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El peso donde navega el creyente: nueve relatos / Raúl Flores Iriarte


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Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977)

 
   Narrador. Ha publicado los libros de relatos El lado oscuro de la luna (Editorial extramuros, 2000), El hombre que vendió el mundo (Pinos Nuevos, 2001), Bronceado de luna (Premio Luis Rogelio Nogueras, 2003) y Rayo de luz (Premio Calendario, 2004), Días de lluvia (Premio Félix Pita Rodríguez 2004). En 2007 lanzó su primera novela, Balada de Jeannette (Ediciones Loynaz, 2007). Dirige en La Habana la revista digital de literatura "33 y 1/3" (2005- ).

 


El peso donde navega el creyente

-nueve relatos inéditos del autor-

El peso donde navega el creyente



Aparecieron en la plaza como cajas de fósforos. La gente las tomó por eso: cajas de fósforos y, tal vez, desde la distancia, los helicópteros, desde los ojos de Dios, parecían simples cajas que se depositaban en la plaza, entre las palomas, entre los trajes de bodas dispuestos a la manera de regalos a lo largo de las calles que circundaban el parque.

Las cajas se abrieron por los cuatro costados y salieron las mujeres.

Desde la distancia, desde los ojos de Dios o desde helicópteros se veía como eso: mujeres. Ni siquiera estaban muertas. Yo era el de la cámara, y ella se acercó por entre la multitud. Por entre las palomas. El sol jugando en sus ojos como la arena de playa.

Vine porque tú estabas aquí, dijo con acento de extranjera, Vine yo, vinieron ellas, y señaló todas esas chicas que se habían tendido a descansar sobre el pavimento frío de la mañana.

Yo no tenía ramo de flores para darle. Alguien se encargaba de eso, y ese alguien aún no había llegado. Fuimos a caminar por entre los saltimbanquis.

Señalé los vestidos de novia. Todo listo, dije. La cámara siempre la llevaba conmigo.

He estado escribiendo, murmuró ella, Una cosa por aquí, otra cosa por allá. Tengo un libro de cuentos, un par de novelas recién comenzadas y tres poemas realmente buenos.
Se nos había perdido el camino. No tardaríamos en hallarlo una vez más, pero por el momento dábamos vueltas y más vueltas en torno a la plaza como en laberintos secretos, sin poder encontrar el sendero de los trajes de novias. No sabría decir si esto era bueno o era malo. Pareceríamos hormigas ante los ojos de Dios, ante los helicópteros.

Ella había estado viviendo un par de años en un pueblo de campo, y le rozaban las caderas con el cinturón. No le hacía llagas, ya no importaba.

En la plaza las modelos habían tomado sus posiciones, quince o veinte minutos después. Enfundadas en trajes de novias, ramos de flores a los costados inertes. No pierdas el contacto, dijo ella, tomó uno de los trajes y adoptó la posición.
La flor más bella se titulaba Blonde on blonde, pero ya se había vendido todo para cuando tratamos de almorzar allá. Después vinieron a llevárselas en ataúdes, pero yo ya había hecho lo mío. Me había ido. Ella no sé.



Otros muertos




La gente sólo sabía escribir de muertos. Muerte, muerte por todas partes. Los cuentos de hadas transmutados en modernos cuentos de horror. Las hadas en sí mismas habían dejado de ser tenues figurines de fantasía para transformarse, por obra y gracia de imaginaciones ajenas, en oscuras vampiresas sedientas de sangre. Todas las narraciones del momento terminaban con un reguero de vísceras por las paredes de las habitaciones. Pocas habitaciones y muchas vísceras.

La poesía, en cambio, era lírica e introspectiva. Más lírica y más introspectiva que nunca. Nadie llegaba a explicarse por qué el reguero de sangre que afectaba al campo de narrativa se quedaba en el umbral del campo poético nacional. Los y las poetas iban por ahí con sus camisas a cuadros y sus blusas a cuadros y se detenían a la orilla de playas vacías, adónde sólo llegaban partes de cadáveres enredadas entre crestas de algas. Se detenían a admirar las silenciosas puestas de sol. A decir Hay sol bueno y mar de espuma. Escribían hermosas odas repletas de alejandrinos y tercetas altisonantes sobre el lento rumor de las olas sobre la costa al atardecer. Sólo que no usaban la palabra atardecer, sino la palabra crepúsculo.

No obstante, nada de esto se publicaba. Aquella narrativa llena de sangre y balas y partes de cadáveres, y aquella poesía pletórica de bellos símbolos, hermosas metáforas y palabras altisonantes, se quedaba en las páginas inéditas de aquellos noveles autores. Lo único que se publicaba eran otras voces, otros ámbitos. Antiguos autores, validados por años transcurridos entre antiguas vidas y viejas muertes. Premios Nacionales, nominados al Nobel. Y así y así. A lo Vonnegut.

Pasadas glorias que para nada reflejaban los tiempos que transcurrían, cierta mirada al ayer donde todo era mejor, más bonito y más barato. Literatura lavada como si de dinero en bancos de mafia se tratara. Una recuperación de tiempos idos, para un presente cada vez más inseguro. Y eso era lo que lograba colarse en las páginas de los diarios, en los folios de los pocos libros editados y editables, en espacios culturales de radio y televisión, en un momento en el cual no existía radio, no existía televisión.

Para ser publicado había que escribir prosa lavada, como fotografía desvaída por el paso de los años. Falsificar estilos. Recrear lo ya recreado. Narrar lo inenarrable. O el caso contrario, escribir poesías fogosas, acorde con mentalidades ajenas. Versos que incitaran a la lucha, a un glorioso amanecer. Estrofas vibrantes. Palabras candentes como bofetada en el rostro.

Pero los escritores aceptaban su ineditez con estoicidad. Otro día será, decían y continuaban inundando sus escritos de litros de cálida sangre y/o melosas metáforas. Las páginas de los diarios proliferaban entonces con esa rara condición que poseen los muertos de llegar a todas partes, y por doquier aparecían después esas mismas páginas despedazadas, masacradas, como si de otros cadáveres se tratara. Cuerpos desecados de sangre, de todo rastro de posible emoción. Papel recortado, rasgado, torturado, lleno de agujeros como hueco de bala.

Estas mismas hojas de los diarios llegaban después, envueltas entre crestas de algas y vísceras blancuzcas, a las orillas de las playas como otros tantos muertos más, otros distintos ámbitos. Y los poetas se reunían y escribían Hay sol bueno y mar de espuma… con las mejores de sus poéticas intenciones. Y escribían frases bonitas sobre el atardecer, sólo que nunca usaban la palabra atardecer.



Corríamos




Corríamos. Ella frente a mí, como torbellino de luces. Pero no era torbellino de luces, sino simple cuerpo teñido de mujer desnuda. Yo también. La desnudez nos cubría a ambos como el mejor de los vestidos. Hacía frío. A pesar de correr a todo lo que me daban las piernas, yo sentía las ráfagas de aire frío como cuchillas de afeitar carcomiéndome los huesos. Junto a nosotros corrían otros, también desnudos. Pero los demás no me importaban, yo sólo tenía ojos para ella. Nunca la había visto desnuda. Hallaba adorable la visión de su cuerpo desnudo corriendo delante de mí. El suave balancear de sus caderas, el ritmo mecánico de las piernas hacia arriba, hacia abajo. El pelo al viento, como una semidiosa sacada de las páginas de una Playboy. Hallaba adorable todo eso. Lo hallaba irresistible.

Igual tenía ojos para el oficial. El cañón de su ametralladora se perfilaba como amenaza incierta en el filo de la madrugada. Por los altavoces transmitían una versión distorsionada de alguna canción de Metallica, con los agudos demasiado bajos, o los bajos demasiado agudos. Corríamos para salvar nuestras vidas, el último de nosotros sería un cadáver para los hornos, y el último era en verdad ya cadáver, pero igual nadie quería ser el penúltimo, o antepenúltimo, nadie quería ir a los hornos ni siquiera como turismo, así que corríamos, como si nos fuera la vida en ello, y nos iba la vida en ello.

Ella había sido corredora de olimpíadas en alguna vida anterior y era difícil mantener su paso, pero yo me esforzaba, porque no quería perderla de vista. Hacía todo lo posible para no perderla de vista. Pero vino el hueco en el camino; la carretera no era carretera, sino campo de hierbas grises como golpe de madrugada y no se veía casi nada. El hueco en el camino, el pie que se tuerce, la mano que se extiende en gesto de alcanzar algo inalcanzable que no se llega a divisar, el cuerpo que cae y el pensamiento con la lentitud de una bala trazadora. Ya está, me dije, Este es el fin. Los ojos se cerraron.

Cuando los volví a abrir, estábamos ella y yo en medio del campo. Ella estaba vistiéndose. ¿Qué pasó?, pregunté. Nada, contestó ella, La carrera terminó. Eso es lo que pasó. ¿Quién fue el último?, pregunté. Ella se encogió de hombros. Uno ahí, contestó. Pensé en invitarla a un café, pero el pie dolía demasiado. El aliento me salía en ráfagas. Como si fumara. Aquí para la próxima semana, dijo ella entonces. Aquí para la próxima semana, dije yo, y comencé a vestirme.



Dadaísta



Despierta dadaísta el presidente esa mañana. Pide que le traigan un mapa de la nación y lo recorta en pequeños fragmentos. Los barajea sobre la mesa de cristal, como se haría con un juego de dominó. Reordena al azar los fragmentos de isla cartografiada, y así redacta una nueva Constitución.
Queda reorganizado el territorio nacional. Por obra y gracia de la lógica dadaísta, Sandino, municipio occidental de la provincia de Pinar del Río, queda adscrito a la jurisdicción de Baracoa, municipio de Guantánamo. Sirva como ejemplo.
Baracoa queda adscrita en Colón, provincia de Matanzas. Bauta, de la Habana, pasa a Placetas, en Villa Clara. Ciudad de la Habana, gracias a la lógica absurda de la postmodernidad, quedará a partir de ese momento en Isla de Pinos. La capital de todos los cubanos rodeada de mar por sus cuatro costados.
Comienza todo un proceso de reorganización y emigración controlada. Porque los naturales de Sandino tienen que residir en Baracoa. Y los de Artemisa en Jiguaní. Se traslada a la población a todo lo largo y ancho de la isla en camiones grandes y anchos, hacia nuevos lugares de pertenencia.
El presidente aparece esporádicamente por la televisión nacional, para hacer comentarios sobre lo bien que marcha todo el asunto de las reubicaciones. A veces sale en cámara con un par de tijeras en la mano, como supremo símbolo de poder.
Han dispuesto equipos de televisión en el interior de los camiones de carga, para que la población se entretenga en algo mientras recorren kilómetros a todo lo largo y ancho del país. Sirva como ejemplo.



El orden del discurso



A. y B. escriben casi la misma historia. La historia de A. se diferencia solo en pequeños detalles de la historia de B. El título, por ejemplo, y algunas palabras del final. Pero, aparte de eso, es fácil percatarse que las dos historias son asombrosamente iguales. Idénticas entre sí.
Se habla de plagio. A. y B., cada uno por su lado, demuestran que sendas historias son totalmente de sus autorías. Revelan sus fuentes de inspiración, así como las técnicas y recursos utilizados para llevar los hilos narrativos a buen término. Es de notar que, supuestamente, ambos habían llegado a lo mismo partiendo de fuentes disímiles entre sí. A. había escrito su historia partiendo de una idea de Stephen King y una canción de Tom Waits, y B., por su parte, se había inspirado en un informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. No obstante, logran convencer. Se toma el caso como una de esas rarísimas casualidades que solo se dan una vez en la vida, y varias veces en las novelas de Paul Auster.
Podría decirse que A. y B. quedarían satisfechos, pero no es así. Casualidad o no, a partir de ese momento A. y B. empiezan a coincidir constantemente en lecturas y conferencias. Estos eventos se convierten, gracias a rencores acumulados, en carreras olímpicas para determinar cual de los dos leerá primero la historia en cuestión. A veces gana A., a veces B. El público también gusta de apostar.
A. y B. dejan de escribir narrativa y comienzan a hacer crítica y reseña, pero ya nadie les hace caso. La atención está ahora centrada en C., que ha escrito una historia totalmente irreproducible y original, basada en la canción de Tom Waits, la idea de Stephen King, y el informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. A. y B. escriben sendas reseñas críticas y ensayísticas sobre esta historia irreproducible y original, pero se halla que sus trabajos críticos y ensayísticos se parecen extraordinariamente entre sí. Solo hay diferencias en el título, y en algunas palabras de la introducción. Se vuelve a hablar de plagio, aunque no por mucho tiempo. Ya la gente está cansada del asunto.



Palabras



“Disfunción” era la palabra prohibida en aquel conversatorio. Un orador tras otro tomando la palabra y pronunciaban largos discursos llenos de frases enjundiosas y palabras rebuscadas. Pero ninguno llegaba a pronunciar la palabra prohibida.
Ella y yo tratábamos de pasarla bien. Habíamos juntado las rodillas y extendido sobre ellas una de las agendas que repartían a la entrada. Jugábamos a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. A nuestros pies se extendían charcos de petróleo, hondas lagunas negras donde, si te descuidabas, podías hundirte hasta los codos. Suponíamos que los auxiliares de limpieza no habían estado cumpliendo con su trabajo. También suponíamos que alguno de ellos sería prontamente despedido, pero quizás no.
Quise decírselo. “Disfunción” siendo palabra prohibida. Entonces descubrí que yo tampoco podía pronunciarla. Pero podía escribirla. Así que la apunté en la agenda, como parte de nuestro juego. Jugando con términos prohibidos, prohibitorios. Ella palideció, y asintió.
Dije Discúlpame un momento, y fui hasta el baño, sorteando charcos de petróleo y barquitos de gaceta. Frente al espejo ensayé la palabra. Al principio no salía. Después sí. Podía decir Disfunción como si dijera Vaso, o Sexo, o Porcelana.
Salí afuera. Planeaba decir la palabra prohibida cuando menos se lo esperaran. Planeaba sorprenderlos. Anonadarlos. Dejarlos muertos.
Volví junto a ella para exponerle mi plan, y encontré entonces que había escrito toda una serie de palabras prohibidas en la agenda. Como cinco o seis. Tal vez doce. O trece.
Podrían haberla condenado al paredón de fusilamiento tan solo por escribirlas. Por el simple hecho de pensarlas.
Aún tenía el bolígrafo en la mano. Aún podía seguir escribiendo otras palabras, con mayor o menor grado de peligrosidad. Había dejado de ser juego y pasado a ser situación peligrosa. Podrían mandarnos a algún campo de concentración si nos descubrían. Podrían fusilarnos. O ahogarnos en petróleo.
Cualquier cosa.
Se lo dije y ella estuvo de acuerdo. Nos olvidamos del asunto y continuamos jugando a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. Tratando de ajustarnos a palabras fáciles. Cama, o Beso, o Neón. Todo un nuevo diccionario y, si descubríamos por azar alguna palabra problemática, la estrujábamos en una pequeña pelota de papel y la lanzábamos de cabeza al petróleo negro.
Nos fuimos cuando todo terminó, sorteando el suelo lleno de charcos de petróleo, barquitos de gaceta y pelotitas, muchas pelotitas estrujadas de papel, que suponíamos alguien tendría que recoger para el próximo conversatorio, pero quizás no.
Quizás no.



En formas misteriosas



Esto de la información se mueve en formas misteriosas. Hace un tiempo corrió el rumor sobre la existencia de un hombre libre en el país. Partiendo del concepto de libertad entendida como anulación de trabas burocráticas: un ser para el que no existe número de identidad, dirección domiciliaria, tarjeta de racionamiento, y cosas afines. No entendida libertad como: “poder de obrar o de no obrar, o de escoger / Estado opuesto a la servidumbre o al cautiverio” (Pequeño Larousse Ilustrado, Edición Revolucionaria, Instituto del Libro, sin año definido de edición).
Como esto ha podido llegar a ser, no se tiene idea. Hacía poco, una de las estudiantes de la Universidad había hecho su tesis sobre el asunto. Partía sobre la premisa: existe un hombre libre en el país. Pero, por ir contra los reglamentos de la Constitución, la tesis fue censurada, prohibida y olvidada. No puede, no podía, existir sobre el territorio nacional ese hombre. La misma Constitución se encargaba de darle a todos número identificatorio, domicilio, alimento, transporte, bebida, y sana diversión. El poder de obrar o no obrar, de escoger quedaba al libre albedrío de la población, defínase libre en otros términos al definido por aquella tesis ajena al discurso político del mainstream.
La Sierra del Rosario y de los Órganos había quedado dividida por la nueva Constitución en dos mitades. Este hombre había quedado exactamente entre las dos mitades, equidistante a ambas. Ciertamente, la antigua Constitución hubiera señalado el error, pero los registros habían desaparecido por juzgarse absurda e innecesaria su conservación en los Archivos de la Biblioteca Nacional. No se podía explicar que la omisión (casi inconcebible) de un solo hombre bastara para tachar su existencia material.
Fue despachada una expedición hacia las montañas, con el objetivo de demostrar o refutar la tesis. Iba surtida con cuños, papeles de registro, tarjetas de racionamiento, y otros adminículos burocráticos para, en caso de necesidad, estar capacitados de regresar al hombre al seno útil de la sociedad. Esta expedición nunca regresó.
Se envió entonces una segunda expedición para rescatar a los miembros de la primera expedición o, en caso de no ser viable un rescate, al menos dar razón de su paradero. Dilucidar si habían sido devorados por caníbales, si se habían despeñado en masa por algún barranco, si habían perdido momentáneamente la razón. Iban también pertrechados con cuños, papeles de registro, y demás adminículos de oficina. Por si acaso. Era posible que, de encontrar caníbales, fuera necesario registrarlos y censarlos para los anales de la Nación.
Esta segunda expedición tampoco regresó, por lo que el asunto fue olvidado. La alumna se graduó sin penas ni glorias con otra tesis, no tan problemática, más acorde con los intereses de la nación. En eso quedó todo el asunto.
Por el momento.
Ahora se especula sobre una tercera expedición. Todo se guarda en el mayor de los secretos. No obstante, la noticia se ha regado y son muchos los voluntarios para ir a las montañas con cuños, papeles de registro, y otros adminículos de oficina.
Los medios públicos se han encargado de desmentir o, simplemente, obviar. Como ya se ha dicho antes, esto de la información se mueve en formas misteriosas.



Balas



A todos nos ha golpeado alguna vez bala de salva. Muchos no parecen acusarlo, pero así es. Apostados escuadrones enteros en cima de edificios poco altos, casa de vivienda, comercio y vaquería, armados con fusiles de repetición y mirilla telescópica. Disparan al tuntún, a ver que pasa. Por suerte, bala de salva.
No en balde anda el pueblo a paso rápido, cabeza gacha. No vaya a ser que disparen por error sobre uno, a ojo de buen cubero, o por diversión.
Las viejas van con revólver y pistola automática a la bodega. Le disparan al bodeguero en la cabeza si son mal atendidas. Solo pólvora seca, pero a tres pies de distancia pica como bofetada. A nadie le gusta ser abofeteado, creo yo.
Las cobradoras de multas ya no multan. Te disparan. Por una falta grave, pueden llevarte hasta el pelotón de fusilamiento instaurado para tales fines.
Tanta explosión de pólvora puede cegar. Esta es una secuela a ser tomada en cuenta. Se han disparado astronómicamente las ventas de espejuelos oscuros. Las chicas van por ahí como estrellas de cine. A nadie le gusta quedarse ciego, creo yo.
(Vigilar y castigar de Foucault constituye un discreto best-seller en los marcos de esta ciudad. No obstante, a pocos aquí les gusta leer. No parecen acusarlo, pero así es.)
Si te llevan al pelotón de fusilamiento puedes pasarlo mal. Todo el proceso es filmado y después televisado. Para edificación de futuros infractores, para cosmovisión de los no-ajusticiados. Puedes quedar ciego frente a cámara de televisión, frente a todo el país. A la gente parece gustarle el asunto. Las chicas de espejuelos oscuros, como estrellita de cine. Los fusiles pum pum pum y flores de fuego salen del extremo de los cañones. Los fusilamientos se hacen en la noche, por eso se ven de esa manera. De día no se vería flor de fuego.
(Las viejas les disparan a los bodegueros a cualquier hora; pólvora seca bofetada en el rostro.)
A los presos comunes les disparan con balas trazadoras. Brilla más y da lustre, dice la Academia. Estos fusilamientos también son televisados y no es flor de fuego saliendo de los cañones de las armas, sino pequeño sendero de luz.
No se ve caer a los presos. Los amarrarán a postes, creo yo.
Espejuelos oscuros y Foucault en el bolsillo para lo que pueda suceder. Paso rápido, cabeza gacha. Las balas de salva están llegando a su fin, corre el rumor por ahí. No se sabe que vendrá después. Nadie quiere ser golpeado por bala trazadora, creo yo.



Katakana



No queríamos al japonés, no lo deseábamos entre nosotros. Lo manteníamos trabajando en aquel sector adonde nadie más iba. Un rincón húmedo, frío, solitario, pero nunca silencioso. Allí lo oíamos murmurar en su idioma como ente invisible, una voz incorpórea que tartamudeaba lenguas ancestrales. Decíamos: Allí está el japonés hablando otra vez en chino. Pero no era chino; probablemente fuera kenji o katakana; una de esos dialectos de por allá.

La luz entraba por una pequeña ventana semioxidada. Polvorienta, hacía casi imposible el distinguir el mundo exterior, pero no era difícil de imaginar. La luz adquiría las mismas cualidades semioxidadas de los barrotes de la ventana.

Un día desapareció el japonés. Se lo llevaron y nunca más lo volvimos a ver. Pero, por alguna extraña cualidad del eco en aquellas regiones, continuamos escuchando su voz durante los días y noches de trabajo. Como un fantasma muerto de humedad, muerto de frío. Muerto de soledad.

Comenzamos nosotros a hablar en chino, katakana, o kanji, uno de esos dialectos.

Una extensión más de aquella soledad.

Comenzamos a sentirnos entes invisibles, voces incorpóreas.D

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