Revista Internacional
de Arte, Literatura y Tendencias Contemporáneas

Año 3, No 3 / La Habana, Cuba

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Sumario


Animal Planet: 3 relatos; Ahmel Echevarría Peré [relato] | El misterio del león; Alexei Dumpierre [relato] | Muestra inédita de "Pañuelos"; Ángel Delgado [plástica] [ensayo] | Grupo Proyecto Biopus: retrospectiva; Grupo Proyecto Biopus [new media] [net art] [plástica] | Lorenzo revisitado; César A. Terrero Escalante [ensayo] | Una anécdota sabrosa; César Valdevenito [relato] | Con Pina Bausch desaparece toda una época; Damaris Calderón [poesía][plástica] | DAVIS MUSEU, antropofagia estética: Entrevista a Davis Lisboa; Lizabel Mónica [entrevista [curaduría] [plástica] | Cubeta y País de Vaca; Efraín Rodríguez Santana [poesía] | Dossier: 10 poetas ecuatorianos del siglo XXI; Augusto Rodríguez [poesía] | Muñeca; Eliana Belén [poesía] El francotirador: microrrelatos Gerardo Fernández Fe [relato] | Yo, espléndida puerta: visiones de una poesía con intersticios; Jamila M. Ríos [ensayo] | Presentación al libro: Poesia eletrônica: negociações com os processos digitais; Jorge Luiz Antonio [poesía][new media][poesía visual] | Muestra inédita de la exposición reciente MONTES CLAROS (S)EM PALAVRAS; Fernando Aguiar [plástica][fotografía]| El Bautizo de Nostrus Cygnus Maximus: dos poemas; Ljudevir Hlavnikov [poesía] | Materia; Marcelo Morales [poesía] | La tercera mujer; Nanne Timer [poesía] | Libro de College Station ; Pablo de Cuba Soria [novela] | Abedulia y Francesca; Waldo Pérez Cino [novela] | Dossier: 10 jóvenes poetas de Santiago de Cuba; Oscar Cruz Pérez [poesía]| El peso donde navega el creyente: nueve relatos; Raúl Flores Iriarte [relato] | Balada para un suicida: cuatro poemas inéditos; René Dayre Abella [poesía] | Muestra multimedial de obras plásticas; Luis Trápaga [plástica] [video] | Perú: un recorrido a través del lente ; Juan Carlos Borja Castro [fotografía] | Malabares de fuego; Suyai Otaño [fotografía] | "Pretendo crear un medio dentro del medio": entrevista a Kevin Beovides, fundador de "El Diletante Digital"; Lizabel Mónica [entrevista] [net art] [new media] | Muestra fotográfica; Lia Villares [fotografía ] [curaduría] | Grupo Puerco Pudle [video] | Capa Subeconómica; Amaury Pacheco [video] [poesía visual] [intervenciones] [plástica] [curaduría] [performances] | El patio de mi casa o The flesh failures; Alejandro Arango Milián [teatro] | Poesía visual: dos ensayos; Jorge Santiago Perednik [poesía visual] [ensayo] | When we are asked in the end of time; Neda Darzi [plástica] | Live transmission; Morgan O´Hara [plástica] [performances] | Video inédito del Festival Poesía Sin Fin 2009; OMNI Zona Franca [video] | @περας: hacia una topología del arte; Lizabel Mónica [ensayo] [net art] [new media] D

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El peso donde navega el creyente: nueve relatos / Raúl Flores Iriarte


foto de autor

Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977)

 
   Narrador. Ha publicado los libros de relatos El lado oscuro de la luna (Editorial extramuros, 2000), El hombre que vendió el mundo (Pinos Nuevos, 2001), Bronceado de luna (Premio Luis Rogelio Nogueras, 2003) y Rayo de luz (Premio Calendario, 2004), Días de lluvia (Premio Félix Pita Rodríguez 2004). En 2007 lanzó su primera novela, Balada de Jeannette (Ediciones Loynaz, 2007). Dirige en La Habana la revista digital de literatura "33 y 1/3" (2005- ).

 


El peso donde navega el creyente

-nueve relatos inéditos del autor-

El peso donde navega el creyente



Aparecieron en la plaza como cajas de fósforos. La gente las tomó por eso: cajas de fósforos y, tal vez, desde la distancia, los helicópteros, desde los ojos de Dios, parecían simples cajas que se depositaban en la plaza, entre las palomas, entre los trajes de bodas dispuestos a la manera de regalos a lo largo de las calles que circundaban el parque.

Las cajas se abrieron por los cuatro costados y salieron las mujeres.

Desde la distancia, desde los ojos de Dios o desde helicópteros se veía como eso: mujeres. Ni siquiera estaban muertas. Yo era el de la cámara, y ella se acercó por entre la multitud. Por entre las palomas. El sol jugando en sus ojos como la arena de playa.

Vine porque tú estabas aquí, dijo con acento de extranjera, Vine yo, vinieron ellas, y señaló todas esas chicas que se habían tendido a descansar sobre el pavimento frío de la mañana.

Yo no tenía ramo de flores para darle. Alguien se encargaba de eso, y ese alguien aún no había llegado. Fuimos a caminar por entre los saltimbanquis.

Señalé los vestidos de novia. Todo listo, dije. La cámara siempre la llevaba conmigo.

He estado escribiendo, murmuró ella, Una cosa por aquí, otra cosa por allá. Tengo un libro de cuentos, un par de novelas recién comenzadas y tres poemas realmente buenos.
Se nos había perdido el camino. No tardaríamos en hallarlo una vez más, pero por el momento dábamos vueltas y más vueltas en torno a la plaza como en laberintos secretos, sin poder encontrar el sendero de los trajes de novias. No sabría decir si esto era bueno o era malo. Pareceríamos hormigas ante los ojos de Dios, ante los helicópteros.

Ella había estado viviendo un par de años en un pueblo de campo, y le rozaban las caderas con el cinturón. No le hacía llagas, ya no importaba.

En la plaza las modelos habían tomado sus posiciones, quince o veinte minutos después. Enfundadas en trajes de novias, ramos de flores a los costados inertes. No pierdas el contacto, dijo ella, tomó uno de los trajes y adoptó la posición.
La flor más bella se titulaba Blonde on blonde, pero ya se había vendido todo para cuando tratamos de almorzar allá. Después vinieron a llevárselas en ataúdes, pero yo ya había hecho lo mío. Me había ido. Ella no sé.



Otros muertos




La gente sólo sabía escribir de muertos. Muerte, muerte por todas partes. Los cuentos de hadas transmutados en modernos cuentos de horror. Las hadas en sí mismas habían dejado de ser tenues figurines de fantasía para transformarse, por obra y gracia de imaginaciones ajenas, en oscuras vampiresas sedientas de sangre. Todas las narraciones del momento terminaban con un reguero de vísceras por las paredes de las habitaciones. Pocas habitaciones y muchas vísceras.

La poesía, en cambio, era lírica e introspectiva. Más lírica y más introspectiva que nunca. Nadie llegaba a explicarse por qué el reguero de sangre que afectaba al campo de narrativa se quedaba en el umbral del campo poético nacional. Los y las poetas iban por ahí con sus camisas a cuadros y sus blusas a cuadros y se detenían a la orilla de playas vacías, adónde sólo llegaban partes de cadáveres enredadas entre crestas de algas. Se detenían a admirar las silenciosas puestas de sol. A decir Hay sol bueno y mar de espuma. Escribían hermosas odas repletas de alejandrinos y tercetas altisonantes sobre el lento rumor de las olas sobre la costa al atardecer. Sólo que no usaban la palabra atardecer, sino la palabra crepúsculo.

No obstante, nada de esto se publicaba. Aquella narrativa llena de sangre y balas y partes de cadáveres, y aquella poesía pletórica de bellos símbolos, hermosas metáforas y palabras altisonantes, se quedaba en las páginas inéditas de aquellos noveles autores. Lo único que se publicaba eran otras voces, otros ámbitos. Antiguos autores, validados por años transcurridos entre antiguas vidas y viejas muertes. Premios Nacionales, nominados al Nobel. Y así y así. A lo Vonnegut.

Pasadas glorias que para nada reflejaban los tiempos que transcurrían, cierta mirada al ayer donde todo era mejor, más bonito y más barato. Literatura lavada como si de dinero en bancos de mafia se tratara. Una recuperación de tiempos idos, para un presente cada vez más inseguro. Y eso era lo que lograba colarse en las páginas de los diarios, en los folios de los pocos libros editados y editables, en espacios culturales de radio y televisión, en un momento en el cual no existía radio, no existía televisión.

Para ser publicado había que escribir prosa lavada, como fotografía desvaída por el paso de los años. Falsificar estilos. Recrear lo ya recreado. Narrar lo inenarrable. O el caso contrario, escribir poesías fogosas, acorde con mentalidades ajenas. Versos que incitaran a la lucha, a un glorioso amanecer. Estrofas vibrantes. Palabras candentes como bofetada en el rostro.

Pero los escritores aceptaban su ineditez con estoicidad. Otro día será, decían y continuaban inundando sus escritos de litros de cálida sangre y/o melosas metáforas. Las páginas de los diarios proliferaban entonces con esa rara condición que poseen los muertos de llegar a todas partes, y por doquier aparecían después esas mismas páginas despedazadas, masacradas, como si de otros cadáveres se tratara. Cuerpos desecados de sangre, de todo rastro de posible emoción. Papel recortado, rasgado, torturado, lleno de agujeros como hueco de bala.

Estas mismas hojas de los diarios llegaban después, envueltas entre crestas de algas y vísceras blancuzcas, a las orillas de las playas como otros tantos muertos más, otros distintos ámbitos. Y los poetas se reunían y escribían Hay sol bueno y mar de espuma… con las mejores de sus poéticas intenciones. Y escribían frases bonitas sobre el atardecer, sólo que nunca usaban la palabra atardecer.



Corríamos




Corríamos. Ella frente a mí, como torbellino de luces. Pero no era torbellino de luces, sino simple cuerpo teñido de mujer desnuda. Yo también. La desnudez nos cubría a ambos como el mejor de los vestidos. Hacía frío. A pesar de correr a todo lo que me daban las piernas, yo sentía las ráfagas de aire frío como cuchillas de afeitar carcomiéndome los huesos. Junto a nosotros corrían otros, también desnudos. Pero los demás no me importaban, yo sólo tenía ojos para ella. Nunca la había visto desnuda. Hallaba adorable la visión de su cuerpo desnudo corriendo delante de mí. El suave balancear de sus caderas, el ritmo mecánico de las piernas hacia arriba, hacia abajo. El pelo al viento, como una semidiosa sacada de las páginas de una Playboy. Hallaba adorable todo eso. Lo hallaba irresistible.

Igual tenía ojos para el oficial. El cañón de su ametralladora se perfilaba como amenaza incierta en el filo de la madrugada. Por los altavoces transmitían una versión distorsionada de alguna canción de Metallica, con los agudos demasiado bajos, o los bajos demasiado agudos. Corríamos para salvar nuestras vidas, el último de nosotros sería un cadáver para los hornos, y el último era en verdad ya cadáver, pero igual nadie quería ser el penúltimo, o antepenúltimo, nadie quería ir a los hornos ni siquiera como turismo, así que corríamos, como si nos fuera la vida en ello, y nos iba la vida en ello.

Ella había sido corredora de olimpíadas en alguna vida anterior y era difícil mantener su paso, pero yo me esforzaba, porque no quería perderla de vista. Hacía todo lo posible para no perderla de vista. Pero vino el hueco en el camino; la carretera no era carretera, sino campo de hierbas grises como golpe de madrugada y no se veía casi nada. El hueco en el camino, el pie que se tuerce, la mano que se extiende en gesto de alcanzar algo inalcanzable que no se llega a divisar, el cuerpo que cae y el pensamiento con la lentitud de una bala trazadora. Ya está, me dije, Este es el fin. Los ojos se cerraron.

Cuando los volví a abrir, estábamos ella y yo en medio del campo. Ella estaba vistiéndose. ¿Qué pasó?, pregunté. Nada, contestó ella, La carrera terminó. Eso es lo que pasó. ¿Quién fue el último?, pregunté. Ella se encogió de hombros. Uno ahí, contestó. Pensé en invitarla a un café, pero el pie dolía demasiado. El aliento me salía en ráfagas. Como si fumara. Aquí para la próxima semana, dijo ella entonces. Aquí para la próxima semana, dije yo, y comencé a vestirme.



Dadaísta



Despierta dadaísta el presidente esa mañana. Pide que le traigan un mapa de la nación y lo recorta en pequeños fragmentos. Los barajea sobre la mesa de cristal, como se haría con un juego de dominó. Reordena al azar los fragmentos de isla cartografiada, y así redacta una nueva Constitución.
Queda reorganizado el territorio nacional. Por obra y gracia de la lógica dadaísta, Sandino, municipio occidental de la provincia de Pinar del Río, queda adscrito a la jurisdicción de Baracoa, municipio de Guantánamo. Sirva como ejemplo.
Baracoa queda adscrita en Colón, provincia de Matanzas. Bauta, de la Habana, pasa a Placetas, en Villa Clara. Ciudad de la Habana, gracias a la lógica absurda de la postmodernidad, quedará a partir de ese momento en Isla de Pinos. La capital de todos los cubanos rodeada de mar por sus cuatro costados.
Comienza todo un proceso de reorganización y emigración controlada. Porque los naturales de Sandino tienen que residir en Baracoa. Y los de Artemisa en Jiguaní. Se traslada a la población a todo lo largo y ancho de la isla en camiones grandes y anchos, hacia nuevos lugares de pertenencia.
El presidente aparece esporádicamente por la televisión nacional, para hacer comentarios sobre lo bien que marcha todo el asunto de las reubicaciones. A veces sale en cámara con un par de tijeras en la mano, como supremo símbolo de poder.
Han dispuesto equipos de televisión en el interior de los camiones de carga, para que la población se entretenga en algo mientras recorren kilómetros a todo lo largo y ancho del país. Sirva como ejemplo.



El orden del discurso



A. y B. escriben casi la misma historia. La historia de A. se diferencia solo en pequeños detalles de la historia de B. El título, por ejemplo, y algunas palabras del final. Pero, aparte de eso, es fácil percatarse que las dos historias son asombrosamente iguales. Idénticas entre sí.
Se habla de plagio. A. y B., cada uno por su lado, demuestran que sendas historias son totalmente de sus autorías. Revelan sus fuentes de inspiración, así como las técnicas y recursos utilizados para llevar los hilos narrativos a buen término. Es de notar que, supuestamente, ambos habían llegado a lo mismo partiendo de fuentes disímiles entre sí. A. había escrito su historia partiendo de una idea de Stephen King y una canción de Tom Waits, y B., por su parte, se había inspirado en un informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. No obstante, logran convencer. Se toma el caso como una de esas rarísimas casualidades que solo se dan una vez en la vida, y varias veces en las novelas de Paul Auster.
Podría decirse que A. y B. quedarían satisfechos, pero no es así. Casualidad o no, a partir de ese momento A. y B. empiezan a coincidir constantemente en lecturas y conferencias. Estos eventos se convierten, gracias a rencores acumulados, en carreras olímpicas para determinar cual de los dos leerá primero la historia en cuestión. A veces gana A., a veces B. El público también gusta de apostar.
A. y B. dejan de escribir narrativa y comienzan a hacer crítica y reseña, pero ya nadie les hace caso. La atención está ahora centrada en C., que ha escrito una historia totalmente irreproducible y original, basada en la canción de Tom Waits, la idea de Stephen King, y el informe del Secretariado Nacional al Comité Central del Partido. A. y B. escriben sendas reseñas críticas y ensayísticas sobre esta historia irreproducible y original, pero se halla que sus trabajos críticos y ensayísticos se parecen extraordinariamente entre sí. Solo hay diferencias en el título, y en algunas palabras de la introducción. Se vuelve a hablar de plagio, aunque no por mucho tiempo. Ya la gente está cansada del asunto.



Palabras



“Disfunción” era la palabra prohibida en aquel conversatorio. Un orador tras otro tomando la palabra y pronunciaban largos discursos llenos de frases enjundiosas y palabras rebuscadas. Pero ninguno llegaba a pronunciar la palabra prohibida.
Ella y yo tratábamos de pasarla bien. Habíamos juntado las rodillas y extendido sobre ellas una de las agendas que repartían a la entrada. Jugábamos a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. A nuestros pies se extendían charcos de petróleo, hondas lagunas negras donde, si te descuidabas, podías hundirte hasta los codos. Suponíamos que los auxiliares de limpieza no habían estado cumpliendo con su trabajo. También suponíamos que alguno de ellos sería prontamente despedido, pero quizás no.
Quise decírselo. “Disfunción” siendo palabra prohibida. Entonces descubrí que yo tampoco podía pronunciarla. Pero podía escribirla. Así que la apunté en la agenda, como parte de nuestro juego. Jugando con términos prohibidos, prohibitorios. Ella palideció, y asintió.
Dije Discúlpame un momento, y fui hasta el baño, sorteando charcos de petróleo y barquitos de gaceta. Frente al espejo ensayé la palabra. Al principio no salía. Después sí. Podía decir Disfunción como si dijera Vaso, o Sexo, o Porcelana.
Salí afuera. Planeaba decir la palabra prohibida cuando menos se lo esperaran. Planeaba sorprenderlos. Anonadarlos. Dejarlos muertos.
Volví junto a ella para exponerle mi plan, y encontré entonces que había escrito toda una serie de palabras prohibidas en la agenda. Como cinco o seis. Tal vez doce. O trece.
Podrían haberla condenado al paredón de fusilamiento tan solo por escribirlas. Por el simple hecho de pensarlas.
Aún tenía el bolígrafo en la mano. Aún podía seguir escribiendo otras palabras, con mayor o menor grado de peligrosidad. Había dejado de ser juego y pasado a ser situación peligrosa. Podrían mandarnos a algún campo de concentración si nos descubrían. Podrían fusilarnos. O ahogarnos en petróleo.
Cualquier cosa.
Se lo dije y ella estuvo de acuerdo. Nos olvidamos del asunto y continuamos jugando a los ceritos, al ahorcado, a la raya roja. Tratando de ajustarnos a palabras fáciles. Cama, o Beso, o Neón. Todo un nuevo diccionario y, si descubríamos por azar alguna palabra problemática, la estrujábamos en una pequeña pelota de papel y la lanzábamos de cabeza al petróleo negro.
Nos fuimos cuando todo terminó, sorteando el suelo lleno de charcos de petróleo, barquitos de gaceta y pelotitas, muchas pelotitas estrujadas de papel, que suponíamos alguien tendría que recoger para el próximo conversatorio, pero quizás no.
Quizás no.



En formas misteriosas



Esto de la información se mueve en formas misteriosas. Hace un tiempo corrió el rumor sobre la existencia de un hombre libre en el país. Partiendo del concepto de libertad entendida como anulación de trabas burocráticas: un ser para el que no existe número de identidad, dirección domiciliaria, tarjeta de racionamiento, y cosas afines. No entendida libertad como: “poder de obrar o de no obrar, o de escoger / Estado opuesto a la servidumbre o al cautiverio” (Pequeño Larousse Ilustrado, Edición Revolucionaria, Instituto del Libro, sin año definido de edición).
Como esto ha podido llegar a ser, no se tiene idea. Hacía poco, una de las estudiantes de la Universidad había hecho su tesis sobre el asunto. Partía sobre la premisa: existe un hombre libre en el país. Pero, por ir contra los reglamentos de la Constitución, la tesis fue censurada, prohibida y olvidada. No puede, no podía, existir sobre el territorio nacional ese hombre. La misma Constitución se encargaba de darle a todos número identificatorio, domicilio, alimento, transporte, bebida, y sana diversión. El poder de obrar o no obrar, de escoger quedaba al libre albedrío de la población, defínase libre en otros términos al definido por aquella tesis ajena al discurso político del mainstream.
La Sierra del Rosario y de los Órganos había quedado dividida por la nueva Constitución en dos mitades. Este hombre había quedado exactamente entre las dos mitades, equidistante a ambas. Ciertamente, la antigua Constitución hubiera señalado el error, pero los registros habían desaparecido por juzgarse absurda e innecesaria su conservación en los Archivos de la Biblioteca Nacional. No se podía explicar que la omisión (casi inconcebible) de un solo hombre bastara para tachar su existencia material.
Fue despachada una expedición hacia las montañas, con el objetivo de demostrar o refutar la tesis. Iba surtida con cuños, papeles de registro, tarjetas de racionamiento, y otros adminículos burocráticos para, en caso de necesidad, estar capacitados de regresar al hombre al seno útil de la sociedad. Esta expedición nunca regresó.
Se envió entonces una segunda expedición para rescatar a los miembros de la primera expedición o, en caso de no ser viable un rescate, al menos dar razón de su paradero. Dilucidar si habían sido devorados por caníbales, si se habían despeñado en masa por algún barranco, si habían perdido momentáneamente la razón. Iban también pertrechados con cuños, papeles de registro, y demás adminículos de oficina. Por si acaso. Era posible que, de encontrar caníbales, fuera necesario registrarlos y censarlos para los anales de la Nación.
Esta segunda expedición tampoco regresó, por lo que el asunto fue olvidado. La alumna se graduó sin penas ni glorias con otra tesis, no tan problemática, más acorde con los intereses de la nación. En eso quedó todo el asunto.
Por el momento.
Ahora se especula sobre una tercera expedición. Todo se guarda en el mayor de los secretos. No obstante, la noticia se ha regado y son muchos los voluntarios para ir a las montañas con cuños, papeles de registro, y otros adminículos de oficina.
Los medios públicos se han encargado de desmentir o, simplemente, obviar. Como ya se ha dicho antes, esto de la información se mueve en formas misteriosas.



Balas



A todos nos ha golpeado alguna vez bala de salva. Muchos no parecen acusarlo, pero así es. Apostados escuadrones enteros en cima de edificios poco altos, casa de vivienda, comercio y vaquería, armados con fusiles de repetición y mirilla telescópica. Disparan al tuntún, a ver que pasa. Por suerte, bala de salva.
No en balde anda el pueblo a paso rápido, cabeza gacha. No vaya a ser que disparen por error sobre uno, a ojo de buen cubero, o por diversión.
Las viejas van con revólver y pistola automática a la bodega. Le disparan al bodeguero en la cabeza si son mal atendidas. Solo pólvora seca, pero a tres pies de distancia pica como bofetada. A nadie le gusta ser abofeteado, creo yo.
Las cobradoras de multas ya no multan. Te disparan. Por una falta grave, pueden llevarte hasta el pelotón de fusilamiento instaurado para tales fines.
Tanta explosión de pólvora puede cegar. Esta es una secuela a ser tomada en cuenta. Se han disparado astronómicamente las ventas de espejuelos oscuros. Las chicas van por ahí como estrellas de cine. A nadie le gusta quedarse ciego, creo yo.
(Vigilar y castigar de Foucault constituye un discreto best-seller en los marcos de esta ciudad. No obstante, a pocos aquí les gusta leer. No parecen acusarlo, pero así es.)
Si te llevan al pelotón de fusilamiento puedes pasarlo mal. Todo el proceso es filmado y después televisado. Para edificación de futuros infractores, para cosmovisión de los no-ajusticiados. Puedes quedar ciego frente a cámara de televisión, frente a todo el país. A la gente parece gustarle el asunto. Las chicas de espejuelos oscuros, como estrellita de cine. Los fusiles pum pum pum y flores de fuego salen del extremo de los cañones. Los fusilamientos se hacen en la noche, por eso se ven de esa manera. De día no se vería flor de fuego.
(Las viejas les disparan a los bodegueros a cualquier hora; pólvora seca bofetada en el rostro.)
A los presos comunes les disparan con balas trazadoras. Brilla más y da lustre, dice la Academia. Estos fusilamientos también son televisados y no es flor de fuego saliendo de los cañones de las armas, sino pequeño sendero de luz.
No se ve caer a los presos. Los amarrarán a postes, creo yo.
Espejuelos oscuros y Foucault en el bolsillo para lo que pueda suceder. Paso rápido, cabeza gacha. Las balas de salva están llegando a su fin, corre el rumor por ahí. No se sabe que vendrá después. Nadie quiere ser golpeado por bala trazadora, creo yo.



Katakana



No queríamos al japonés, no lo deseábamos entre nosotros. Lo manteníamos trabajando en aquel sector adonde nadie más iba. Un rincón húmedo, frío, solitario, pero nunca silencioso. Allí lo oíamos murmurar en su idioma como ente invisible, una voz incorpórea que tartamudeaba lenguas ancestrales. Decíamos: Allí está el japonés hablando otra vez en chino. Pero no era chino; probablemente fuera kenji o katakana; una de esos dialectos de por allá.

La luz entraba por una pequeña ventana semioxidada. Polvorienta, hacía casi imposible el distinguir el mundo exterior, pero no era difícil de imaginar. La luz adquiría las mismas cualidades semioxidadas de los barrotes de la ventana.

Un día desapareció el japonés. Se lo llevaron y nunca más lo volvimos a ver. Pero, por alguna extraña cualidad del eco en aquellas regiones, continuamos escuchando su voz durante los días y noches de trabajo. Como un fantasma muerto de humedad, muerto de frío. Muerto de soledad.

Comenzamos nosotros a hablar en chino, katakana, o kanji, uno de esos dialectos.

Una extensión más de aquella soledad.

Comenzamos a sentirnos entes invisibles, voces incorpóreas.D

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Libro de College Station / Pablo de Cuba Soria


foto de autor

Pablo de Cuba Soria (Santiago de Cuba, 1980)

 
   Ha publicado dos cuadernos de poesía: De Zaratustra y otros equívocos (Ediciones Extramuros, La Habana, 2003), y El libro del Tío Ez (Ediciones Itinerantes Paradiso, Miami, 2005). Poemas y ensayos suyos han aparecido en varias revistas y publicaciones como Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid), Crítica (México), Intermezzo (Perú), Unión (Cuba), entre otras. Radica en College Station, Texas.

 

Libro de College Station

-fragmentos de la novela inédita del autor-


Si el libro quiere.

Gordo de al lado, en posición buda, mira ensimismado el gris de la tarde. Hilillos de baba abren surcos en su barbilla. Una llovizna pertinaz le da espesor a colchones de hojas secas (tréboles).

A través de las ramas de árboles sin hojas de College Station, justo entre las horquetas, asechan pensamientos. Horizontal en el suelo, bocarriba.

foto

Cómo iniciar un relato (maquinación de situaciones triviales) que acontece en una ciudad que desconoces y en la que, en uno de sus edificios art decó, avanza (cadencia de pelotón de infantería) un hombre entrado en canas por interminables pasillos casi a oscuras. Cómo, en efecto, darle rienda suelta a tal historia cuyo espacio son tales pasillos ya tantas veces desandados por agónicos anteriores.

Cómo entramar la urdimbre de un relato que acontece en una ciudad en la que, más allá de cualquier estructuración binaria, sus habitantes sudan todo el año y el punto de congelación no renuncia a tensar las articulaciones.

Así, en un asedio de lo común, el hombre de traje gris. Que atraviesa un pasillo con ventanales a ambos lados, empapelados. Así el hombre de traje gris entrado en canas medita acerca de la estructura (disposición) uniforme de los ventanales. Pero no se detiene. Medita y no se detiene. Tal pareciera que una avalancha de lúcidos pensamientos atesta su cabeza. Por ejemplo, aquel que podría estar mirándolo desde el edificio del frente, también art decó, creería que en efecto una avalancha de lúcidos pensamientos atesta la cabeza de su semejante; simplemente porque todo meditabundo representa el simulacro. Pero no se detiene y medita. Y lo que piensa son sandeces.

(Rondar tales edificios nos acercaría, por antonomasia insular, al loco Zequeira. Allí donde la pretensión neoclásica de sombrero sobre cabeza, te vuelve invisible ante los demás, isleños o viceversa. Por ello sus versos logran insertarse, aunque brevemente, en este imaginario de lo frío. Además, palmeras salvajes aquí, tampoco, resultan compatibles con la ventisca.)

El hombre de traje gris dobla hacia la izquierda (giro de pelotón de infantería), donde otro pasillo con ventanales a ambos lados, empapelados, se extiende en la semipenumbra de un bombillo incandescente. Así medita acerca de la función estructural (binaria o no) del bombillo incandescente. Es decir, sandeces.

¿Por qué no lleva corbata?, se pregunta aquel que podría estar mirándolo desde el edificio del frente, también arte decó, tantas veces desandado por agónicos anteriores.

Tales muchachos en el campus tensan la cuerda entre dos árboles, un radio de equilibrio. Como ritual, elevan los brazos 90° con el torso, la mirada fija en el tronco del frente. Uno, dos pasos adelante. Mayoría fracasan en los primeros intentos. Los menos, aquellos que alcanzan un centro, desertan ante semejante peso de estabilidad. Aleteo de pájaros hubo, cuellos torcidos.

El perro beagle de gordos de al lado, Brecht, hace círculos de tiza persiguiéndose la cola.

Traduje libro cuando, en verdad, palabra exacta sería fermentos. La realidad, al menos en College Station, como suma/un todo fermentado con vigas inconexas. O el revés de un plano reinventado. Alcanzar obesidad de las formas. Llega el verano oloroso de zorrillos, chirriar filoso de patinadores.

Justo cuando Madame Roland pidió le al ejecutante pluma de ave cualquiera y pedazo de papel, mocho de lápiz y superficie alguna, el filo de la guillotina penetró la piel ampollada de la nuca. Jamás sabremos la especie a la que correspondían tales pensamientos últimos. Sólo quedó la imagen de un chorro de orine que, según testimonió años después el ejecutante, iba goteando de a poco en ciertas zonas de sus vestiduras, hasta formar charco alrededor del sombrero. El cura, aseguró un presente, se sofocó por erección.

Una orgía gramatical: llenar de signos los páramos de College Station. Uno de gordos de al lado con la cabeza pegada a frecuencia antigua: locutor anuncia la toma de College Station por los bárbaros.

foto

College Station se llena de fantasmas como cada verano, según cuentan antiguos habitantes de estos páramos. Desandan sedientos bajo lo constante repetido: un sol a rajatablas.

Espirales de tréboles secos formados por un viento leve: lo estático que sostiene a College Station. El fallido intento de otro mínimo de mundo posible.

Días hace que gordo de al lado no se baja de su cama. Teme que al levantarse Brecht lo muerda.

Si el pliegue.

Entre Annex y aparcadero de bicicletas robadas: ojos de búho en palo alto. Ardillas en sintaxis de lengua muerta, al menos descifrable en montones de libros traídos en bueyes. Cinematógrafo en la luz de lámparas de aceite. Maniobrar continuo.

En retretes al fondo de las casas, medianoche en College Station, un refinamiento de lo frío.

En cementerio de College Station, justo al frente de estación de policías, las tumbas, todas, en las tarjas, llevan inscritas el mismo nombre y apellido. Fechas de nacimiento y defunción, a veces, para no levantar sospechas, varían.D
 
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Abedulia y Francesca / Waldo Pérez Cino


foto de autor

Waldo Pérez Cino (La Habana, Cuba, 1972)

 
   Narrador y ensayista. La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Madrid. Es también fotógrafo, otra manera de indagar en la ficción.
Francesca y Abedulia son dos fragmentos de la novela inédita El puente sobre el río cuál.
 

Abedulia y Francesca

-dos fragmentos de la novela inédita  
El puente sobre el río cuál-



Abedulia



Entre enero del ochenta y uno y finales del ochenta y tres Castresana había vivido en Bucarest, casi tres años fuera en una época en la que casi nadie que viviera en La Habana viajaba, mucho menos lo haría alguien a su edad. Tampoco es que ahora sí pero por aquellos años aún menos, y la excepción, aun cuando se tratara más bien de otra cosa, venían a hacerla los estudiantes cubanos en el campo socialista, que era como se llamaba entonces a Europa del Este o al bloque soviético, y que no se desplazaban sino que vivían en un sitio más o menos regular, esto es, más o menos sujetos a reglas gremiales y nacionales mientras concluían sus ingenierías o se las ingeniaban para prolongarlas, o lo menos para ir ganando algo de plata entretanto. Castresana en cambio sí que lo había hecho, viajar, y había recorrido él solito, con veintiún años recién cumplidos, todos los museos dignos de recorrerse en el área soviética de los Cárpatos, y había viajado una vez en tren desde Transilvania hasta Moscú, donde había viajado por primera vez en metro y comido por primera vez mermelada casera de frutas del bosque y había paseado por primera vez por uno, esto es, por un bosque, en este caso de abedules, de los que se enamoró casi enseguida como se enamoró sin ninguna dificultad del invierno y de los trenes y de Europa, y de los bancos de hierro frío a la vera de los caminos cubiertos de otoño donde se sentaba a escribir a veces en su cuaderno de notas, casi siempre en español y algunas pocas veces en rumano, y de las alegres muchachas rusas de mejillas sonrosadas como la niña sonriente de la etiqueta de los pomos de compota rusa que se vendían por entonces en La Habana, a veces no tan alegres, a veces no tan sonrosadas las mejillas reales, las mejillas o los cachetes como hubiera dicho él de las muchachas con las que descubrió que el bosque podía ser también afrodisíaco y un punto perverso o triste y descubrió también, como de paso, el placer dulce, vulgar, el placer dulzón de la piel tan blanca enrojecida donde se la chupa o deja su huella una mano, los cinco dedos extendidos y abiertos. En Moscú decidió –le escribió a su padre– quedarse un tiempo, quizá unos meses: pasar una temporada, fue la frase que usó. Una de esas muchachas de cachetes rojos, de nombre Liudmila –en su cuaderno se había convertido desde el primer día en Liudmila la de apetecibles pechos, el joven Castresana era homérico–, fue la primera persona que alabó en serio sus fotos, que hasta entonces Castresana venía tomando más por hábito de sosegado turismo o de amante un punto voyeur o juguetón (las modelos eran, cómo no, Liudmila y sus dos amigas, algo que hacía un tin sospechoso el elogio, pero de eso Castresana no se percató) que por vocación o algún propósito final en sí mismo. Liudmila estudiaba pintura y era alta y sonriente y tenía amigos –legión, le parecían a él– que vendían sus cuadros en la calle Arbat y que les dejaban a veces una habitación prestada, sin duda más confortable y caliente que el bosque de abedules, aunque a decir verdad Castresana solía tener celos de casi todos ellos y además detestaba que hablaran en ruso delante de él, un trámite al parecer inevitable antes o después del préstamo. Con las amigas de Liudmila, en cambio, lo de los celos no pasaba, a pesar de que hablaran el mismo ruso que ellos y a pesar de que secretearan en su presencia tanto o más que ellos. Irina, una de las chicas (de las primeras del bosque, no de Arbat: Irina era flacucha y resultaba tal vez demasiado aniñada o demasiado sin glamour para los amigos de Liudmila), les dejó una vez su apartamento, que quedaba en un edificio de las afueras que a Castresana vino a recordarle sin remedio los palomares de Alamar. Pero lo hizo una sola vez y a él le pareció que a regañadientes, o incluso que lo había hecho con el único propósito de complacer a su amiga, que había dicho Irina que sí cuando más bien hubiera querido decir que no o cuando hubiera preferido, mejor, que no se lo hubieran pedido nunca, un sí el suyo algo humillado porque le habría gustado, tal vez, ser ella quien estuviera en el lugar de Liudmila. Los chicos, en cambio, parecían ser mucho más generosos, probablemente porque querrían estar ellos en su lugar –en el suyo, esto es, en la cama con Liudmila la de apetecibles pechos, porque las diferencias con el alma eslava serían muchas pero Castresana no creía que pasaran por ahí: Liudmila estaba francamente buena, de una manera universal y para él inequívoca. Aquel malestar suyo Castresana lo disimulaba como podía, y por lo general lo sobrellevaba mucho mejor antes de la habitación prestada que luego, más digeribles los celos antes del sexo que después. También, pretendía Castresana, habría que considerar que además de los celos estaba, claro, el problema del idioma: él no conseguía hablar ni media palabra de ruso y lo irritaba no poder seguir la conversación, y por más que hubiera prometido traducirle, que Sí, no te preocupes, yo te traduzco y si no lo hago tú pregúntame, Liudmila lo dejaba siempre, pasado el segundo trago, tirado en la inopia lingüística, espectador en babia, o aun peor –sí, podía ser peor: siempre se puede peor– cuando después de cinco minutos de lo que a él le parecían sonrisitas y explícito puteo con alguno de sus amigos de Arbat se los resumía, sintética que podía ser cuando quería la niña, en frase que por escrito no hubiera llegado nunca a las dos líneas. Cuando se quedaban solos Castresana decía que era el idioma y ya y que no había nada más y que no, que no eran celos, claro que de celos nada, por qué iban a ser celos si tú y yo, etcétera, aunque no fuera menos cierto (pero Liudmila nunca se lo echó en cara) que de ser las chicas las que cuchicheaban o se reían o las que se decían secreticos al oído en ruso pues entonces no le molestaba para nada ni lo ponía nervioso, más bien le daba entonces lo mismo y hasta podía incluso disfrutarlo y parecerle sexy. Así que Castresana decidió par de veces enmendarse y ser amable y hacerse el sueco, pero no debía hacerlo muy bien cuando Liudmila dejó de verlo porque él resultaba, le había dicho, demasiado posesivo para ella, ¿lo entendía? A Castresana, por supuesto, aquella resolución lo cogió de sorpresa. Y como Liudmila siempre preguntaba lo mismo tres veces, ahora, como no podía ser menos, lo hizo también, una dos y tres: ¿Lo entendía de veras? ¿Podía entenderlo él, podrían ser amigos? ¿Se entendía, entonces? Castresana lo entendió, qué remedio, de veras y de verdad, o le dijo que lo entendía una sola vez pero lo bastante grave para que no hiciera falta confirmación o insistencia en segundas, y le dijo también que no quería perderla pero no hubo modo, porque la de Liudmila era ya decisión tomada, irrevocable, no por gusto hemos dicho resolución, y para sus adentros se dijo él, en cambio, que lo que sucede conviene: se dijo que una novia es efímera y tiene mil exigencias, pero una ex novia –consuelo éste el mejor o el primero que encontró, sabiduría de su barrio– es para siempre y no da nunca la lata ni pregunta tres veces (ni da la tabarra tampoco con si la han entendido y escuchado y comprendido: Liudmila, que era un encanto y estaba inequívocamente buena, necesitaba oírlo media docena de veces antes de callarse la boca, algo que a Castresana, cuando no lo sacaba de quicio, la verdad que lo aburría a las dos manos). A los pocos días ella se convirtió en la chica o la prometida o la casi viuda en ciernes oficial de un chico flaco y espigado de pelo largo y de tan rubio casi blanco, que a Castresana le caía bastante mal –no más que el resto de sus amigos ni tampoco menos, igual de mal que los demás– y que alguna vez también les había prestado su habitación en el internado de la escuela de arte, de modo que ahora podía imaginársela sin mucha dificultad en brazos del otro, lo que terminó por hacer de él, durante una o dos semanas, visitante asiduo y afligido, desconsolado diríase, del bosque de abedules. Fue entonces, en los días de aquella mala racha, que Castresana tomó las primeras fotos donde no había personas sonrientes o una situación o un lugar bonito, donde no había otro objeto que el objeto mismo del fotograma vacío y la luz y el encuadre y él tras la cámara, sino que eran –por primera vez– aquellas fotos lo que fuesen por sí mismas, no un ayudamemoria ni un souvenir sino ellas mismas su objeto y su fin. Las primeras así, y por eso las primeras que vino a sentir suyas. Quizá, tal vez, quién sabe –lo que seguro quiere decir que sí– lo haya movido también la idea de poder mostrárselas a ella, un fin espúreo pero que podría confundirse fácil con la inspiración. O por qué no, puede que fuera ella misma la inspiración. Su ausencia. En última instancia, un acicate: las ganas de que Liudmila, la ansiedad y las ganas de que su chica hasta entonces, Liudmila la de las tetas adorables, su Liudmila ahora que sí estaba posesivo de verdad, las admirara y ponderase, las ganas y la expectativa de que ella dijera algo y, sobre todo, de que en dicéndolo asumiera de una buena vez su papel de ex novia disponible, su rol de chica complacida y complaciente, cumplidora, las tres C. Admirativa, cómplice a sabiendas. A ver cuándo. No quería sino eso, o quería sobre todo eso Castresana, porque a decir verdad habrá que decir que solo, que en perpetua y pura y dura soledad, lo que se dice solo del todo, Castresana no estaba. Las amigas de Liudmila –que siempre habían estado ahí: de hecho, la cámara que venía usando era la de Irina, la rubia delgadita que les había prestado su cama y que a Castresana le había parecido siempre de lo más proclive a devaneos, y que era hija de un oficial de la marina destinado en una base de submarinos del Mar del Norte– lo adoptaron o algo por el estilo como a un huérfano de amores (en el fondo, y no era muy difícil imaginarlo, envidiaban a su amiga y le envidiaban por eso los amantes a su amiga, que tenía la misma edad que ellas dos pero aparentaba cinco años más y tenía un éxito rotundo con los chicos) y le contaron que en unos meses el chico actual de Liudmila debía empezar el servicio militar; no tenía por qué preocuparse tanto él, que ya todo se andaría. Y parecía que era cierto lo que le habían contado: cada una en su estilo de primeras confidencias, se lo habían dicho las dos. Era cierto: con toda probabilidad lo destinarían a Afganistán, le juró la propia Liudmila, la mismísima Liudmila tetas de gloria en persona, contrita toda ella, una tarde que se la cruzó por aparente casualidad (mentira: Castresana llevaba toda el día calle arriba calle abajo, buscando encontrársela) en una esquina de la calle Arbat. Liudmila se lo había dicho hablando despacio y con la boina de lana blanca ladeada, su cara de perfil al viento mientras hablaba, ausente como una heroína melancólica, le pareció a Castresana entonces, de Tólstoi o de Turguéniev, aun cuando por entonces no había leído a ninguno de los dos. Después de eso quedaron en verse alguna vez, Un día de éstos, sí, dijo ella (¿Cuándo? Pronto). Pero siempre que, eso sí, siempre y cuando que el futuro combatiente afgano no se enterase, aclaró ella, y siempre que no pensara Castresana, siempre que no fuera a pensar él, por favor, que querría decir algo aquello, el hecho mismo, verse y tomar algo y quizá pasarlo bien pero nada más, ¿quedaba claro? ¿En serio quedaba claro? Una dos y tres: ¿Sin que hubiera ninguna cosa callada o no dicha o solapada en la sombra, claro clarísimo?

Como el agua, de transparente traslúcido, meridiano, él encantado, ¿qué iba a decir?, pero igual pasaron otras dos semanas antes de que ella tuviera el tiempo o la oportunidad o las ganas, o solventara si las tenía sus dudas. Castresana, entretanto, callejeaba como un poseso por la ciudad, escribía cartas interminables a La Habana y a Bucarest que a última hora no se decidía a enviar y se acostaba alternativamente con las dos amigas de Liudmila, que de paso le hablaban de ella y suponía él que también viceversa, alguna cosa le dirían a ella sobre sus proezas amatorias de amante despechado. Con Irina, la rubia –en el cuaderno Irina la de caderas estrechas–, hablaba casi siempre en francés. Con la otra, con Vera, no hablaba casi: se encontraban en el bosque donde las había conocido a las tres y caminaban un rato en silencio y luego se ponían a toquetearse en algún sitio discreto. Como Vera no tomaba anticonceptivos Castresana no podía correrse dentro y por lo general solían sólo tocarse, él primero a ella durante mucho rato, las manos por debajo de la ropa, y luego de una pausa en la que fumaban un cigarrillo compartido y melancólico Castresana terminaba casi siempre corriéndose en su boca con las piernas temblándole. Vera (la de los labios de sangre, en el cuaderno) tenía los ojos azules y la piel de un blanco Moscú casi traslúcido, de porcelana, tanto que a Castresana le parecía imposible en conjunción con el pelo y las cejas, por contraste de un negro sedoso que hacía posible, sin picuencias y casi en mera literalidad, la metáfora del negro ala de cuervo –de rubí los labios ya sería demasiado, había pensado Castresana, así que se habían quedado de sangre en su cuaderno, ya con de sangre había bastante–. Una vez que llovía Vera le dijo que lo podía llevar a otro sitio y lo primero que pensó Castresana cuando desandaban en silencio el camino del bosque fue que aquel otro sitio que había dicho sería su casa, pero tomaron el trolebús hasta la parada del edificio de Irina. Y en efecto: Irina la de caderas estrechas no estaba, pero Vera tenía las llaves y parecía conocer bien el apartamento. Le preparó un té como si estuviera en su casa, que tomaron los dos de pie en la cocina y muy rápido y demasiado caliente, al principio algo cortados o serían los nervios jugándole una mala pasada, pensó Castresana y trató de relajar la cosa, y casi enseguida ella lo llevó a la habitación que él ya conocía de aquella vez con Liudmila. A Castresana le hubiera gustado haber podido hablar ruso esa vez, siquiera para aligerar ese preámbulo tenso, pero ya luego en el cuarto la cosa había ido de lo más bien. Le gustó verla desnudarse y sobre todo le gustó poder verla completamente desnuda, algo que en el bosque era imposible o que él lo menos nunca había conseguido del todo. Hoy podían hacerlo al completo porque Vera estrenaba T de cobre, o lo menos Castresana se lo hizo todo el tiempo, entonces y luego, convencido de eso, del estreno intrauterino. La primera vez de aquel día fue algo desastre (los nervios, se vino demasiado rápido) pero la segunda mejor, sí, la segunda había sido mucho mejor y había durado tanto como la cara de un cassette en la grabadora de Irina, o lo que es lo mismo, tanto como la lluvia resbalando sobre la ventana durante el tiempo de seis canciones (largas) de Naná Moskourí, y Vera además había gemido y había gritado al venirse, no había entendido él qué fuera lo que había gritado pero sonaba de lo más bien ella en gritándolo, de lo más sabroso todo. Luego se habían quedado dormidos y cuando Castresana abrió los ojos Irina estaba sentada –caderas estrechas, los codos en las rodillas, el mentón apoyado en las manos–, encima de la ropa de los dos, amontonada, entreverada en la silla a los pies de la cama: Irina mirándolos fijo, allí de pronto, con los ojos abiertos como platos pero sin reproche aparente (casi que lo tuvo que pensar para darse cuenta de que estaba pasando). Castresana le hizo un gesto que quería decir algo como Esto es lo que hay, disculpa, y ella le hizo una seña (mucho más elemental, la de Castresana había sido complicada, había sido casi jeroglífico o aspaviento) para que no despertara a Vera y Castresana se levantó sin hacer ruido y la siguió disciplinado y culpable a la cocina, Dime, anda.

Irina cerró entonces la puerta con cuidado y habló en un susurro, aunque a todas luces parecía el cuchicheo innecesario: que no se hubiera imaginado nunca que era con él con quien iba a venir Vera hoy, la verdad, pero que no le molestaba. No, que no. Que la sorprendía, sí, pero que estaba bien. Que no se preocupara. No, de verdad que no. Ella era fuerte, afirmó. El mundo era de los fuertes, y ella era fuerte. La vida es corta, dijo. Castresana no sabía si creerle, o creer qué. De pronto lo besó en la boca, apasionada Irina tan de improviso como había aparecido, y le preguntó a bocajarro si quería, si podía él templarse a Vera mientras ella miraba. Anda, dale, tiemplátela delante mío, fue lo que dijo. Lo soltó de un tirón y como en una travesura o una zambullida, o en un arrebato de pasión tan marcado que parecía una travesura, de modo que Castresana al principio no pudo discernir si Irina iba en serio o si no, o si era una broma o una suerte de puesta a prueba o una orden o un ruego o quizá, pensó también, una demostración de su entereza, la vida es corta y el mundo, como es bien sabido, de los fuertes. Un regalo para él, puedes hacer lo que quieras y puedes hacerlo delante mío, porque mira yo qué fuerte que soy. Así que dale, aprovecha. Y no, claro que Vera no se iba a dar cuenta. Ahora dormía. Si la despertaba templándosela, insistió Irina, no iba a darse cuenta de que estaba ella en la puerta mirándolos. Y además, si se daba cuenta qué. Va y mejor. Y para colmo había premio, prometió: después me toca a mí y te vamos o te voy, depende, a hacer algo muy rico, ¿o es que no puedes? Dime, sin lío. ¿O es que el nene está ya muy cansado, pobrecito? Hay chicos, sabes, dijo Irina, la mayoría de los chicos rusos, que no pueden más de dos veces; como lo oyes, sí. Castresana pensó enseguida en el amante actual de Liudmila tetas ricas y no pudo evitar tomar nota mental del dato. Se dijo que se la iba a singar hasta que dijera aguanta, dos y tres y cuatro y cinco veces. Las veces que hiciera falta. Y sí, claro que él podía. Pero sólo si ella se desnudaba también, dijo, también yo quiero mirarte. Cuando lo dijo, y por un segundo mientras lo estaba diciendo, Castresana pensó que necesitaba ganar tiempo y tal vez lo haya dicho por eso, no sabía bien para qué pero ganar tiempo, pero aquello se le olvidó enseguida. Aquello, lo que no llegó siquiera a pensar, era como la sombra de una amenaza. O un atisbo de miedo. Pero no era peor o más que eso no, no pasaba nada: todo estaba en orden y concierto y venía en bandeja, decía dentro suyo otra voz: Dale, aprovecha. Un atisbo, un tembleque apresurado no más; algo así habrá sido, y sea lo que fuere, breve. Además que Irina, ahora, obedecía o más bien jugaba a obedecer o se hacía la obediente haciendo pucheros, le gustaba –él sabía muy bien que le gustaba, y que ella sabía que a él– montarse ese santo de los miedos, de la muchachita indefensa: bajó los ojos y se llevó el índice a los labios, como indicando silencio, y luego se dio la vuelta y se apoyó en la nevera y se bajó los pantalones y las bragas a una, despacio, primero sin moverse –casi como una niña que espera una tanda de azotes, se le ocurrió a Castresana– para luego de a pocos irse contoneando hacia abajo, como si de pronto la niña hubiera decidido protagonizar de lo más despacito un strip tease lento y sin música. Castresana no se aguantó y se le acercó por la espalda y le arrancó el jersey, o más bien ella dejó que él creyera que le estaba arrancando el jersey, pero cuando se pegó a ella Irina se puso enseguida de rodillas y dijo que no, No. Parece que ahora tocaba un poquito de resistencia, a veces hay que decir que no: A mí no, fue lo que dijo Irina, primero te la tiemplas a ella. Si es que puedes, claro. Si te atreves conmigo mirándolos, claro, ¿te atreves?

Y no más decirlo Irina se rió y se incorporó un poco, todavía de rodillas, y lo tocó con las dos manos y le puso los labios cerquita suyo, le sintió el aliento, Ay, mira, parece que aquí está pasando algo, a ver, a ver… Castresana la cogió entonces por el pelo y le dijo, en español o más bien en cubano, que se la quería, que se la iba, a singar por la boca hasta que dijera basta. Lo repitió: que se la iba a singar por la boca hasta que no pudiera más, y cuando no pudiera más iba a seguir. Pero Irina siguió sonriendo con sorna o riéndose y le preguntó si iba en serio, si de verdad –¿de verdad?– así que Castresana le tiró del pelo hasta que la oyó quejarse, un gemido. A Irina le volvió el santo de la niñita dócil y se la chupó un poco así, dócil y suavecita, rico pero sólo un poco –un aperitivo–, porque volvió muy pronto a sus trece y consiguió escabullirse en un santiamén de la cocina, un gesto y ya había rodado sobre el suelo y enseguida estaba fuera y sin hacer ruido, gateando ahora por el pasillo, y se puso de pie a un lado de la puerta de la habitación y señaló adentro, a Vera desnuda en la cama (Castresana la veía a ella pero no a Vera, que seguiría donde estaba, tenía que imaginarla de momento), dormida o no, él cómo iba a saberlo.

Vera, por supuesto, no estaba dormida o no lo estaba tanto o si lo estaba tenía, caso éste de estudio, un sueño de lo más profundo y solícito a un tiempo: en cuanto Castresana se metió en la cama y la destapó un poco se las arregló para darse la vuelta y se acomodó bocabajo con una pierna en ángulo de noventa grados, a la vez invitación y paisaje. A Castresana le pareció entonces que tenía los labios del coño hinchados, no sólo disponibles o apetitosos o gruesos sino también hinchados, o a lo mejor era que no había tenido tiempo todavía de conocerla desnuda como ahora, el bosque tenía otras reglas. Y le gustaba y lo inquietaba, había fantaseado montones de veces con una situación como ésta, como cualquiera, y en cambio ahora se daba cuenta de que no dejaba de asustarlo, y aunque no fuera ésa la palabra exacta fue la palabra con la que lo pensó. Tampoco sabía bien si olvidarse de Irina o si tenerla presente, así que decidió ir de a pocos y jugar un poquito primero con los dedos, arpegio de saliva. Los labios hinchados tenían una textura que lo mismo podía ser de piel tensa que de piel recién afeitada que de piel de zonas habitualmente más tersas, los muslos o los pechos, y un punto sedosa. Vera subió un poco la pierna y Castresana le metió el dedo índice y el dedo del medio y se sorprendió de lo mojada que estaba. Tener a Irina presente iba mejor, y cuando la miró hubo un cruce de ojos que se perdió enseguida en deseo (lo que hizo Irina fue más bien un gesto, algo como Dale, qué esperas), o que a Castresana le supo a eso, como si se tratase de un juego medio loco de reflejos o de espejos y también de una conminación. Vera gimió bajito, un ronroneo. Castresana jugaba con los dedos despacio pero firme y con ritmo, y en una de ésas se mojó el pulgar y se lo metió con algo de cañona en el culo. Vera gimió y empinó un poco las caderas, como si se acomodara: acomodándose, exacto. Irina miraba y él la miraba mirar y Vera no miraba pero tenía que saber sobre ella las dos miradas, o las dos manos –Castresana jugando a los deditos, a hacer tijeritas, tenía que saber o imaginarse a Irina tocándose despacio en la silla y entretanto la tercera, la mirada suya, jugando a no saber qué bajo la almohada, la boca una moneda grande de saliva. Estaría gozando lo que no veía, fue lo que pensó entonces Castresana o era como lo recordaba luego, aunque entonces realmente no lo haya pensado sino sólo, si acaso, intuido.

Liudmila lo llamó a los dos días, el domingo. Se vieron en una cafetería del centro y Castresana le mostró las fotos que había tomado en el bosque y ella le habló del miedo que le daba que le pasara algo a Sérguei, que era como se llamaba el chico aquél del pelo largo que llamarían a filas tan pronto, ay, en mes y medio ya, seis semanas, y le dijo también que las fotos eran excelentes y le confesó que lo echaba a él de menos, a veces. De cuando en cuando, precisó, no siempre; tampoco quería que se hiciera ilusiones. Pero sí a menudo, afirmó: yo creo que demasiado. No sé si hago bien en decírtelo –esto último Liudmila se lo había espetado muy seria y con el tenedor en la mano, como si de pronto, le pareció a Castresana, todo alrededor de ellos dos se hubiera detenido; a él le gustaba saberlo, claro, No sabes cómo te echo de menos yo a ti, y cuando lo dijo sonrió de paso, para romper el sortilegio aquél de las cosas inmóviles: la quería a ella moviéndose con él o más bien sobre él en algún otro sitio, no aquí tenedor en ristre. Después hablaron un rato de los cuadros de Liudmila y ella habló de nuevo de Sérguei y de lo que se decía de Afganistán, todos esos rumores de Moscú, y de si alguna vez, quién sabe cuándo o qué edad tendrían ellos dos ya para entonces, se encontrarían en alguna otra parte, tal vez en La Habana, por qué no. Le encantaría que se encontraran dentro de por ejemplo diez o quince años; sería hermoso, dijo: algo triste, puede ser, pero seguro bonito. En cualquier caso pues sería interesante, transigió Castresana el de los adjetivos precisos; la verdad que no sabía hacia dónde conducía la conversación y todo ese halo de tristeza o de lánguida última vez ya empezaba a ponerlo nervioso. Durante la mayor parte del tiempo que estuvieron a la mesa Castresana siguió así, un poco a ciegas y un poco tenso también, sin saber si iba a pasar algo o si no o cuándo pasaría qué, pero en cuanto terminaron de comer Liudmila se sacó una llave de la cartera, Sorpresa, y advirtió que sólo tenían tiempo hasta las diez y que quedara bien claro que aquello no significaba nada. Un encuentro de dos buenos amigos, más nada. Ella no quería hacerle daño a nadie, al revés, se imponía, le hacía falta –¿necesitaba?– que nadie saliera herido: ni ella misma ni él, mucho menos Sérguei. Ella se sentía con la obligación moral, dijo, de cuidar a Sérguei, ¿lo entendía? Claro que no iba a significar nada, prometió Castresana. Buenos amigos recuerdan viejos tiempos y ya. Ciudadano distraído caminando de espaldas se le acabó la azotea. Y sobre todo que tú eres una mujer increíble, le dijo. Lo único que significa todo esto es eso, que es mucho, añadió, y esto último la hizo sonreír a ella de una manera que a él le encantaba. Esa vez, y para asombro de Castresana también las cuatro o cinco o como mucho seis veces más que se vieron luego de aquélla, singaron como nunca lo habían hecho ellos dos hasta entonces y como nunca lo había hecho él con ninguna mujer antes, ni siquiera habían ido así de bien las cosas –anotó luego en el cuaderno– con Vera e Irina; si ella había tenido o no algo así ya antes con alguien, si alguna vez ella, él no podría saberlo, no había modo, de modo que no tendría tampoco ningún sentido preguntárselo a ella ni preguntárselo él mismo, pero Castresana de todas maneras (no podía evitarlo) se lo preguntó a solas muchas noches, en ocasiones con el olor de ella fresco todavía en su mano o entre la ropa, en ocasiones con Vera en el bosque y él con las piernas temblándole (Irina había desaparecido luego de aquel viernes con Vera, como si se la hubiera tragado la tierra o la hubieran raptado en el submarino nuclear de su papá y ahora desandara las gélidas profundidades del Mar del Norte). Luego, en la primavera del ochenta y dos, Castresana viajó de nuevo en tren, aunque los ferrocarriles rusos le gustaron algo menos que la vez anterior, todo hay que decirlo, esta vez hasta Kiev, y fue en Kiev precisamente donde compró su primera cámara después de mucho devanarse los sesos por cuál, que resultó una Kiev 88 con dos magazines de 6 x 6 –el modelo estándar traía uno de 6 x 4,5, pero él había conseguido tener claro que los quería los dos de 6 x 6 y así se los pidió a la chica de la tienda, y lo había hecho con una seguridad y un aplomo tales, como si en verdad hubiera tenido del todo claro lo que quería hacer, las fotos que quería tomar y cómo, que no pudieron menos que sorprenderlo a él mismo. Cuando ya llevaba par de meses usándola descubrió como suele pasar que tal vez no hubiera sido exactamente ésa, ésta, así y tal cual, la cámara que tenía, la que se hubiera comprado de saber lo que ahora sabía, o de tener tan claro como ahora lo que quería hacer con ella, pero de todos modos de vuelta en Moscú buscó a Liudmila y a las amigas de mejillas sonrosadas de Liudmila y no sólo les tomó las que iban a ser, durante algún tiempo, sus fotos insignia, como quien dice su carta de presentación, sino que también volvió a acostarse por separado con las tres y descubrió que nada es como antes (aunque repetirlo sea siempre una tentación imposible de salvar, que no tiene ningún sentido evitar o que no compensa, es demasiado trabajoso evitarla) y que las segundas veces de lo mismo son parodia o sucedáneo o trasunto sin intensidad trágica alguna, o lo menos en franca merma o sólo plenitud retrospectiva. El primero de mayo, por último, el joven Castresana tomó por tercera vez un tren y regresó a Bucarest. Sérguei para entonces ya estaba en Afganistán o entrenándose para ir a Afganistán (en cualquier caso inasequible y remoto), y a Vera haber cumplido los dieciocho había terminado por convencerla de que era toda una mujer y no una niña, de modo que ahora también se pintaba los labios y usaba vestidos imposibles y frecuentaba, ella no iba a ser menos, a los amigos de Liudmila, con los que seguro podría hablar en ruso todo lo que le diera la gana sin que desesperara nadie por la traducción que no llegaba. Irina por esos días acababa de irse de vacaciones al Mar Negro con su padre, y a Castresana el suyo le había escrito un telegrama preocupante desde Bucarest, donde decía que en una semana viajaba a La Habana y que al parecer había problemas, ya le contaría. La noche anterior Vera se había ofrecido a acompañarlo a la estación pero había preferido decirle que no: a ella no le gustaban las despedidas, dijo (Yo soy fuerte, se acordó Castresana de aquello, y la vida es breve, de tan breve es sucinta). Cuando tomó el tren Castresana estaba pensando que estaba bien que fuera de ese modo, que ya iba siendo, hacía rato, hora de irse de allí. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que algo a sus espaldas había cambiado o se había roto sin avisar, que algo se había quebrado de improviso como se resquebraja una capa de hielo: puede que eso hubiera ocurrido dentro suyo, quizá afuera o en torno suyo, y no podría decir tampoco si más cerca o más lejos o cuándo, pero sea lo que fuere aquello, y de eso sí estaba seguro, lo involucraba a él sin remedio. El viaje se le hizo larguísimo, interminable, y para colmo no se había traído nada que leer, un viaje tan largo que parecía una caída en cámara lenta, como si se desbarrancara –fue lo que pensó– hacia algún sitio ignoto y oscuro por donde no querría pasar nadie.





Francesca y Francesca, la muerte y el mar



Cuando Simone y Jean Paul estuvieron en La Habana se dejaron fotografiar frente al mar muchas veces. Castresana nunca pudo ubicar muy bien esas fotos, y tenía la duda de si incluirlas, o no, en su estudio sobre la fotografía soviética en Cuba. Ni las cámaras ni los lentes serían entonces todavía estos suyos de ahora, ni tampoco aquellos habrán sido de los que allí se ocupa, serían o demasiado viejos o demasiado recientes. O quizá va y sí, que alguno habría ya, alguna cámara que haya sido un regalo oficial o que se haya traído alguien un poco por souvenir, lo improbable más bien sería que estuviesen para entonces ya en la calle, su vida útil. De casualidad si acaso, que no cuenta. Pero, fotos aparte, lo importante es que todo eso ocurrió en una época que no alcanzamos a entender, la de la vehemencia en los rostros que tampoco entendió Don Ramón. Los motivos de esa incompresión (o nebulosa de no saber lo que hacerse) son, por supuesto, distintos, unos u otros según para quién; nada los une, o muy poco —tanto que como si nada—. Para tratar de alcanzar lo que se le escapaba, Don Ramón asistió a un par de conferencias de Jean Paul. Nosotros para entonces no habíamos nacido, aunque —y pensándolo bien—, ¿cuándo nació Castresana?

Simone tuvo que hablarle del mar a Jean Paul, pues algo habrá dicho con su voz tan calmosa, una o varias frases —o un hilvane de frases— probablemente profundas. Es difícil afirmarlo (es difícil afirmar cualquier cosa), pero seguro esa imagen del mar o de ellos dos frente al mar la marcó de algún modo: bien visto, es muy fácil que algo nos marque. Basta con que el día ande un poquito sensible. Basta con que entusiasme a tiempo o con que duela a destiempo. ¿Más conjeturas? Pues probablemente esa imagen (la del mar, la suya en alguna foto de aquellas) tenga poco o nada que ver con lo cierto, sea lo que fuere, y menos aún con nuestra imagen del mar, la tan repetida de por todas partes el agua. Además, Simone —como cualquiera— debe haber fragmentado lo suficiente esa memoria, se le habrá aun sin querer dispersado lo bastante como para poder ofrecer distintos recuentos y metáforas de lo que ella vió, o de cómo se vió entonces a sí: parcelas distintas del mismo mar y la misma vivencia, una superficie roturada y desmembrable a cuyas fracciones puede recurrirse con independencia total. Piezas o porciones —como cuñas de torta, raciones cada vez más paupérrimas de un flan compartido entre muchos— para cada invitado a su teatro del mundo, o del recuerdo: una para Jean Paul (invitado de excepción, porque también él estuvo allí), y otro para Olga, un otro mar para Louise o como fuera que se llamase su amante de entonces, uno —con esmero pulido— para el público anónimo de sus memorias literarias o de sus afanes políticos, vale decir, sus lectores; el flan o la torta, como el espacio aporético de los eleatas, resultan divisibles hasta un infinito de locura o de fábula.

El mar de Simone debió ser entonces una imagen centrífuga, un tiovivo un poco loco desparramando fragmentos. Como es natural, el centro (y el punto de vista) era ella. Lo podía ya intuir la última vez que lo vió, desde el aire, cuando regresaba a París: primero la frontera del agua delimitando la isla, un contorno que no por verdoso y vago sería menos nítido, y por un rato luego las pequeñas islitas, los cayos cada vez algo más lejos, el archipiélago hecho de desunidos fragmentos que sólo al nombrarse cobraba unidad. Al contarlo podría empalmar la isla y el agua, podía poblar su recuerdo de sí misma y entonces su mar (el que ella vió o creyó que había visto) ganaba su centro, se corporeizaba como un objeto de plata. Para ella el objeto era el mar, no la isla. La tierra era una distracción, un accidente sobre esa superficie bruñida, casi una errata. La isla cabía sólo como interrupción calada en sus aguas, un hueco al revés: un contorno con nombre en una zona sin agua, un calado o una muesca en la plata.

En aquellas sesiones de foto Jean Paul asió la pipa con fuerza un par de veces, como siempre que de algo dudaba. ¿De dónde conocía al fotógrafo aquél con el bolso de piel marrón? De no ser tan improbable hubiera jurado que lo recordaba de los años de la Resistencia, o tal vez de luego, de allá por los cincuenta. La cara le sonaba, le hablaba demasiado. ¿O sus gestos, quizá? Los gestos envejecen menos que el rostro y el pelo y los ojos, El pelo encanece y los ojos se apagan y se achican, pero esto lo pensó y lo olvidó enseguida. La memoria le rondaba esos lares, pero no le develaba su fantasma, y además Simone lo distraía: le conversaba del mar, o divagaba (otro de sus temas preferidos) sobre el entusiasmo de la gente, cuánto tipo entusiasta hay por acá. Él pensaba que sí, que mucha gente, también demasiada como para poder fijarse, para que cupiera concentrarse lo imprescindible en alguien; si ya confundía los rostros, si los veía familiares donde era o debía ser imposible. ¿No lo miraba fijamente, ese fotógrafo?

Para los de las cámaras, aun cuando buscaban recortar sobre el fondo la silueta de Simone y de Jean Paul, ese fondo de mar seguía siendo una ausencia —como cuando retratamos a alguien recostado en la baranda de un balcón, apoyado en la barrera que lo separa del vacío: todavía cabe entonces la intención del paisaje, de vista panorámica de tierra en lontananza. Porque para ellos la isla no era la caladura en la plata, sino más bien, viceversa: existe lo que sale del mar, a salvo de las aguas, del abismo. Lo otro pertenece más a la distancia que a la realidad, una suma de kilómetros y de ausencia de puentes y máxime de continua extensión. Ese mar es el de la maldita circunstancia, habría dicho el Gran Virgilio, y quizá lo dijo aquella vez en el portalito de Juan Bruno Zayas y nadie tomó, lástima, nota de su aserto, Ese mar, hélo ahí, aquí lo tienen, es el que no nos prolonga, es desmedro hecho agua; para nosotros, habrá pontificado, el objeto es la isla, que circunvala la nada.

Un promontorio en la nada; y anda por ahí la atracción de la playa y las costas: la atracción del abismo, y sobre todo, la de la reconciliación, la arena que se pierde en el mar y se queda a un tiempo varada en la tierra. Como si fueran aliados, o parte de lo mismo lo menos, y nada hubiese más natural que su paisaje común. Más, está claro, los otros encantos, a eso habrá que sumarle las atracciones de siempre del eterno verano y del folleto turístico, todas esas bondades que pueden venderse tan bien cuando se vende un billete de viaje o una casa en la playa.

Y de vuelta, las costas: ¿qué nos obsede o asedia, qué cosa nos tienta desde su magnitud circular? A Kitty y a Fiorella, seguro, las dos tentaciones, la frívola del veraneo y de la fiesta y luego la otra, más pesado su anclaje, de la tentación del abismo. La primera, la de la luz y el sol sobre el cuerpo: posible así escaparse de las calles de sombra, más de churre y cochambre que de fresco, y de la abotargada impaciencia del encierro en la ciudad; posible sólo allí poner las tetas al fresco y al sol, que le encantaba a Fiorella, y qué diferente Varadero, con su población de despreocupados turistas, a las playas del Este, repletas de paisanos que la miran a una con idiota insistencia, con una insistencia seguro digna de mejor causa e imperturbable, impertérrita, clavada a su objeto como la de moscas revoloteando sobre cualquier diferencia, magros moscones ahítos de chisme, de trapicheo y policía. Policía la de todos, o casi, no sólo la del oriental con uniforme y walkie talkie, sino también, más de ellos que suya, la de las caras como de plebe del Bosco, rodeando —en mediodías o tardes descompuestas— la miel como enjambre purulento. Sordideces. Un zumbido de tábanos, tan incómodo y sobre todo, ay, qué problema, sobre todo tan triste.

¿Era injusta, Fiorella, al esquivar así a sus paisanos? Ella misma se lo había preguntado varias veces. Tal vez, puede ser, habrá concedido sincera o condescendiente —meditabunda alguna noche, triste y depresiva y por eso lúcida ella misma alguna noche— que era más que probable que sí, que injustísima; la mar de injusta. Pero se habrá dicho casi de inmediato, o quizá directamente de inmediato, porque eso solía tenerlo bien claro, que son así las cosas cuando son del alma, no habría nada que hacerle o que pudiera ella hacer al respecto. Lo haría no sin dolor, como cuando de la memoria borramos alguna miseria del pasado, un instante o un tiempo o un hecho que ya no queremos llevar con nosotros, y dejamos que se diluya en lo que nunca existió, o mejor que no hubiera. Pues el pasado a veces es sólo un fantasma, tan casual o tan frívolo u obcecado, tanto como cualquiera en el presente sin tiempo, decursar —como ahora el de Fiorella— en sensación de fresco y claridades, de dejarse ver sin más que ahí estar, tumbada en la arena, admirada o creyendóselo cuando sale del agua y unos ojos la siguen, tan limpios, tan sano este dulce far niente de estar sola consigo.

Prefería, sí, estar aquí y no en La Habana ni en Cárdenas ni en Matanzas la horrible, y no ver ni enterarse del carnaval de las balsas tiradas a una mar de tiburones, el banquete servido. Antes de venir habían visto una despedida de ésas, una rumba en un camión que llevaba a los felices pasajeros de un bote de goma y de tablas y hacía trepidar el puente de hierro sobre el Almendares como si en vez de un camión se tratara de una caravana de blindados que ocupara una ciudad ya rendida, menos táctica que desfile del triunfo. En adioses de loco, los vecinos o los amigos de los balseros y sobre todo los balseros mismos se pasaban botellas de ron, canecas algunos —más prácticas, mientras más ligero el equipaje mejor— de aguardientes sin etiqueta para festejar la partida (nadie hablaba de la muerte) o alentar la travesía, se nombraban todos entre ellos a gritos como en un pase de lista. Nombres cualesquiera que podrían haber sido los suyos, el de Marina o el de Daniel o el suyo mismo (el suyo menos, en La Habana era raro), los nombres tan de cualquiera y tan propios, tan de cada cual. ¿Fulano? ¡presente! Y Esperancejo también, presente. Zutano, pues bueno, Zutano no vino pero él quería. Lo representa aquí su socio, que la hace por él: que conste. En su nombre: entre los nombres, justamente, también había apodos, y los apodos a Fiorella le parecieron mucho más personales, menos intercambiables con otro nombre que podría haber sido por caso el suyo. Más pertinentes, menos que ver con ella ¿o era sólo verosímiles, apropiados, más a tono y en situación? Bueno, eso: lo que fuere. Daniel y Marina —ella no, ella los había acompañado y miró e incluso sonrió y todo, pero más no— les aceptaron un trago, hasta se enrollaron en aquel extraño contubernio de abrazos y tan buenos deseos: mucha suerte, hombre, suerte, la suerte entera del mundo, buena suerte y a remar. ¿Habrían podido telefonear todos a todos los que pedían una llamada a su arribo —habrá seguro quien la haya implorado aunque no haya estado ahí, en la cama de un camión no hay sitio para ruegos—, la certeza de al fin y al cabo saberlos vivos en Guantánamo, o si de veras funcionaba la suerte, toda la suerte del mundo, Miami? Un ruego, Me llamas, que contenía otro ruego que mejor ni mentar, Que pueda llamarme, las velas puestas por aquellos días serían muchas. Telefonear, y Fiorella no sabe por qué lo imaginó así, desde casa de un primo que contaría en silencio, sin decir nada todavía, los minutos de la llamada. Quién sabe, tal vez sí o tal vez no. Acaso para quien la imploró no la haya habido, y sí para quien no la esperaba y se enteró por ella de que, de ahora en adelante, fulano o mengano lo llamaría desde allá. Que como Strindberg decía todo es posible y verosímil, o la vida es una barca, Calderón de la mierda aquí quien lo atestigua y certifica. Fiorella prefería —sí, seguro— seguirse en los ojos de aquellos para los que el mar era un objeto de plata, y la isla, la playa, un calado o sus bordes en el encaje de orfebre del Atlántico, deseada o mirada seguirse en tan sanos los ojos que veían a la isla como la ausencia del agua, surco o sexo o matriz en el cuerpo de la mar, y no viceversa: la isla como el cuerpo alejado de otros, al celibato condenado, rumiando la soledad del deseoso, Job maldito por lo de por todas partes el agua, todo aquello de Piñera. Todo eso tan triste. Esas miradas las rehuía, en Santa María o en Guanabo, le hurtaba el cuerpo a aquellas miradas que le atisbaban a ella cualquier cosa que oliese a diferente, persiguiéndola en su deseo insatisfecho y miserable, tan presto, le parecía, no dejaba de temerlo ni un momento, a mancillar lo distinto para traerlo a sus cuevas o sus covachas de naúfrago. No, qué va: Varadero era otra cosa, remanso artificial para creerse (o no, sólo sentirse) a salvo de la rutina y la retina de ese Robinson unánime, si no de infelicidades, sí de sucia lujuria resentido.

Y con mucho prefería la extraña mirada o aun de tanto diferente inaccesible, fuera ya del alcance para entablar una charla, lejos y mucho de la noche nacional, a todos sus posibles contubernios o intimidades o a los temas de siempre, al hilo los mismos como idéntica en su rencor la policíaca o turbia o resentida o popular mirada en su cuerpo. Pero no, por supuesto, en Varadero: no aquí.

Y se había escapado, más o menos por eso, del ensayo del grupo; hoy no quería, ni por asomo —por ahora: en el presente que no tiene ni mensura ni fin— volverse a La Habana, montarse los personajes de la obra y el otro tan suyo, aun más sutil, el de actriz, ni tampoco querría no quererlo, sacarse de la manga la renuncia o la objeción, no querría ni pensarlo. Lo haría no sin dolor, como cuando de la memoria borramos alguna miseria del pasado, pero quería hoy no enterarse: ni del instante o el hecho que no deseamos llevar con nosotros, ni de cómo lo dejaba ella diluirse en lo que nunca existió, o mejor no. Otra cosa la ocupaba, ¿otra cerveza? Sí, quizá fuera eso.

Fiorella caminó hasta el kiosko con toldito de rayas, la pidió —el aluminio perlado de gotitas le mojaba la mano: qué fría, qué rico—, abrió la lata. A esta hora de nuevo la arena se vaciaba, la estampida del almuerzo. ¿Comer algo? Contó el dinero: No, dejarlo a la cerveza. El día, está visto, era especial.



*


En el cielo una nube le hacía guiños de cómplice: los auténticos paraísos son el edén deshabitado, lo menos, de cualquier pasado, o de memoria. Se tendió bocabajo (así, como estaba ahora, podía mirarse los pechos sin que nadie la viera y eso le gustaba, mirárselos y retozar un poco con la arena que a esta hora casi quema en los pezones) y reparó de pronto en el minúsculo infinito de la playa. ¿Cuántos granos de arena harían un puñado? Podría jugar a contarlos, segura de antemano del fracaso. El punto exacto o del límite, el que hacía de la cantidad una condición, era inatrapable, y lo sabía. Que hay siempre un punto nebuloso, alguna zona interdicta, la siempre elusiva, nunca la visible: zona ciega.

Pero ahora, al levantarse, luz era todo, imagen del cielo.

Un viento que le tiraba la arena contra el cuerpo se arremolinaba, volvía, recorría como un fantasma la costa. Podía casi sopesarlo, medirlo en sus envites, más que embate desafío, una extraña mezcla (¿o la mareaba de nuevo la cerveza?) de reto y de ironía. El sábulo se le pegaba a la piel como empanizándola, un apanado sobre todo sensible cuando intentó sacudírselo; entonces le raspaba mínimamente la piel, una como estregadura de piedritas minúsculas —seca, casi árida, yerma la piel en la sensación de la arena—. Buscó el agua, y ahí se daban a coincidir las dos: la tentación del abismo y la otra, tentación del frescor, una sola y la misma por primera vez en el día, la urgencia de echarse a la mar para fregar, diluir en sus aguas el escozor del sobremedido ventarrón y la urgencia, sola la premura, huérfana de apellidos, de arrojarse en brazos de aquello que fuera y la llamaba.

Se incorporó, estiró la espalda como quien se crece un poquito y camina más grande. Sintió como una bendición el agua, primero las plantas, el pie, las pantorrillas. Una caricia inundándola como una ola de fresco, yerbabuena y salitre y cremita en las piernas. Y entonces, sin saber por qué, se volvió y saludó: un movimiento rápido y espontáneo de la mano que —aun mientras duraba— la inundó de un placer de libertad, pues nada en él era fingido, nada espúreo, nada —y podía gozarlo ya en el gesto— sobraba a su estado natural. Era eso: su estado natural sin nada que estuviera de más. La pureza de una espontaneidad limpia de cualquier otra cosa. La fascinaba, mientras se adentraba en la mar, ese regalo imprevisto; temió por un segundo volverse, indagar si tuvo testigo alguno su gesto o interlocutor su saludo, si algún puente tendía entre su alma y el resto, ahora, sobrante concurrencia.

Se zambulló y anduvo bajo el agua, en mar sin fondo. Una arena blanca y lisa y sin huellas, sin algas, sin mácula. Se alejaba, una conveniente distancia para sus evoluciones acuáticas, y sobre todo, las otras: jugaba con el agua espejo contra espejo, y abrir los ojos junto al fondo le placía, se miraba a sí misma en son de transparencias, se seguía. Se sacó el bikini y se lo amarró a la muñeca, repitió el nudo por si acaso, se miró; de todos la ocultaba el agua, salvo de ella. Se disfrutaba mirándose, eso siempre le había encantando y ahora más, así mucho más, y le pareció que en la refracción o la distorsión del agua había algo que le acercaba el cuerpo a lo impoluto de la arena del fondo o de la superficie que desde abajo, sumergida, era como una reposada bandeja de plata o de azogue, un espejo tan calmo que la reflejaba en otra parte, en un sitio distinto donde se sentía muy a gusto. Como en casa, se dijo, y nadó un poco todavía, más lejos, se gustaba braceando en esa mar de mercurio, llena —ella sola, y tan contenta— de su gesto de antes, tan natural de plenitudes, tan ¿preciso? Tan como en casa, en casa de verdad.

La vió entonces, a la muchacha de ayer, nadando cerca suyo. Se zambulló y también ella, la buscó, trató de perseguirla. ¿Dónde estaba? La otra chica desaparecía por momentos, un juego como ése de Estoy, Ya no estoy, los niños se matan de risa con él. Ahora la vio: nadaban bajo el agua y sus refracciones tan lentas le daban aun más gracia al gesto de la otra. Fiorella se acercó pero no podía alcanzarla, y recién —cosa de un instante— lo notó: ese brazo estirado en mohín como de adiós, tan laxo, tan mínimo su amago y al tiempo tan cabal, tan justo su cumplido, ¿no había sido el mismo suyo de antes, aquel sin interlocutor ni objeto ni nada que estorbase, tan ligero en libertades? No podía ya más y subió a la superficie, respiró a pulmón henchido, volvió a sumergirse. La chica estaba junto a ella, casi se rozaban, y le pareció que asentía: sí, era el mismo el ademán, no repetido sino único, sobrellevado de a dos. No, no es que fuera: lo estaba siendo, siéndolo entonces, era algo que transcurría en presente como nunca nada le había pasado tanto en presente, y había sobre todo en ese presente una verdad que no podía precisar pero que la llenaba completa. Nadaron juntas; la perdía por momentos, Estoy y No estoy, una fracción de su imagen que ya no reconocía, o se confundía con las aguas, y que luego, en un punto impreciso pero que era el sitio exacto o del límite, el que hacía de un giro su presencia, la recuperaba de nuevo consigo. Simultánea, con ella. De todas formas, la sabía inatrapable, conocía de siempre el punto nebuloso, la zona interdicta o zona ciega, y que era ahora, iba siéndolo, se fue haciendo, estaba hecho cuando la rozó ya casi al margen del ahogo, un territorio sin vuelta pero tampoco con miedos, y esta vez al tomar —al tragarse— el aire todo era luz e imagen celeste: ya, fija.



*


El mar de Kitty Rose, qué distinto al de Fiorella, se alimentaba de fracasos, o de la sensación del fracaso: era mar para lavarse, lavarla, a ella de sus rutinas de chasco y de reveses, mar para caerse, sumergida, a donde diese pulmón, hasta allí donde aguantase, y para retornar, desde luego, su infierno litúrgico al de sus días sucesivos. Sensación —eso, sensación, sí, mas no sólo— de partida malganada, y ella, de tramposa: se iba Kitty hasta la costa (de noche, tanto más cercana de ella y de la calle más cierta la sentía, tanto más de otro mundo), y se echaba o remontaba, se dejaba llevar por su vaivén, por el de las olas primero de batiente, y luego enseguida ya sólo de vaivén o bamboleo, tumbos de una cuna que alguien mece o de un péndulo lejano, imaginario. Y salía del agua como nueva, como vuelta a nacer pero con todo ya sabido.

Imaginado, imaginario: Kitty lo sentía su cura de miserias, limpieza mejor que cualquier otra, el sitio, su lugar, de luego resucito, borrón y cuenta nueva imprescindible. Algo, habrá que creerle, muy cierto.

No podía —por más que se decía siempre que no más, Esta vez y ya, ésta sí que la última— sino volver a esas abluciones rituales de las que siempre, sí, venía la última a renegar de las otras, de las del resto del año o las anteriores de los muchos comienzos, ésta la única que vale, la primera: cada una era una muerte y un río, el suyo de ahora resucito, de soy ya otra distinta de quien entró a nadar en tales aguas de expurgo y absterción, y héme aquí, miradme: igual y distinta, siempreviva. Como si fuera ella, siempre, pero cada vez, cada una de esas veces, ella misma de nuevo, resurrecta: fue de hecho así mismo y tal cual, verbatim, las palabras idénticas, como mejor consiguió explicárselo nunca a alguien, fue así como lo dijo la propia Kitty una noche que había bebido demasiado y conversaba con un hombre con el que por fin no se acostó, pero de todas maneras su explicación le gustaba y sí que la recordaba muy bien; en cambio del final de aquella noche nada o casi nada, otra más a contar entre las noches borrosas del Ithaca. Se tendía Kitty entonces, esas veces de ablución y de nuevo, bien despacio sobre la arena mojada, morosita, sin prisas: bocabajo, con los ojos cerrados, ya desnuda, a esperar con algo de miedo —un temblor que la excitaba, un temblor como un susurro— a su ángel, que solía demorar: se tendía con el mismo miedo en la carne que cuando le vendaban los ojos atada a una cama que no conocía, el temblor de cuando entreveía en la penumbra algo demasiado turbio en la mirada de quien le daba por ejemplo la vuelta, sobre la cadera la presión de los pulgares y en todo el cuerpo la sorpresa de un tirón o algo así, el miedo de la almohada en la cara y ahora qué hará, qué es lo que le apetece y va a hacer conmigo. En ocasiones parecía no arribar, no llegar nunca su ángel; había noches donde se tomaba su tiempo, se andaba sin premuras o se anunciaba en mil instantes sin llegar todavía, le apetecería la demora, le vendría en ganas a él que es quien manda volverla loca de a pocos, y Kitty volvía al mar y nadaba, se dejaba flotar, se sumergía, se dejaba besar los muslos por todas esas criaturas fugaces de las mareas nocturnas; sometía así (podía explicárselo ella o lo menos entenderlo, pero aquella noche eso a aquel tipo no se lo había dicho, le habrá gustado demasiado él y habrá pensado ella que podría asustarlo, y total para qué, hay que ver, luego nada) al cuerpo, al animal, los doblegaba o los manumitía en ese despropósito recomenzado y constante, casi rítmico. Otras noches, en cambio, pero eran ésas las menos, llegaba como un ventarrón: sin prevención ni aviso, un advenimiento repentino, de golpe. Y a veces, en unas y en otras, tenía Kitty alguna visión extraña, alguien —su fantasma o su doble— nadaba junto a ella, la seguía, la llevaba (¿o ella a la otra?) a una muerte de luz, incandescencias, al fulgor súbito del insecto que se sume en la llama de una vela: más pronto consumida mientras más aprisa arde, luz de la vela que es la tuya, faro del final, fanal de mariposas.D

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El francontirador / Gerardo Fernández Fe


foto de autor

Gerardo Fernández Fe (La Habana, 1971)

 
   Ha publicado los libros Las Palabras Pedestres (Premio David de poesía 1995), La Falacia (Mención de Honor Italo Calvino de novela 1997), ambos en Ediciones Unión, en La Habana, así como el libro de ensayo Cuerpo a diario (Tse-tsé, Buenos Aires, 2007), ademas de artículos, traducciones y ensayos en revistas de Cuba, México, España, Argentina y Francia.
      

   Mención de Honor en el Concurso Juan Rulfo de Ensayo  2002 auspiciado por Radio Francia Internacional con el texto Un escritor de novelas llamado Roland Barthes.
   
   Vive en La Habana, Cuba. 


El francontirador

-tres relatos inéditos-




LOS TÍTULOS


Apenas hubo procedido la policía política a la detención de Mirto Gutiérrez aquella mañana de abril en su apartamento de Santos Suárez, el teniente que dirigía la operación cayó en la cuenta del error: al equivocar el objetivo, habían dado con un esmerado laboratorio clandestino de fabricación y embotellamiento de ron para exportar. Poco podía entonces el teniente esconder su estupor. Pero como ya resultaba imposible dar vuelta atrás, conminó a Mirto -que fumaba- a sentarse lejos de la puerta y con el arco superciliar derecho indicó a sus subalternos que cargaran con cajas de botellas vacías, paquetes de etiquetas cromadas, chapas, sellos de calidad, pomos de extractos y colorantes, además de un enorme bidón plástico azul con el más puro alcohol.

Lo que nunca entendió el teniente -ya entonces Mirto había sido conducido a uno de los autos de civil encargados del operativo- fue aquella libreta de escolar en la que en lugar de cálculos, fórmulas químicas, teléfonos o marcas de un licor por inventar, podían leerse títulos para algún libro de relatos que Mirto Gutiérrez, entre ron y ron, pretendía escribir: Los pasteles, Historia de la moneda, La mujer del lumberjack, Estructura del humo, El scarabeus y yo, Los batracios, Muerte de un extraño apellido, entre otros.


Primavera de 2003



EL FRANCOTIRADOR


Lajos tiene conciencia de que su historia puede ser contada, de que sobra el material para una buena novela. Su vida se ha vuelto rutinaria, aunque llena de pequeños altibajos. Su día común discurre entre la calma, más bien la pesantez de la calma, y tres o cuatro picos de excitación; como telón de fondo, el sonido de la calle escuchada desde un séptimo piso, el paso acelerado de una ambulancia, el polvillo blanco que se desprende del techo cada vez que desde su fusil sale un disparo certero.

Se dice en dos palabras, aunque -insiste- bien valga una novela: Lajos se levanta de su colchón en el suelo, se acerca con cuidado a la ventana, estudia el asfalto, toma el fusil, dispara y regresa a su colchón, donde continúa su lectura de La montaña mágica. Unas veces cae un señor de un bigote que indigna, una joven hermosa que va a la farmacia a comprar un frasco de Listerine para el mal sabor de sus encías, un niño que ha salido en busca de pan.

Lo curioso -anota Lajos- es percibir los diferentes chorros de sangre según el lugar del cuerpo en donde irrumpe la bala y según el ángulo del disparo, o notar cómo un cuerpo cae, primero que nada sorprendido, cómo a uno se le afloja una pierna mientras la otra persiste en mantener cierto aire marcial, cómo los ojos se dislocan cuando en un cuarto de segundo el plomo destaza la parte más alta de la cabeza, donde el cabello es aún oscuro; incluso el modo en que un disparo eficaz separa un hombro de su correspondiente brazo, y luego el movimiento mecánico de éste, sobre la acera, como el de la cola cercenada de un lagarto.

Un par de horas más tarde, según la curva de atención para una lectura tan espesa, Lajos retoma el arma, cumple con un disparo, se enjuaga la cara, vuelve a abrir el libro del viejo Thomas.



SOBRE LA LUZ


Es curioso que nadie haya remarcado que con la crisis económica y tras el cierre de la fábrica Yara de baterías eléctricas, la principal afectación haya estado en el comportamiento de las linternas en los cines de la ciudad.

Visto desde arriba, no hubiera sido difícil constatar la merma en la producción de halos, el movimiento nervioso de la mano fatigada a través de una luz tartamudeante o la pobreza con que fueron respondidos los reclamos de la sociedad civil.

--Con el tiempo se me fue apagando la linterna. Reclamé a la administración, pero me hablaron de guerra y otras historias que nunca he entendido.

Lucila, 53 años, acomodadora en retiro tras el cierre del cine Mambí.

--Es increíble lo que uno ha tenido que inventar para dar luz a la población. Claro que nuestra vista ya no es la misma. ¿Sabe usted cuánta cosa rara hemos visto bajo tanta oscuridad, así, como no queriendo, pero al fin la hemos visto?

Carmen, 40 años, carpetera expulsada del hotel New York, hoy acomodadora en el cine Florida.

De ahí que Crescencio, de 45 años, aficionado a los crucigramas y único ejemplar masculino en el mundo de las sombras, la humedad y la pantalla gigante, insista en que sea incluida en nuestra encuesta la historia del hombre que, atrapado uno de sus pies entre el escalón y la hilera de butacas, exclamaba ¡Luz, más luz!, como un alemán que agoniza.
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Una anécdota sabrosa / César Valdevenito


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César Valdebenito (Concepción, Chile)

 
  Poeta, narrador, ensayista. Estudió matemáticas en la Universidad de Concepción y al egresar se dedicó por completo a la literatura. En 1997 fundó la revista Difusión. En 1998 publicó el libro de poemas El Jardín (Premio fondos concursables Municipalidad de Concepción). El 2000 fue publicado, su libro objeto, La Muerte de Bukowski. En el 2001 sale a luz su Antología de Poetas Chilenos Jóvenes (Premio a la reedición de las mejores obras publicadas en el año por el Fondo del Libro y la Lectura del Gobierno de Chile). En el 2002 apareció su segundo libro de poemas Urnas o Réquiem a la palabra (Ediciones Lar). Ha sido editor de la revista Quiltro (Premio fondos concursables Universidad de Concepción).Director del polémico y a contracorriente pasquín literario El Amante de la China del Norte. En el año 2004 es premiado por la autoría del CD interactivo Literatura de las Nuevas Fronteras. Ha sido jurado de distintos certámenes literarios a nivel nacional, también director y editor de distintas revistas de arte y literatura. En 2008 es publicada su novela Correcciones Elementales. Continuamente es llamado a dictar charlas y talleres en Instituciones y Fundaciones.      

Una anécdota sabrosa

-relato inédito-


Los años 60 en la ciudad de Concepción fueron un espacio privilegiado dentro de la literatura chilena de aquel entonces. Así lo demuestran las novelas Túneles Morados y Ciudad brumosa de Daniel Belmar, la poesía de Gonzalo Rojas, la revista Arúspice, los Encuentros de escritores chilenos y latinoamericanos de 1958 y 1962, etc. Un amigo de Belmar en un cuaderno de apuntes nos relata una historia que contextualiza muy bien lo que sucedía tras bambalinas literarias en aquella época: Corrían los años 60 y en una pequeña oficina de un edificio no demasiado lejos de la plaza España, Julio Lamas supernumerario del Opus Dei esperaba detrás del deteriorado escritorio. La superficie del escritorio estaba llena de frases escritas; “odio la literatura”, “algunos hombres compran lo que otros odian”, “la poesía es una mierda”. El joven Nicanor Parra se acariciaba una pierna sentado en una silla.
—Empecé a leer Ulises a las cuatro de la tarde y la terminé a las once de la noche- murmuró Parra.
—A las 12:30 —dijo Lamas.
El tiempo se detuvo. Pasaron veinticinco minutos. Cada uno tomó un buen vaso de vino. Sonó un golpe en la puerta.
—Entra —dijo Lamas.
Gonzalo Rojas muy delgado y ya algo calvo entró, hizo el signo de la victoria con los dedos y se sentó. Una espeluznante estrella del grupo mandrágora.
Lamas se levantó de la silla y se inclinó por encima del escritorio, hizo un gesto de dolor al incorporarse y sin mediar aviso se lanzó con todo.
—Eres un ignorante hijo de Perra.
—He, espere, espere…
—¿Quieres ser un héroe, he hijito? ¿Te excitas cuando niñitas del coro de la iglesia te escuchan leer? ¿Te gustan los helados de frutilla? ¡Huevas triste!
—Espere, Lamas… espere…
—Mira huevas triste, cuando te encontré en ese bar no tenías plata para publicar un poema en un miserable libro, no tenías un peso para un vaso de vino… comías rábanos, papas y cebollas… te saqué del agujero y puedo volver a meterte en él… entiendes… ¡en lo que a ti concierne yo soy Dios! ¡Y soy un Dios que no olvida tus estúpidas faltas!...
Se sentó, escuchamos la lluvia que caía sobre la plaza España. Eso, al parecer, le gustaba a Lamas. Parra permanecía inmutable.
—Nene, para mi la poesía es una mierda, pero con tu grupito insultaste a todos mis amigos poetas… ¿Me oyes?
Lamas volvió a pararse y volvió a Sentarse. Gonzalo miró a Lamas.
—Esto nene, es una banda de amigos, no es literatura. No creemos en la gente que haga daño. ¿Entiendes?
Gonzalo estaba allí sentado.
—Te he preguntado, nene, si me he expresado bien.
—Sí, sí…
—Insultaron a Neruda, insultaron a Parra… ¡es nuestro mejor amigo!
—Espere… el juega en el equipo contrario…
—¡Imbécil… todos somos amigos… todos son mis amigos!
—¿Qué son amigos?
—¡Sí, lameculos! Neruda, el flaco Floridor, Quezada todo ese montón de lameculos son mis amigos.
—¡Levántate!-dijo Lamas.
Nicanor los observaba con una sonrisilla. Gonzalo se levantó y cuando Lamas estuvo a un paso de distancia, Lamas le metió una izquierda en la tripa y cuando la cabeza de Gonzalo bajó la enderezó con la derecha. Lamas volvió a sentarse. Nicanor se levantó, se acercó a Gonzalo y con su sonrisa le ofreció un cigarrillo.
—¡Sabemos que Ciudad Brumosa de Belmar es una mierda, pero no podemos gritarlo a los cuatro vientos!, sabemos que muchos de los chistes de Nicanor son una mierda, pero no podemos gritarlo a los cuatro vientos, sabemos que Canto General es un buen panfleto y muy discutible estéticamente, pero no podemos gritarlo a los cuatro vientos… Millán, Floridor, Lara, Quezada son una mierda de poetas, pero no podemos gritarlo a los cuatro vientos… esta es la época de la utopía, estamos en la mistificación de un tiempo glorioso… y por eso debemos jugar roles admirables ante el fervor público… ¡Concepción es la única capital poética de un país! ¡Es difícil entender eso!...

Así termina la anécdota inofensiva del honestísimo amigo de Belmar. Años más tarde de aquel incidente Belmar y su amigo se distanciaron y Belmar publicó una carta en un diario de la época en la cual acusó a su amigo de ambivalente, ambiguo, misterioso. En aquel entonces ya había pasado el encuentro de escritores latinoamericanos de 1962. Y una que otra revista literaria publicaba pura basura. Todas las historias de una época tienen algo en común. Ninguna es completamente satisfactoria, ninguna logra definir un momento de un tiempo con meticulosa exactitud, epigramática, indisputable, siempre hay un insistente y eterno sentido que se escapa entre las manos. Y estoy seguro que parte de ese supuesto pasado glorioso se tejió más tras bambalinas que sobre el escenario. Así recojo esta anécdota del amigo de Belmar, ella nos llega con un mensaje tan antiguo que las brillantes almas literarias de Concepción, impregnadas en sus nueve décimas partes de codicia y ceguera, hipocresía y mala conciencia, furia y miedo, comenzarán a dudar añorantes y movidas por el antiguo recuerdo. D
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