Claudio no caen al arrecife.
—¿Nos estamos moviendo? —pregunta el cuarentón.
—Creo que sí —dice Claudio.
—¿Entonces la desprendimos? —Joaquín se levanta y ayuda a Malena.
Todos sonríen. Malena besa a Joaquín en la mejilla, Claudio se seca el sudor y camina hasta el borde del arrecife, el hombre-roedor escupe, con un dedo retira algo de su boca —quizá un pedacito de roca— y se acerca a Claudio, entonces le pone el brazo en el hombro. El carabinero, tras comprobar que nadie lo observa, camina hasta los dos hombres. Al pararse junto a ellos, una de sus manos abandona el bolsillo del pantalón y lentamente va acercándose a la espalda de Claudio, pero se detiene a pocos centímetros y regresa al bolsillo.
La luz de las farolas de la avenida y la luna no alcanzan para iluminar el arrecife, pero basta para advertir las siluetas. Claudio y el hombre-roedor se agachan, tal parece que se hubieran puesto de acuerdo. Se miran y meten las manos en el agua. Si de veras el plan funcionó, si más que una sensación es cierto que desprendieron la isla, el movimiento al parecer es muy leve. Sentir el agua fluir entre los dedos u observar la posición de la Estrella Polar o la Osa Mayor podría ser la única manera de saberlo. Así lo ha pensado Claudio. A pesar del leve tren de olas que rompe contra la costa, Claudio siente, o cree sentir, que su mano corta una suave corriente. Y sonríe. Y el carabinero se decide y le da unas palmadas en el hombro. La sonrisa de Claudio es una buena señal, todo va aconteciendo según lo ha planeado: la isla ya no está soldada a la plataforma, ahora es una inmensa balsa de piedra a la deriva.
—Díganme qué hago —pregunta el cuarentón.
Claudio llama a Malena y Joaquín:
—No podemos esperar más, vamos a traer los bultos.
Los dos hombres ensamblan tres gruesas cañas de bambú, una encima de la otra. Las dos que sobran las pondrán transversal al mástil. Joaquín, el carabinero y Malena, con esas varas, sogas y una lona, arman la vela. El hombre-roedor solo mira. Mientras, Claudio busca en el arrecife el hueco donde debe encajarla. Es un agujero estrecho. Tal vez está lleno de agua. No hay por qué desesperarse. Debe tener calma, mucha calma —Como parte de un viejo plan, Claudio, después de elegir el lugar exacto donde debían cavar, buscó cual sería el punto indicado para clavar el mástil. Tomó las medidas del bambú, un cincel, martillo y una caña de pesca para disimular, y en varias jornadas cavó el agujero. Para encontrarlo dejó una marca: otra china pelona.—, calma, mucha calma necesita para encontrar la tercera piedra. Pero no aparece el hueco. Malena trae dos linternas. Salvo el hombre-roedor —que está abriendo la bolsa de nylon— todos buscan. Joaquín se agacha, toma algo del piso, sonríe. Ahí está, ha encontrado la piedra, ya pueden levantar el mástil.
Malena se acerca al hombre-roedor, le pide ayuda, pero le ha respondido que necesita tranquilidad, concentración: Solo necesito quince minutos, corazón, tan solo quince, ¿crees que puedes?, ¿crees que puedes dejarme tranquilo durante quince minutos?, antes no pude, no me dejaron, no tuve tiempo. Malena regresa y les dice: Ese cabrón está escribiendo, ¿lo pueden creer?, no hay una gota de luz y escribe como si lo guiara el demonio. Claudio se encoje de hombros —si esa ha sido su respuesta es porque cree que roer el arrecife al tiempo en que ellos cavaban basta para que esté sentado mientras ellos izan la vela—. Entonces le dice a Malena: No importa, no te preocupes. Y entre todos encajan el mástil en el arrecife.
Revisan el anclaje. Ha quedado firme. Claudio y el carabinero tiran de la cuerda. La tela se va desplegando, es una inmensa lona gris que se levanta por encima del muro del litoral.

Ahora sí se siente el movimiento. Es cierto que es leve, pero al menos aquí en el arrecife se puede sentir el vaivén. Ya la isla avanza. La estela del bloque desprendido es apenas visible, ha quedado atrás. Bajo la oscuridad, el pequeño remolino se confunde con la espuma del rompiente y la estela que deja la isla mientras navega movida por la corriente de aire.
—Traigan los remos —dice Claudio mientras busca una brújula.
—Dame uno —pide el carabinero—, si vamos a remar en parejas lo haré contigo. ¿Dónde nos ponemos? Me voy a sentar detrás de ti para no perder el ritmo.
Doblan los sacos. Se han acomodado sobre las rocas estos remeros, justo en el borde del arrecife. Bogan. La estela de espuma, aunque leve, es cada vez más larga y curva. Claudio advierte que las olas ya no golpean de frente a la costa. Mira la brújula, a las estrellas: está cambiando el rumbo.
Ahora navegan en diagonal a la corriente. Es muy probable que el movimiento sea imposible de notar tierra adentro, el cambio de rumbo es apenas perceptible incluso para quien camine a lo largo del muro conociendo qué pasa acá en el arrecife. Para una embarcación tan pesada, como ahora lo es la isla, un leve tren de olas es insignificante. Habría que esperar un temporal, de otra manera es imposible advertir el movimiento. Pero sobre el litoral se levanta una inmensa lona hinchada por el viento. No es necesario pararse en las azoteas o los pisos más altos de los edificios que componen el sky line del litoral, la vela puede ser vista desde las bocacalles o la avenida.

Reman el carabinero y Claudio mientras Malena y Joaquín se alejan. Van callados, caminan de la mano, cuidando no caer, hasta detenerse en una zona del arrecife que en varios escalones baja y se adentra en el mar. No les importa que se les vea buena parte del cuerpo, se paran frente a frente, como si también hubieran corregido el rumbo de sus ojos, las piernas, las manos. Dan de cara cada uno contra el cuerpo del otro. Y se besan. Y se tocan los dedos, tímidamente, luego esos mismos dedos avanzan por toda la piel. Solo la tela es lo que frena el impulso del cuerpo, por eso Malena busca abrir los botones de la camisa de Joaquín, la portañuela. Él se acerca todavía más, se deja hacer. Su falo, cada vez más rígido, embiste el cuerpo de la mujer. Ella también se abandona a las intenciones del otro: arrobada, ve las manazas del negro muy torpes mientras intentan desabotonar la blusa y abrir el zipper de la saya, los dedos que retiran la breve prenda que cubre el sexo, la boca carnosa de Joaquín besando el pubis. Malena suspira, el negro Joaquín se encajará entre sus piernas.
Claudio mira a la pareja y dice al carabinero que ya no van a la deriva, lograron romper la inercia. El hombre y la mujer están abrazados. Se besan. Las manos acarician y arañan y pellizcan todo el cuerpo. Las lenguas se arrastran por toda la piel. Será un viaje largo, muy largo.
El aire de mar enreda en una misma ráfaga el perfume dulzón de la mujer, el grajo de Joaquín y el salitre. A ratos el agua salpica. Las aletas de la nariz se dilatan. Inhalar, profundo, para que ningún olor escape.
Y la isla se mueve, despacio.
—¿Estás cansado? —dice Claudio al carabinero sin apartar la vista de la pareja.
Joaquín se entierra en la carne abierta entre los muslos. Ahí está Malena, montada sobre el hombre. Bate el aire. Dos cuerpos se mueven acompasados bajo una noche cerrada. El hombre hace que la mujer caiga sobre él, suavemente, una y otra vez. Y gimen. La mujer encaja las uñas, deja escapar un quejido. Joaquín ahora golpea más fuerte dentro de Malena. Carne contra carne desdibujada por la bruma y la débil luz de las farolas de la avenida. Salitre, gotas de sudor, agua de mar astillándose contra las piedras.
Claudio siente que el cuarentón le toca la espalda. Es un roce suave. El carabinero vuelve a tocarlo, señala hacia una amplia hendidura que se adentra en la pared de rocas que sostiene el largo muro del litoral. Pero Claudio le toma las manos, le da unas suaves cachetadas en el rostro al carabinero y le dice algo en voz baja. El cuarentón asiente, antes de tomar el remo le aprieta el hombro. Los dos hombres vuelven a tomar el compás de la boga.
El hombre-roedor ha visto la escena entre la pareja de remeros. Claudio lo advierte tan pronto choca con la sonrisa y un guiño que le hace este hombre. Se había vuelto hacia el hombre-roedor, lo intrigaba. ¿Cómo podía escribir sin nada de luz?, ¿qué debía estar escribiendo?, era cierto lo que dijo Malena, aquel hombre escribía como si lo guiara el demonio.
Claudio le devuelve el guiño y la sonrisa, entonces el hombre-roedor toma una hoja. Escribe algo. Tras varios dobleces hace un pájaro y lo lanza. El vuelo del pájaro termina en una brusca picada junto a Claudio. Deja de bogar, toma el papel y deshace los dobleces. No dice nada, solo mira al hombre-roedor, luego de sonreírle asiente.

Los cuatro hombres y la mujer viajan con todo. No solo llevan agua y algo de comida, cargan con el faro del Morro, el largo muro del litoral y todo lo que se levanta tras la avenida. Llevan un país a cuestas, si algo no tienen a mano —quizá la prensa, cigarros o alguna medicina— bastará subir a la avenida y adentrarse en la ciudad. Recién comienza la noche y algunas cafeterías seguirán abiertas toda la madrugada, pero no necesitan nada por el momento gracias al plan de Claudio. Tienen la noche y la madrugada para remar. En la mañana la isla estará más cerca del continente si no es que en medio del viaje deciden cambiar de rumbo.

Han decidido arriar la inmensa lona. Si bajan la vela no es porque no quieran llamar la atención de los trasnochadores que se han sentado en el muro, cerca del mástil, junto al carabinero joven. El viento empieza a batir en contra. Algunos solo miran el batir de los remos o a Malena y Joaquín, hay otros que gritan: ¿No podemos ayudar? Quiero hacerlo. También yo. Vamos a rotarnos, de todas maneras estamos en el mismo bote. ¿Saben para dónde van? ¿A dónde nos llevan estos cabrones? ¿Para el Norte? Para allá no. ¿Y por qué no? Hay mucha violencia, hay mucho racismo, hay mucha comida chatarra y es malísima para el colesterol, y demasiado smog, el tráfico es terrible, los vecinos no se llevan, no hay democracia, la televisión tampoco es buena, y de su presidente no me hables. Comemierda. A mí no me crean, lo dice la prensa. Pero eso mismo pasa en cualquier parte y no lo digo yo, lo he leído en la prensa. ¿Cuál? ¿Cuál qué? ¿En qué periódico lo leíste? Aunque sea vamos a dar una vuelta, cojones, quiero ver La Gran Barrera de Coral. La Tierra del Fuego. Yo tengo unos tíos en Galicia. Yo prefiero ir a Rusia… desde niño siempre quise ver a Lenin, se dice que parece estar vivo de lo bien conservadito que lo tienen. O a la Gran Muralla China. Dicen los chinos que el viaje más largo empieza con un paso. Vayamos al Louvre, o a Stonehenge, o a Nazca. Ni cojones, sé de alguien que trafica langostas, brandy, y con un poco de suerte y dinero consigues hasta una virgen, no está muy lejos de aquí ese cayo. Mejor al Vaticano, se murió el Papa Juan Pablo y no pude despedirlo, era un santo, quisiera ir al Vaticano, quién sabe lo que pase después... ¿Después?, ¿cómo que después si se están llevando la isla? Pero eso no es nuevo. Comemierda. Preferimos ir a la Meca, nuestro Dios también es grande. ¿Qué dice esa gente? Nada de eso, vamos a buscar la Atlántida o el paraíso de la eterna juventud...
Ya no son pocos los trasnochadores, el grupo ha ido creciendo pero no todos beben, cantan o simplemente miran cuanto sucede en el arrecife. Alguien dice: No estoy de acuerdo, tampoco soy el único, si preguntan, mucha gente dirá que quiere quedarse en el mismo lugar. Es cierto, lo acompañan otras voces y algunas de esas voces han venido con carteles. El carabinero joven está en medio de los dos bandos y observa cómo los rostros se tensan. Los ánimos pueden caldearse. Lo sabe. Debe reaccionar. Y reacciona. Pero es un reflejo condicionado el gesto de llevar su mano a la cartuchera, se ha acordado de que está vacía, por eso se sube al muro y dice: No vale la pena llegar a la violencia, en realidad no vamos a hacer un viaje, es imposible irse de viaje si no abandonamos el país, ¿acaso es posible hacer un viaje sin abandonar la patria? El joven carabinero tiene las mejillas encendidas, gesticula, el dedo índice levantado y apuntando inquisitivo, entonces dice: Todavía estamos en nuestro país, en nuestra casa, conservaremos el jardín, la noche, nuestra familia y las mascotas... el Presidente, el Primer Ministro, la Junta de Gobierno y Dios no dejarán que la nación y su pueblo anden a la deriva, se los garantizo, ¿este cambio les parece una mala iniciativa?, si no nos gusta el recorrido… si no nos gusta, podemos convencerlos de virar y anclarnos en el mismo lugar. Y sin retirar la mano que descansa sobre la cartuchera el joven carabinero grita: Decidir el destino de la patria entre todos solo es posible en un país donde se vive en democracia.
Alguien aplaude tímidamente, dos más lo secundan, hasta que el aplauso deviene reacción en cadena.
Claudio mira hacia el muro. Se vuelve hacia los dos hombres, la mujer y el hombre-roedor. Mientras ve al carabinero cuarentón liberar el broche de la cartuchera y dejar a mano también la pistola arrebatada, cruza los dedos y dice No hay por qué preocuparse, allá arriba se habla de consenso. Lo cierto es que muy claro se escuchó las palabras pueblo y democracia.
—¿Tú sabes lo que es la gangrena? —Dice el cuarentón al tiempo que revisa las dos pistolas—. Mi viejo decía que si se te enferma una pata lo mejor es cortarla.
—¿Eso mismo pensará el Presidente? —Malena toma la mano de Joaquín.
—Depende... —dice Claudio.
Joaquín se acerca con el pico, tiene el rostro contraído y una gran duda: quiere saber cuál sería la respuesta del Presidente.
—Depende de que el Presidente venga o no con el Ejército —dice el hombre-roedor sin apartarse de su manuscrito—. Pero a mí no me crean, remen remen remen remen remen remen, a mí no me crean, boguen boguen boguen boguen boguen boguen, yo seguiré en lo mío, escribiendo escribiendo escribiendo escribiendo escribiendo escribiendo. Disculpen, ¿me regalan un poquito de agua?, sé que escribir me dará mucha sed, no traje, no tuve tiempo, no pude, no me dejaron, no tenía de dónde sacarla, sé que tendré mucha sed. ¿Cortar una pata enferma es una buena metáfora? A mí no me crean, boguen boguen boguen boguen boguen boguen, todo depende del tipo de metáfora, remen remen remen remen remen remen, el amor nace de una metáfora, boguen remen boguen remen boguen remen, el horror nace de una metáfora, remen boguen remen boguen remen boguen, que yo seguiré escribiendo, no debo parar, no puedo parar, no debería parar.
Todos miran al hombre-roedor y luego se vuelven hacia el muro. El joven carabinero está de espaldas a ellos y arenga a la multitud reunida frente al litoral mientras blande el índice.
—Vamos —dice Claudio.
Terminan de arriar la lona, el viento bate más fuerte.

Claudio mira la hora, son casi las dos y media. Los trasnochadores no se han movido del muro. La mañana los va a sorprender todavía muy lejos del final del viaje. ¿Qué hacer? La gente sigue a la espera y podían servir de mucho, solo habría que decidir si convidarlos o no. Claudio sabe que deben tener a su favor varias millas recorridas antes de que llegue el Presidente y decida, de todos los presentes tanto en el arrecife como arriba en la avenida, quién es la pierna con gangrena. Pero Claudio no sonríe, se ha acordado de las palabras del hombre-roedor y se pregunta cómo leerán y entenderán el Presidente y el Ejército la metáfora de la gangrena y la pierna.
Se vuelve hacia el muro. Un plan no tiene porqué tener límites rígidos, claro que todo depende de las circunstancias. Y se meza los cabellos. Claudio sonríe y le dice a Joaquín: ¿Quién soy yo para decir que Dios no existe?
—Necesito que me ayudes —y Claudio toma por el hombro al carabinero cuarentón—, los que quieran ayudar tendrían que bajar en parejas. La fila deberá estar arriba, aquí en la costa hay muy poco espacio.
Así se hará, la sonrisa de Claudio es la evidencia. Y llama a los tres hombres y la mujer, sabiendo que el hombre-roedor rechazará la invitación. Es el momento de comentar la idea para luego decidir.
A pesar del viento en contra y los trasnochadores, Claudio está convencido de que no han tenido mala suerte, basta ajustarse a las circunstancias para encontrar una solución. Tras Malena y Joaquín camina el carabinero cuarentón. Claudio observa cómo el carabinero sigue el contoneo de la mujer y el andar de Joaquín, el cuarentón no los pierde de vista. A ratos tropieza con los salientes en el arrecife, justo en ese momento aparta sus manos de las dos pistolas que lleva en la cintura. El amor puede comenzar con una metáfora, también el horror, ya lo dijo el hombre-roedor y no es descabellada esta idea. ¿Qué podría hacer el carabinero cuarentón con esas dos pistolas? ¿Qué podría hacer el carabinero joven que no deja de blandir su índice, o el Presidente si viene en compañía del Ejército? Hay dos pistolas cargadas, un carabinero cuarentón bien entrenado, una pareja que se ha amancebado casi a la vista de todos, y un joven carabinero desarmado pero con las mejillas encendidas. Al igual que las chinas pelonas, cada uno de estos detalles son, por separado, simplemente piedras. Habrá que esperar, bien lo sabe Claudio.

Claudio se acerca al muro. Falta poco menos de diez minutos para que sean las tres de la madrugada y al parecer, en la avenida, el número de curiosos ha aumentado. Les habla, pide que alguien allá arriba organice las parejas. Algunos miran al carabinero joven, pero este dice que prefiere mantenerse al margen, que tal vez él haga falta para convencer a quienes disientan de la idea de remar que es necesario mantener la calma. Alguien se brinda. Comienza a bajar la primera pareja.
Claudio se ocupa de guiarlos en la bajada, para ello utiliza una linterna. El cuarentón no los pierde de vista, Joaquín se encarga de ubicarlos. Deben remar sin perder el compás, sin apurar el ritmo, solo mantenerlo.
Mientras los trasnochadores esperan su turno y los disidentes la decisión que tomará la Junta de Gobierno, el Presidente y el Primer Ministro, sobre el arrecife los tres hombres y la mujer siguen cada cual en puestos diferentes. El hombre-roedor ha levantado uno de sus brazos en dirección al cielo. Sonríe, besa el bulto de papeles, quizá ya terminó de redactar, porque ha guardado el bulto en la bolsa de nylon. La ha anudado. Tras abrirse el estómago con una sevillana allí guarda el manuscrito.
—Remen remen remen remen remen —dice mientras ensarta una aguja—, no tengan pena, yo seguiré en lo mío —y se dio la primera puntada—, cosiendo cosiendo cosiendo cosiendo cosiendo, no debo parar, no puedo parar, no podría parar, boguen boguen boguen boguen boguen. Yo seguiré en lo mío, cosiendo remen cosiendo remen… Disculpen, ¿me regalan un poquito de agua?, sé que escribir y coser me dará mucha sed, no traje, no tuve tiempo, no pude, no me dejaron, no tenía de dónde sacarla, sé que tendré mucha sed, y también sé que no puedo beber hasta que no dé la última puntada, de lo contrario toda el agua se me saldrá por la herida, así que no me den agua hasta que no termine de coser coser coser coser coser, aunque me muera de sed no me den ni una gota de agua, cuando tomo agua y me refresco siento la necesidad de escribir, no tuve tiempo pero he escrito, no pude pero he escrito, no me dejaron pero he escrito, no tenía dónde hacerlo pero he escrito, y también sé que debo tener cuidado con las puntadas, sobre todo con la última, o toda el agua se saldrá por el piquete y definitivamente no podré escribir escribir escribir escribir escribir.
Transcurre el tiempo y ya han bajado varias parejas: hombres acompañados de hombres, mujeres y hombres, mujeres y mujeres. Algunos lo han hecho conversando, otras parejas bajan tomadas de las manos, puede verse también un roce de labios antes de tomar los remos, o quienes beben ron a pico de botella. Transcurre el tiempo y algunas parejas no regresan a la avenida, se dispersan a lo largo de la costa, desdibujándose por la poca luz de falso neón de la luna y el haz repetido de la cadeneta de farolas que se suceden en la avenida. Hay quienes tienen los pies en el agua, otros se funden en un largo abrazo ya sea de pie o acostados, los hay que duermen o simplemente conversan. Los que se ocupan de la boga y el timonel ya descansarán si es que el cuerpo, en el instante en que no tenga los remos, obedece a cerrar los ojos y abandonarse al sueño.
Claudio, en silencio, mira la brújula, comprobará si el viento ha cambiado de rumbo, necesita izar la vela. Pero se detiene, algo lo ha hecho cambiar de idea. Se escucha un leve ruido. El sonido es persistente, baja y sube la intensidad, y cada vez resulta más agudo.
Claudio se levanta. Se meza los cabellos, desde el arrecife es imposible saber qué es aquello que se acerca. Piensa que quizá sea una señal sonora de alarma. Autos que piden vía libre. Y piensa en una fila de ambulancias. Piensa también en el cuerpo de bomberos. Pero lo que ha escuchado es el sonido de varias sirenas de una caravana de patrullas, camiones del ejército y blindados. Es una larga caravana. Se acerca.D

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